El autodidacta (2)
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El autodidacta (2) Su última técnica es la huida a la superficie, similar a la anterior en el sentido de que ayuda a contrarrestar la saturación. Después de una permanencia prolongada en el fondo del océano bibliográfico, se huye de golpe hacia el primer nivel de aire, para anular la compresión de las páginas sobre el latido de las sienes. Sólo los hombres profundos conocen el encanto de ser superficiales, de perderse morosamente en la trivialidad de las cosas. Así pues, el autodidacta es un gran aficionado a la televisión, a las telenovelas, a las revistas de espectáculos, a los mensajes comerciales, cuyas técnicas de montaje son el summum de las artes visuales. El de espectáculos es el más sano de los subgéneros periodísticos, pues cumple una función loable: recordarle a las estrellas de neón que son de carne y hueso, fisiológicamente imperfectos y éticamente falibles. Ojalá los noticieros de horario estelar consiguieran lo mismo con los políticos, con los empresarios, con los narcotraficantes: darles lecciones de humildad y convertirlos con ellas en ciudadanos sencillos, participativos, productivos. La técnica del canon es útil sólo si el canon es confiable, pues éste suele ser u oficial o tendencioso. Cuando lo dicta la impersonal Academia resulta confuso o neutral, pues aquella es una suma y un promedio de cerebros anonadados por la rutina intelectual y un sueldo fijo, lo que les quita creatividad y aptitudes para enfrentar el peligro. En este sentido un canon individualista y tendencioso es por lo menos, hasta cierto punto, estimulante, original. En todo caso, los únicos cánones incontestables, a pesar de su disimilitud, son los que fijaron la Biblia Católica y la Protestante: la lectura de los numerosos evangelios y apocalipsis apócrifos así lo prueban. Cada mañana se renueva el reto frente a los estantes. Inició en tiempos inmemoriales y el autodidacta resulta cotidianamente derrotado. Cada uno de los libros que tiene a la mano tardó varios años en escribirse y publicarse. Él no lo agotará al término de la tarde, por razones prácticas, por sentido común, pero sobre todo por una especia de cortesía y de respeto hacia el autor, que en su composición invirtió tales años de esfuerzo. Sabe que la biblioteca lo vencerá siempre, que siempre le ofrecerá algo que leer, ya que es pródiga como la agricultura y misteriosa como la oceanografía. Antes se ahogará en el océano de páginas que alcance a beber toda la sabiduría que destilan. Cada libro es una esponja inagotable que guarda más información de la que parece contener. Ante los monumentos legados por generaciones de hombres, el autodidacta sólo puede oponer su eterna curiosidad. Existe un grado en la masonería que se titula precisamente así, maestro por curiosidad, y que se otorga a aquellos iniciados cuyo afán de saber es casi tan grande como la materia del saber disponible y en todo caso más vasto que sus posibilidades estadísticas de saciarse en la gaya ciencia. El autodidacta es un enciclopedista aficionado, un pequeño espécimen del Renacimiento que formula cada mañana, como un caballero andante, su reto ante el molino de viento de los estantes, que si quisieran lo levantarían en su vértigo y lo arrojarían después, a través de la ventana, hacia una de las bancas del parque adjunto.