La sustancia de dos cuerpos
COMPARTIR
El aroma a madera recientemente pulida y esmaltada se cuela por mi nariz. El ebanista ha terminado un librero que cubre dos paredes de la habitación. El sol al ras de la ventana ve cómo acomodo cada libro en esos estantes y pone un tibio sello en el aire. Pienso que Andrea, mi hija a sus seis años, estará jugando.
Sigo sacando los libros de poesía de las cajas y los coloco en el estante medio, el que tengo justo a la altura de mi cabeza, para que cuando llegue a buscar algún título, lo primero con lo que se tope la mirada, sea con el horizonte de la poesía.
De improviso un ruido largo y suave se arrastra; hay una cadencia diminuta.
Permanece y aumenta, se detiene. Sigue, se incremente y se detiene. En ese momento estoy colocando El arco y la lira de Octavio Paz publicado por el Fondo de Cultura Económica. Abro sus páginas al azar, como suelo hacerlo, para que me mande un hexagrama literario que me sostenga. Y leo: El ritmo no solo es el elemento más antiguo y permanente del lenguaje, sino que no es difícil que sea anterior al habla misma.
La cadencia sonora sigue en aumento. Y cuando me agacho a seleccionar otro libro de las cajas, el sonido se detiene a un lado de mis pies. Es Andrea. Ella es el ritmo encarnado.
Seguramente me había estado observando, pues trae consigo una caja más pequeña, en la que acomodados con una belleza desaliñada, están parte de sus libros. Sin decir palabra, escoge la parte más baja de los estantes, esa que da a la altura de mi pantorrilla, y empieza a colocar sus pertenencias.
Yo había pensado que sus libros estaban bien en su cuarto, al lado de los juguetes y encima de un mueble color pistache. Pero no, ella me enseñó una clasificación superior: Un corazón va siempre al lado de otro corazón. Y los libros de estos corazones van juntos, también.
Y allí estuvimos esa tarde silenciosa, colocando dos líneas que crecieron lomos coloridos. Estábamos felices. Ella siguió acrecentando su parte y de pronto fue corriendo por dos de sus libros más queridos que hoy, casi 15 años después, siguen formando parte de esa biblioteca: Willy el soñador y Cambios, de Anthony Browne, ambos también publicados por el Fondo de Cultura Económica.
En esa biblioteca los libros del Fondo son acentos primordiales. Nos han formado a ambas. Nos hemos acercado a ellos, como uno se acerca a los objetos más preciados que se guardan en museos, y que además, es posible tocar y abrir en sus entrañas.
Hoy por la mañana tomé a Enriqueta Ochoa de entre su lecho de amapolas y tulipanes y comencé a dialogar con esa Poesía reunida. Sin duda hoy soy su poema Marianne: y entiendes en tu propio dolor al mundo / porque ya sabes / que sobre todos los ojos de la Tierra / algún día, sin remedio, llueve.
Estas conversaciones han llenado mi vida en los más diferentes trances: viajes en tren, autobús o avión, tardes de fuego veraniego en casa de mis padres o suaves olas de mar al fondo.
Luego pasé a tener la dicha de que mis conversaciones con algunos autores se materializaran más allá de sus páginas. Un libro del Fondo de Cultura hizo la magia: pude conocer al gran poeta Alí Chumacero, cuando, en compañía de Julián Herbert y Javier Villarreal Lozano, presentamos su libro Palabras en reposo, en la novena edición de esta Feria internacional del Libro, cuando se realizaba en el Muse de las Aves.
Decir libro para mí no es decir nada menor. Algunos textos impresos forman parte de mi educación sentimental. Los cien sonetos de amor de Pablo Neruda leídos a escondidas en la biblioteca de mi madre, fue fundamental. Incluso puedo decir que luego de cortarme el corazón en filetes pequeños, he preferido pasar noches en soledad. Es mejor una buena compañía que te impida caer en un momento que solo mitigue la idea de la soledad, y no el dolor ni la ausencia de alguien importante.
Así, estas noches he dormido acompañada de un hombre elegante y discreto. Es Francisco Hernández. Y fiel a mi tradición de abrir los libros al azar: leí en El corazón y su avispero, su poema Amortajados: Amor / taja / dos.
¿Podrán aquellos que desaman a los libros ver que hacer un libro en el sentido tradicional: hojas, pegamento, cubiertas, tinta e hilos, tiene ecos de la alquimia en el sentido fantástico, que es, como dijera Walt Whitman, tocar a un hombre y no a una página? Pues, ¿qué es un libro sino el deseo cumplido de atrapar aquel pensamiento o aquella voz? El deseo de preservar incluso el aliento, la emoción, las pausas al hablar, los desvaríos, los enojos y las risas, mediante símbolos como los puntos suspensivos, signos de admiración, comas. claudiadesierto@gmail.com