Una ciudad siempre joven

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Opinión
/ 25 julio 2014

Urbe, ciudad, población, metrópoli son denominaciones graduales.

Se puede abusar de su sinonimia y hacer un uso arbitrario sin exactitud semántica. Civitas, dijeron los latinos. Y eso llegó a ser un nombre que todo abarcaba. Ahora se reconoce como ciudad esa aglomeración conurbada que se llama Distrito Federal. Se nombra así a Tokio y a Hong Kong, a Londres, a París y a Santiago del Saltillo.

Cumple años nuestra ciudad. Que si la fundó Del Canto o Urdiñola, que si son 437 o dos años más sigue siendo motivo de discusión entre los investigadores minuciosos.

Pero eso sí: el 25 de julio nadie lo discute. Ese día nació la ciudad.

Nuestro Saltillo de tiempos estudiantiles tenía todavía, frente a San Esteban, el sitio de aquellos tílburis tirados por caballo y guiados por cochero con largas riendas de cuero. Y se podía comprar nieve de La Chula, carretita tirada también por mansa bestia. Todavía no se quemaba el mercado y la placita tenía su estatua de Manuel Acuña. Era tiempo de tardeadas y de buenas bullas de los de Agricultura. Era el tiempo de la lucha para conseguir la autonomía universitaria.

Muchos cursaban la secundaria con los primeros tres años de la Normal y luego hacían el bachillerato en el Ateneo. Ciencias Biológicas, Ciencias Matemáticas o Ciencias Sociales. Sin agraviar lo presente, fue aquel tiempo en que brilló una constelación de maestros y maestras de una calidad poco común.

Ahora se encadena la fiesta del santo patrono de la ciudad Santiago Apóstol, el Mayor, que es también patrono de España y que se venera en Santiago de Compostela.  Ahí desemboca el famoso Camino de Santiago. Lo recorren peregrinos de todo el mundo. En el trayecto pernoctan en los monasterios hasta llegar a venerar al santo, admirar el botafumeiro, extasiarse ante el pórtico de la gloria y gozar de la portentosa sinfonía de las campanas seculares.

Es el primer eslabón de la cadena celebrativa. Se practica anualmente en Saltillo esa excelente muestra de religiosidad popular: un novenario que ha incorporado, concurso de canción, carrera deportiva, asamblea litúrgica, comunión eucarística, predicación evangelizadora y reconciliación sacramental. Y todo desemboca en un 6 de agosto salpicado de eucaristías y con el remate de la verbena popular y la asombrosa pirotecnia de la noche.

En simultaneidad, a pesar de lluvias, se organiza la concurrida feria de juegos mecánicos, espectáculos artísticos, muestra de productos y gastronomía regional. En pleno verano, esta ciudad noresteña, vive su paréntesis festivo de aniversario de fundación, feria regional, fiesta patronal y novenario cristocéntrico.

Su nombre no quedó en diminutivo. Nunca fue Saltito ni en ningún aumentativo o despectivo. No quiso la adultez de llamarse solo Salto y quedó en esa perenne juventud de ser Saltillo  Y en su cumpleaños recibió este año el abrazo pluvial del hijo del trueno, su patrono, Santiago Apóstol, el Mayor


El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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