Mirador

Opinión
/ 24 agosto 2014

Uno de los libros que más amo es La Leyenda Dorada, de Santiago de la Vorágine. Será difícil encontrar una más pura y deliciosa narración que la escrita por ese hombre del medievo para contar -y cantar- la vida de los santos.

Todos están ahí, con sus hechos y sus dichos. Aparece San Luis Rey, monarca de la Francia, y aparece igualmente San Crispín, humilde zapatero. Está la historia de San Jorge, caballero andante, y la de San Alejo, que pedía limosna en los caminos. Sin decirlo con palabras, Santiago de la Vorágine nos muestra lo sagrado que hay en toda vida humana.

También sale en la Leyenda un abogado. Un abogado santo, imagínese usted. Es San Ivo. El pueblo cantaba un travieso himno en su loor: Advocatus et non latro, res miranda populo. Un abogado que no era ladrón, /  para la gente ¡que admiración!.

También sin palabras aquel delicioso escritor nos dice que todos podemos ser santos. Hasta los que somos abogados.

¡Hasta mañana!...




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