Nadie podrá robar esta fe

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Opinión
/ 4 agosto 2014

La Catedral se ha convertido en un palpitante corazón de piedra.

Con sístole y diástole de muchedumbre. Va ante la figura del Cristo crucificado al doble banquete de la Palabra y de la Eucaristía. Van niños y niñas, jóvenes, parejas de novios, esposos, abuelitos y abuelitas y familias enteras.

En algún día del novenario asisten las congregaciones religiosas, en otro los sacerdotes. Se cuentan por miles las absoluciones en el sacramento de la reconciliación. Es un mantenimiento necesario, es una purificación conveniente, es una limpieza interior de los visitantes y los habitantes de esta ciudad.

 El 6 de agosto es la fiesta del Señor de Santiago del Saltillo. Ya muchos distinguen el patrocinio del santo Apóstol Santiago en cuyo nombre se fundó la ciudad y el señorío del Hijo del hombre en el momento del sacrificio de la cruz.

 Sí. Es religiosidad popular pero viene de los manantiales de la Palabra de Dios y del Sacramento Eucarístico en el cual se reconoce la presencia divina del Salvador, con su humanidad y su divinidad.

 Hacer vida la Palabra revelada y hacer que la vida esté proporcionada al alimento en su dignidad y en sus frutos misioneros es el gran resultado, la gran cosecha de esta devoción tan sólida y tan concurrida de esta ciudad.

 Se habló de robos en este novenario. ¿Será porque cerca de la cruz de Cristo hubo un ladrón que con su fe, su compasión y arrepentimiento se robó el cielo al recibir la promesa de estar con el Señor de la Vida en su eterna gloria? Se habló de robos para que nadie los permita. Que ninguno de los grandes valores y las grandes actitudes de los creyentes  pueda ser arrebatada porque será defendida hasta el sacrificio.

El día de mañana 6 de agosto seguirá palpitando, con sístoles y diástoles de muchedumbre, el gran corazón catedralicio. La liturgia de todo el día desembocará en el regocijo de la fiesta en que se compran baratijas, se disfrutan viandas y se admira una deslumbrante pirotecnia de luces. La misma imagen lleva siglos recordando el inmenso amor del que, siendo inocente, entregó la vida por salvar a todos y dar esperanza de vida eterna  




El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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