Plaza de almas

Opinión
/ 2 octubre 2015

Supongo que Mister Joe tuvo una buena muerte, pues vivió vida muy plena. Estuvo en la Segunda Guerra. Solía decir a ese propósito: Nada de lo inhumano me es ajeno. Ni ajeno le fue tampoco nada de lo humano. Supo del amor y la amistad. Declaraba: Cuento mis amigos con los dedos de una mano, y me faltan dedos para contar a mis mujeres. Alguna vez nos habló de la cita erótica que tuvo con una hermosa chica. Habían acordado verse en un cuarto de hotel. Llegué con una hora de anticipación –nos relató-, y a fin de disponerme para el encuentro me puse a leer la Biblia. Uno de los presentes se sorprendió, y aun se escandalizó un poco –era evangélico- al escuchar aquello de prepararse para un acto carnal pecaminoso leyendo el libro sagrado. Explicó él: Leí el Apocalipsis. Nada te invita a gozar tanto de la vida como leer un libro en el que tanto se habla de la muerte.

Aparte de los amigos y de las mujeres dos cosas le gustaban a Mister Joe: los libros y la naturaleza. Era muy viejo ya –pasaba de los 90- cuando lo visité en su rancho, unas 50 millas al noroeste de Brownsville, Texas. En esa ocasión hablamos largamente. Había él conocido a gente que conoció a Emerson y a Thoreau; vio los últimos ejemplares del lobo negro mexicano, y en su niñez miró pasar los rebaños interminables de los búfalos. Sabía palabras en lengua de comanches, que aprendió de niño, y afirmaba haber sido él quien avistó al último oso grizzly registrado en Texas. Los jóvenes periodistas con quienes compartió el oficio no lo entendían, claro. A ellos los deslumbraba Hemingway;  él les decía que antes de ese escritor había existido otro también muy bueno que se llamaba Homero. Les recomendaba su lectura si es que querían aprender a escribir más con el corazón que con la máquina.

En materia de religión tenía ideas heterodoxas, lo cual hacía de él un hombre verdaderamente religioso, pues el que no duda no cree. Cierto día un predicador le preguntó cómo estaba su relación con Dios. Caminaban los dos en aquel momento por un prado cubierto de verde grama y de esa bella flor, emblemática de Texas, llamada bluebonnet. Le contestó Mister Joe al reverendo: Estoy en buenos términos con Dios, pastor. Vea usted: en este momento lo estoy pisando, y no me lo reprocha. Usaba extrañas metáforas o símiles. Me dijo aquella vez: Pensemos en una cadena formada por millones de eslabones, unos pequeños y delgados, los otros grandes y robustos. Unos no saben de la existencia de los otros, pero todos son importantes, pues si uno, cualquiera, se rompe, la cadena ya no es una cadena. Del mismo modo la hormiga y la estrella parecen muy lejanas y distintas, pero ambas son eslabones de esa cadena. Y nosotros también.

Mister Joe era gran bebedor de whisky. Bebía la primera copa con el café de la mañana, y la última poco antes de apagar la luz para dormir. Fumaba en pipa, aunque siempre pensé que usaba eso como pretexto para callar. Cantaba canciones de Stephen Foster acompañándose con una guitarra vieja que sólo él podía afinar. Nunca se casó, pero amó a muchas mujeres -quiero decir que amó a la mujer-, y por ellas sufrió penas que evocaba con una leve sonrisa. Si alguien le preguntaba por qué no se había casado respondía: Hay que aprender a disfrutar la rosa sin separarla de su tallo.  Nunca logré descifrar el sentido cabal de esa frase al estilo de Ronsard. No supe si era una declaración estética, un manifiesto contra la propiedad privada o un himno a la libertad individual.

Mister Joe murió a los 102 años de edad. Pocos días antes de su muerte escribió en una bolsa de papel lo que parece el principio de un poema que se proponía continuar. He aquí la imperfecta traducción que hice de aquellas palabras, encontradas por la mujer que iba tres veces por semana a hacerle la limpieza. Escribió Mister Joe: Fui mi propia casa, mi propio palacio, mi propio templo. Cuna, llegué a ser ataúd. Ataúd, mañana seré cuna. Eso tiene tono de epitafio, pero es más bien una biografía. O varias. O quizá todas FIN.


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