Diario de un nihilista

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Opinión
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La reforma informativa. La última, pero no la menos importante, de las reformas de este sexenio debe ser la reforma informativa. Sería deseable que el Instituto Nacional Electoral contara con facultades para revisar y eventualmente sancionar el contenido de los noticieros televisivos y radiofónicos. No censurarlos previamente, pero sí multarlos una vez que se haya verificado que su contenido era tendencioso o calumnioso. En México no existe la presunción de inocencia, ni en los tribunales ni en los medios de comunicación. Los linchamientos mediáticos son una costumbre bárbara, precortesiana. Cuesta trabajo creer, por ejemplo, que la campaña negra en contra de la maestra Elba Esther Gordillo se haya basado en el aspecto físico de una señora de la tercera edad, en sus cirugías y en sus enfermedades. Y que dicha campaña haya terminado con el refundimiento de esta dama en la cárcel, donde continúan depositados sus viejos huesos. En cuanto a sus joyas y sus cuadros de pintores famosos, en cuanto a los relojes o los pares de zapatos de Romero Deschamps: ninguna revista, periódico, compañía de internet, de radio o televisiva nos ha deleitado jamás con un reportaje sobre los artículos personales de Carlos Slim o sobre los cuadros del Museo Soumaya, por él fundado. En México, país con 56 millones de personas en pobreza extrema, no es pecado ser rico, sino ser líder sindical. Después de la relevancia que adquirieran el 23 de marzo de 1994, con el asesinato de Colosio, los noticieros televisivos han entrado en franca decadencia. Se han convertido en un género abusivo, inflado, caprichoso, con la misma credibilidad de una telenovela. Tomemos un ejemplo al azar: la cubertura que hicieron de las marchas de la CNTE en la Ciudad de México fue un ejemplo de atropellamiento tecnológico, de discriminación socioeconómica y de crueldad gratuita. Por lo demás, el formato mismo de los noticieros no garantiza ni la más mínima credibilidad. Desde hace medio siglo, son superficiales, repetitivos e incoherentes. La tecnología de microchips ha evolucionado mucho en ese tiempo, no así las neuronas de los locutores (de hecho, las neuronas humanas, para contrariedad de Charles Darwin, tienen 300 mil años sin evolucionar). El siniestro perfil de los medios en México debe achacarse más a la ignorancia y la incompetencia de los miles de personas que laboran en ellos, que a la presencia de un misterioso Big Brother con un IQ de 190, que labora en la penumbra ionizada de los estudios, escuchando por una oreja el teléfono de Osorio Chong y por la otra el de Emilio Azcárraga (de hecho, el IQ de estos dos poderosos personajes debe ser escandalosamente normal). Es por ello que la reforma de los medios debe ser una empresa eminentemente democrática, toda una cruzada ciudadana. Cualquier burócrata, albañil, abogado, filósofo, economista, ingeniero industrial puede y debe hacer oír su opinión en esos desvalidos bunkers de aire, donde la mediocridad y la incultura cuentan más que un equipo técnico de varios miles de millones de pesos, a cualquier hora del día y de la noche. Sólo la masa ciudadana puede rebatir, corregir y reencauzar a una industria masiva, anónima, moral e intelectualmente irresponsable. La industria de la opinión en México es un gigante de pies de lodo, pues aunque cuenta con cantidades ingentes de dinero y tecnología, carece de libros, de ideas, de discusión inteligente.   

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