2 de Octubre, 46 años después

Opinión
/ 1 octubre 2014

Dr. Luis Córdova Alveláis

Un día como hoy, hace 46 años, me levanté sin saber que estaba a punto de ser testigo de uno de los acontecimientos históricos que cambiarían a México, terminando con el autoritarismo presidencial y abriendo nuevos cauces a la democracia. En esos momentos ni idea tenía que cientos de jóvenes morirían por el ideal de construir un México mejor.
Los estudiantes de la UNAM y del Politécnico Nacional nos encontrábamos inmersos en un movimiento de protesta que había iniciado a finales de julio cuando el cuerpo de granaderos en forma brutal había disuelto un pleito entre dos vocacionales del IPN y una preparatoria de la UNAM, conflicto que se había originado por un partido de futbol americano. Ese cuerpo represivo había golpeado a los jóvenes rijosos, se había introducido a sus escuelas y dentro de ellas arremetió contra alumnos, alumnas, maestras y maestros. Así inició.
Las protestas estudiantiles, en un inicio, tenían demandas concretas: indemnizar a los heridos y a los deudos de quienes habían sido asesinados por la policía, destitución del Jefe de la policía y disolución del cuerpo de granaderos. A las peticiones el gobierno había respondido con una escalada de violencia, lo que llevó al movimiento a otro tipo de demandas: derogar el artículo 145 del Código Penal Federal, llamado de “disolución social”.
Una lucha simple se había convertido en un movimiento democratizador; la UNAM y el Politécnico Nacional habían entrado en huelga, las instalaciones educativas eran usadas por los estudiantes como centros de reunión. Ahí se organizaba una lucha más, informar a una población mal informada por los periódicos y por la televisión, quienes pretendían hacer creer que era un movimiento de filiación comunista, con infiltración de agentes de inteligencia rusos y cubanos que buscaba desestabilizar al gobierno e impedir la realización de las olimpíadas. Nada más falso y absurdo.
Era la época del presidencialismo en todo su apogeo y Gustavo Díaz Ordaz, Presidente de la República era su exponente más brutal así como su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez. Años después por revelaciones de un ex agente de la CIA se sabría que Díaz Ordaz y Echeverría si habían trabajado para esa agencia de inteligencia americana.
Tomaron las instalaciones de la UNAM y del Politécnico Nacional, pensando que así terminarían con el movimiento de protesta, antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos México 68 que iniciarían el 12 de octubre.
Debilitado el movimiento pero no había muerto. Así que el 2 de octubre, aprovechando una concentración convocada por el Consejo Nacional de Huelga, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el gobierno planeó la detención de sus líderes y el aniquilamiento de la movilización.
Eran aproximadamente las 6 de la tarde, las calles aledañas a la Plaza se encontraban repletas de policías y del Ejército, un helicóptero sobrevolaba la plaza. De repente, luces de bengala lanzadas desde el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores fueron la señal para iniciar la masacre. Paramilitares con guante blanco y gabardina negra sacaron sus armas y comenzaron a disparar en contra de los manifestantes.
El Ejército tomó el edificio Chihuahua y arrestó a los dirigentes. Los objetivos gubernamentales se cumplieron; se disolvió el movimiento y se arrestó a los líderes quienes pasarían tres años en la cárcel de Lecumberri. Cientos de muertos, solo unas cuantas docenas de personas reconocidas fue el precio pagado por el pueblo, quién el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos propició la rechifla más sonora al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Recuerdo un soldado hundiendo la bayoneta en el abdomen de una mujer embarazada, miles de jóvenes corriendo, las balas silbando a nuestro alrededor, compañeros cayendo, cuerpos en el suelo, gemidos, sangre, una tanqueta disparando hacia los edificios, francotiradores… Me veo escapando de ese baño de sangre, corriendo por una avenida, el tableteo de la ametralladora y un helicóptero que pasó rociando de balas a quienes huíamos de la represión.
Otros amigos me contaron que tirados en el piso, rodeados de heridos y cadáveres pasaron horas interminables; que vieron pilas de cadáveres que apiñaban debajo del puente de Nonoalco. Otro más que era cadete fue levantado en horas de la noche, en un avión militar cargó cajas cuyo contenido no conocía, y las arrojó en el mar. Es posible que en una de esas cajas fuera el cadáver de su hermano que desapareció esa noche y nunca más se supo de él.
Al otro día fui llevado a la Plaza de las Tres Culturas por un general, padre de unos compañeros con los cuales asistí a la manifestación. A más de cuatro décadas de conmemorarse el movimiento estudiantil, ¿por qué recordar? Es necesario para que no olvidemos ni a quienes dieron su vida por un México mejor ni olvidar que el crimen de Tlatelolco sigue impune, muchas cosas han cambiado, pero en materia de impunidad mucho trabajo falta por hacer.
Mi generación ya contribuyó al cambio en el País, ahora toca a los jóvenes construir ese México que idealmente imaginamos y que estamos seguros llegará aunque no podremos verlo.

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