El Vampiro de Saltillo

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Opinión
/ 8 diciembre 2014

Qué de cosas se puede uno encontrar andando en las bibliotecas, qué de cosas.

Lo digo porque una tarde, mientras hurgaba por los estantes de una de las salas de la Elsa Hernández, me encontré con la tapa azul de un libro que decía con letras sugestivas El Vampiro de la colonia Roma. El autor era Luis Zapata.

Tal volumen se hallaba en uno de los libreros donde acostumbran colocar las lecturas recomendadas de la semana.

Inmediatamente que lo vi, el libro atrapó mi atención, no sabía de qué se trataba, sin embargo, sentía una atracción irresistible por él.

Sin pensarlo mucho me dirigí con la encargada de la sala, le entregué mi credencial de usuario y al rato ya estaba en mi casa, abriéndolo, leyéndolo, penetrando por esa ventana ancha que nos ofrece el mundo de los libros, bajo la luz amarilla de una lámpara.

El libro versaba sobre de la historia de un gay que contaba, de viva voz, sus peripecias nocturnas en las calles de la colonia Roma, de la Ciudad de México.

Encantador libro aquel que me leí de principio a fin, abusando de mis limitaciones visuales, tan solo en una semana.

Tiempo después me surgió la idea de publicar para Semanario la historia de un chico de la noche, contada por él mismo, sin tapujos de ninguna índole.

Varias noches-madrugadas me salí a buscar aquella historia y a su protagonista.

Recorrí distintos antros gays, la Alameda, el Centro Histórico, pero alguien me dijo que la comunidad homosexual había dejado las calles ahuyentados por las razzias de la Policía en el primer cuadro de la ciudad.

Alguien me recomendó entonces que buscara en la zona de tolerancia y fue en una cantina de este lugar que, un frio viernes de diciembre, encontré a Juan o Kasandra, como usted guste llamarlo.

Era un muchacho de 22 años, delgado, con cabellos, caderas y busto de mujer, que había venido de Piedras Negras, nomás por el gusto de conocer la capital, de respirar otros aires.

Y si viera las cosas que, botella de tequila de por medio, me contó Juan, sobre cómo se movía la prostitución homosexual en los callejones aledaños al Paseo de la Reforma de Saltillo...

Recuerdo que me contaba de un gringo, al que le gustaba visitar estos rincones oscuros de la ciudad y llevarse a un chico, al que fuera, para saciar sus fantasías sexuales.

Pues nada, me narró Juan, que el gringo, que por cierto pagaba en dólares, tenía un perro grande y peludo, que estaba entrenado, a decir del propio Juan, para tener relacione sexuales con su dueño y mejor no le cuento la clase de trío en que a Juan le tocó participar, no una sino varias veces. El gringo pagaba en dólares.

Fue la primera vez que me sentí censurado por la dirección editorial del periódico, que cortó de tajo algunas partes consideradas como fuertes del relato autobiográfico para el tipo de lector de Semanario.

Yo estaba tan enojado, emputado, me emputo todo, pero a la vez satisfecho porque cumplí el sueño de hacer un reportaje así, inspirado en un libro maravilloso que se llama El vampiro de la colonia Roma y que de seguro sigue en biblioteca Elsa Hernández, arrumbado, empolvado, esperando ser leído por alguien

jpena@vanguardia.com.mx




Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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