La versión íntegra
COMPARTIR
Para explicar cualquier hecho de la vida existen al menos dos versiones: una simplista y otra más completa.
La primera sirve para poner las cosas en términos que resulten comprensibles para los niños, así como para -precisamente- las personas simples por no decir simplonas; la segunda es una versión más completa, menos pueril.
Por ejemplo, tratándose de un tema pudendo como el sexo y la reproducción, el padre de familia explica a sus pequeños cómo está la mecánica de la procreación humana utilizando las consabidas e infalibles analogías del mundo de los himenópteros: “Bien, hijo. Con mi disfraz de abeja y la valiosa ayuda de tu madre, vestida como flor primaveral, trataremos de desentrañarte en una forma gráfica y amena los secretos del milagro de la vida”.
Estaremos de acuerdo en que a su edad los menores no necesitan detalles sobre fellatio y cunnilingus, sado y bondage, juegos de roles, látex y demás fetiches, asfixia autoerótica y otras formas de interacción humana cuyos fines no podrían estar más distantes de la reproducción, aunque formen parte del extenso catálogo amatorio.
Otro asunto cuya profundidad se suele manipular para que resulte asimilable entre los pequeños es el de la muerte: “Papi, si a mi mami se la llevó Dios al Cielo al igual que a ‘Huesos’… ¿en serio tengo que seguir yendo a misa cada domingo a rezarle a ese truhán omnipotente y agradecerle por su dizque infinito amor?”
En fin, que cada quien sabrá cómo aborda cuestiones tan delicadas. Pero en lo que sí estamos de acuerdo es en que en ambos casos hay explicaciones más profundas que las versiones básicas.
Los Gobiernos, (no sólo los nuestros, aunque sí especialmente) suelen dirigirse a los ciudadanos en el nivel más básico, reduciendo las cuestiones más complejas a su expresión más infantiloide. Poco falta para que nos pongan como vocera a la titular de El Mundo de Cositas.
Es comprensible porque la media poblacional en el mundo, admitámoslo, no es precisamente brillante (el progreso de la humanidad -científico y moral- recae en una porción inferior al uno por ciento).
Lo malo es que cuando no pasamos de un nivel preescolar de lectura, la veracidad del discurso también se ve comprometida, pues se cae en chovinismos que no permiten a los ciudadanos apreciar más de dos colores absolutos.
Nuestro Gobierno, tanto el Estatal como el Federal (y hasta eso, desde la pasada gestión), nos plantea el asunto de la lucha contra el crimen como una verdadera guerra, en la que vencerá aquel que esté mejor armado, aquel cuyo arsenal sea más vasto y moderno, aquel cuyo ejército sea más numeroso y esté mejor preparado, como si se tratara en efecto de un juego de estrategia RISK, en el que se conquistan o se pierden territorios.
Medir el problema en bajas por el bando de los buenos y el de los malos es una manera de apreciar el problema, sin duda, pero, ¿qué tan completa es esta visión de la realidad?
Visto así, se trata de una plaga inerte que hay que erradicar mediante la eliminación (muerte o encarcelamiento) de las células que la componen, en la esperanza de que no vuelvan a brotar nuevas.
Sin embargo, cualquiera con secundaria terminada puede entender que el origen del fenómeno delictivo y criminal no se explica de una forma moral; es decir, en términos de gente buena y gente descarriada y mala por definición, a la que hay que detener.
No, el fenómeno de la violencia delictiva se explica mucho más cabalmente en la pobreza y la ignorancia, en el subdesarrollo, en el hambre histórica, en la ausencia de opciones y oportunidades, en la exaltación de la brutalidad como símbolo de hombría o nacionalismo y en todos los valores extraviados o antivalores que promueven masivamente los medios de comunicación. Sin llegar a hablar como un experto, allí podríamos comenzar a abordar el problema como un adulto, no como un niño que no entiende más allá de un juego de policía contra ladrones.
Quizás el Gobernador, Rubén Moreira, no mienta cuando dice que Coahuila ha pasado de ser uno de los estados más violentos de la República a una posición más cómoda en esa tabla de la infamia. Quizás, aunque con tantos crímenes y desapariciones por resolver, inhumaciones clandestinas y corporaciones policiacas corrompidas se antoja difícil, pero vamos a darle el beneficio de la duda y a decirle que sí, que en tres años ha abatido el índice delictivo.
¿Qué certidumbre nos daría, de ser cierto, de que esta presunta mejoría obedece a sus acciones y no a los movimientos fortuitos del ajedrez del crimen organizado y la política, sobre todo cuando lo único que presume son supuestas acciones estratégicas de combate, pero poco o nada se avanza en abatir las causas fundamentales de la descomposición social: pobreza e ignorancia?
Es normal que un padre diga por las noches a su hijo que allí está él para protegerlo de los fantasmas, pero ¿hasta qué edad ha de explicarle que los fantasmas son sólo una proyección de aquellas carencias que en realidad están lacerando su existencia?
petatiux@hotmail.com