Diario de un nihilista

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Opinión
/ 22 marzo 2015

Ensayo sobre la percepción. Percibimos el clima, más que por la piel, a través de la sangre, medio acuoso que entra en contacto con otro medio fluido, el aire, precisamente a través de la epidermis. Es por ello que somos más sensibles al frío que al calor, como animales de sangre caliente. La percepción del aumento de calor es tan gradual que apenas la percibimos: caemos de pronto desmayados en la acera, cuando el termómetro marca más de 50 grados Celsius. Es por ello también que los pajarillos no se congelan en el invierno, a pesar de su pequeña masa, y que los perros soportan grandemente el frío: porque sus cuerpos tienen poca sangre.

Ahora bien, entre el medio sanguíneo y el aéreo ocurren distintas gradaciones de luz y se transmiten vibraciones de sonido. Es por ello que la imagen de los objetos que percibimos arriba alterada a la conciencia. Entre dos fluidos separados por una membrana sensible el conocimiento es táctil, cuando no alimenticio. El oído y el ojo efectúan una ósmosis de sonidos e imágenes. La sangre percibe texturas, golpes, temperaturas que alteran su flujo encerrado y se adapta de manera instantánea a todos esos accidentes.

Cada cuerpo es un mundo rodeado de mundo. En ese medio conoce, se alimenta y crece. La temperatura, así, es un primer dato de sobrevivencia. El calor de la sangre es la medida con que juzgamos el hielo y el fuego. Relacionamos el calor con la luz y el frío con la oscuridad. El plasma es el continuum vital, el líquido amniótico que regula nuestro contacto con el mundo. Aunque vivamos sobre un metro de polvo, el universo es el océano en el que respiramos y sentimos.

Al cerrar los párpados, todo el cuerpo se convierte en piel. Se mezclan luz y oscuridad, verano e invierno, sueño y vigilia. Perdemos el sentido de orientación, debajo es igual que arriba. En posición horizontal, la sangre fluye y unifica los distintos órganos del cuerpo. El cerebro no se diferencia del hígado: secreta ideas, como si fuese una estatua sensible.

Inundado por el plasma, sus operaciones se vuelven regulares y simples: imágenes y recuerdos se suceden en un tranquilo flujo de sístole y diástole. Aunque existe una sensación de peso, las sensaciones en general carecen de peso. Hay apenas una diferencia de grado entre un olor presente y un olor recordado. El rumor de la sangre se confunde con el zumbido del silencio que priva afuera, en su redor.

El recuerdo, el sueño y la fantasía tejen un mundo que tiene la temperatura y la consistencia de la sangre. Nuestra noción de realidad, mediada por los sentidos, por la luz y por el aire, no es más real que la imaginación del cuerpo ensimismado. El tiempo mecánico no es tampoco más vasto ni influyente que este tiempo íntimo. Preso de la gravedad terrestre, el cuerpo gira como una aguja magnética: de pronto los pies rozan la cabecera de la cama. El cuerpo rota en todas las direcciones que marca la rosa de los vientos y en otras más: de adentro hacia afuera, del futuro al pasado, del sueño a la realidad. Entonces se pone de pie.

Alfredo García


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