Elogio de Cerro del Pueblo
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El Monte, el cerro. Edificamos nuestra vida en torno a la posición más alta. La mayor. Los vecinos regiomontanos, es decir, nosotros mismos cuando fuimos a fundar dicha villa, dicho Reino de León, hoy emporio capitalista por antonomasia, fundamos esa ciudad bajo el amparo del Monte más grande, el mayor, el Rey: Monterrey.
Nosotros, saltillenses de prosapia y linaje, tenemos nuestro propio Monte, el emblemático Cerro del Pueblo. ¿De quién es? De todos. Todos tenemos aquí un grano de arena o grava la cual nos pertenece. Es tan democrático lo anterior, por lo cual es el Cerro del Pueblo. Seguido lo admiro. Hace años no lo ando, no lo camino. Pero seguido, muy seguido me abandono a contemplarlo desde los amplios y frescos ventanales de la mítica Terrazza Romana en plena Avenida Victoria en el centro de Saltillo.
Dice el catedrático de la Universidad Complutense, Rafael Navarro, de un viejo tronco europeo el cual a la vez, nosotros arrastramos. Es nuestra historia. Hundimos nuestras raíces y semillas en tres colinas, tres montes, tres cerros terrenos y simbólicos: la colina de la Acrópolis; la colina, el cerro del Capitolio y el monte de la pasión, el Monte Calavera, el Calvario el Gólgota, donde el hombre más importante de todos los tiempos, Jesucristo, exhaló e hirió al silencio con sus últimas palabras las cuales rasguñan el alma, aquel reclamo a Dios por haberlo abandonado. Ah.
Hay otra montaña, otra colina igual de buena, de mágica. Davos, Platz, en el Cantón de los Grisones (Suiza). Aquí hay un balneario para relajar nuestro maltrecho espíritu. Los aires son fríos, buenos; la temperatura del cuerpo se equilibra y los pensamientos negativos se marchan. Esta colina es mágica. Por esto se le llama La montaña mágica; sí, la novela de Thomas Mann. Sin duda, una de las mejores de todos los tiempos.
Miro desde el amplio ventanal mi Cerro del Pueblo y me gusta. No siempre fue así. Mucho tiempo lo detesté. No tenía motivo alguno para ello. Sólo lo sentía. Era un sentimiento pernicioso, malsano. ¿Quién había puesto el Cerro justamente allí? Me preguntaba en mi infancia y mi padre, don Ferruco, José Cedillo Rivera, el cual me encaminaba de la mano a todo lugar, y justo en nuestros paseos en la Alameda, espetaba doblado de risa, Ay hijo, un día a alguien se le ocurrió traerlo en carretillas. Fue mucho trabajo pero, míralo âseñalaba con su mano limpia, varonil, afilada; uñas pulidas por su oficio de sastreâ, completaron el trabajo para paseantes como nosotros.
Esquina-bajan
En tardes grises de domingo como ésta, mis ojos se vuelven navegables. No puedo evitar llorar al recodar esta estampa. Hoy y por esto y otras cosas, admiro el Cerro del Pueblo y un secreto orgullo crece en mi pecho. Me gusta mi Cerro, mi colina, mi monte personal. Ignoro si está plagado de inmundicia o si allí habitan en la oscuridad, como alimañas, pandillas violentas las cuales todo lo pudren, lo depredan. Espero no.
Los once mil discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, Mateo 28,16. La geografía, la historia, la topografía bíblica es rica, pródiga en montes, colinas, cerros, valles y depresiones los cuales moldearon al pueblo de Dios. Tal vez por esto la música de la Palestina la conozco desde siempre. Reniego de la música vernácula; reniego y condeno a Pedro Infante y a la vengadora de las inquinas y maldades masculinas, Paquita, La del Barrio; pero jamás de la música hebrea, palestina.
Todos los saltillenses somos dueños del Cerro del Pueblo, pero si alguien puede tener su certificado de propiedad, ese es mi compañero de armas aquí en VANGUARDIA, mi maestro, mi amigo don Armando Fuentes Aguirre, cronista de la ciudad. Para fortuna de todos, Catón ha dejado su testimonio y fervor por semejante belleza en el mural de Radio Concierto, obra del pintor Gerardo Valdés. Espere aquí mi texto especial al respecto.
Letras minúsculas
La gente muere, los edificios arden, las casas se derrumban en el añoso centro de la ciudad. Incólume, incluso abnegado, el Cerro del Pueblo lo contempla todo