El Relámpago de Catatumbo

Opinión
/ 13 abril 2015

Pasó la tormenta.

Vientos violentos, truenos, lluvia y granizo. Se fue pronto a sorprender otros sitios.  Hay lugares en nuestro subcontinente en que las tormentas eléctricas duran diez horas.

Desde hace siglos, un extraño y único espectáculo en el mundo viene produciéndose en la desembocadura del río Catatumbo con el lago Maracaibo (en el estado venezolano de Zulia). Se llama el Relámpago de Catatumbo.

Esta maravilla celestial es la más grandiosa e interminable sinfonía de rayos y luz que la naturaleza nos puede ofrecer, puesto que las tormentas eléctricas que se forman arden con nada menos que entre 30 y 60 rayos por minuto (casi uno por segundo), unos 3,000 por hora, y pueden llegar a alcanzar la friolera de unos 1.5 millones de rayos al año. No es de extrañar que posea el récord Guinness a la mayor concentración de rayos del planeta. 

No todos los rayos caen. Muchos suben al encuentro  de la energía positiva con la negativa. Otros se tienden de una nube a otra con incesantes destellos relampagueantes.

Acá asociamos los rayos con desastre pero cumplen una función energética que acaba beneficiando la vida.

Hay también tormentas orgánicas que se ven como enfermedades y son solo ajustes que hace el cuerpo humano para mejorar sus capacidades de resistencia. 

Irrumpen tormentas económicas, sociales, religiosas y políticas. Algunas solo pasan y otras tienen mayor duración como las del Relámpago de Catatumbo. Pueden verse como calamidad pero la mayoría de ellas acaban beneficiando la vida al eliminar estorbos y acomodar eficiencias.

Los profetas de calamidades ignoran los ímpetus ocultos de la esperanza que siempre tiene sorpresas y abre horizontes inesperados. Se inicia un año de misericordia, se aproximan elecciones, se multiplican noticias luminosas que debieran ser de primera plana pero son desplazadas por las de la última tormenta catastrófica o escandalosa.

La buena cara y actitud de la renovación pascual hace que los tormentosos tiempos de cambio se contemplen como oportunidad desafiante para elevar, avanzar y orientar el rumbo personal y comunitario...

El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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