Diario de un nihilista

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 5 abril 2015

La dictadura de la opinión. Aunque la época de las ideologías murió hace un cuarto de siglo, sus remanentes autoritarios se retuercen todavía en el seno de las sociedades democráticas.

Bien avanzado el siglo 21, las personas acuden a las urnas y depositan su voto movidas por algo muy concreto: el presupuesto nacional o local de ese año, la inadecuada pavimentación de una calle, la reconocida ineptitud de un alcalde, la entrega a domicilio de un bulto de cemento o de cuatro varillas, etcétera. A decir verdad, ni antes ni ahora, al menos en México, la gente se ha dejado influir por las ideologías a la hora de ejercer sus derechos democráticos.

Inclusive las razones emocionales son más fuertes y legítimas en este terreno, que el tortuoso maquiavelismo de las frases mercadológicas, los cartabones verbales y los groseros conceptos que algunos partidos llaman ideología o consideran su marco ideológico. Desde tiempos tribales y cavernarios, el carisma de individuos privilegiados magnetiza y condiciona a los grupos humanos, que los escogen como sus líderes naturales. En un país donde el estado de derecho es muy precario, difícilmente puede existir una sociedad civil.

En nuestro país, algunas minorías autoritarias refugiadas en partidos políticos, recintos universitarios y medios de comunicación aspiran fanáticamente a manipular la opinión pública, a marcarle directrices, a establecerle metas y prioridades. Pensaríamos que se trata de una dictablanda, pero entre quienes aspiran a ejercerla todos los días es una dictadura a secas, bien que siempre frustrada, fallida. Los auto considerados zares de la opinión aconsejan al Presidente de la República, le dicen qué hacer con su dinero y sus propiedades, con su esposa, cuáles secretarios de Estado debe despedir, si es prudente o no que salga del país en visita de Estado.

Asesoran a los líderes de los partidos políticos, quienes por su parte también se pintan solos para asesorar al presidente, a los gobernadores estatales, a los alcaldes de los municipios más grandes del país. Si estos dictadorzuelos son investigadores universitarios, se alzan como furibundos cíclopes en un país de ciegos, como faros para alumbrar el rumbo del país. En un país de analfabetas funcionales, esgrimen sus doctorados emitidos por universidades europeas y norteamericanas, pero cursados con una pedagogía posmoderna que se asemeja mucho y abre todas sus puertas y ventanas al analfabetismo funcional. La masa de la población, compuesta de ciudadanos anónimos y sin privilegios, no les merece más que insultos y denuestos.

Son los acarreados, los votantes manipulados por la mapachería y el ratón loco, los adictos a la televisión y al futbol, a las actrices de telenovela, a los cantantes de moda. Aún así, intentan pastorearlos y prestarles su guía a través de las páginas de los periódicos, los programas de denuncia de la radio, cada vez más frenéticos y más frecuentes, los segmentos nocturnos de opinión en la pantalla chica, que a la verdad son tan técnicos y especializados, que hace falta que el fatigado y humilde televidente, que llega a su casa y se pone las pantuflas para escuchar a estos chamanes de la opinión, exhiba al menos una maestría en la Universidad de Columbia para comprenderlos.

Somos un medio de comunicación digital e impreso con cinco décadas de historia; nos hemos consolidando como uno de los sitios de noticias más visitados del Noreste de México.

Como medio multiplataforma, nos distinguimos por ofrecer contenidos confiables y de alta calidad, abarcando una amplia gama de temas, desde política y estilo de vida hasta artes y cultura. Además, ofrecemos artículos de análisis, entretenimiento y recursos útiles a través de formatos innovadores en texto, fotografía y video, que permiten a nuestros lectores estar siempre bien informados con las noticias más relevantes del día.

Nos enorgullece tener un equipo editorial compuesto por periodistas especializados en Derechos Humanos, Deportes y Artes.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM