Nuestro miedo más profundo

Opinión
/ 17 mayo 2015
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Todos estamos destinados a brillar, como lo hacen los niños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que está dentro de nosotros

El argumento de la clásica película Doce Hombres en Pugna de 1957, se basa en un jurado compuesto de 12 hombres que tiene que decidir si un joven latino es o no culpable del asesinato de su padre. Si es acusado será ejecutado.

En la sala de deliberaciones priva un calor insoportable. Todos están fastidiados y cansados, ansiosos de llegar a un rápido veredicto de condena. Todos estaban de acuerdo que el joven había acuchillado a su padre, excepto un inconforme, el jurado número ocho, hombre creyente de la justica, que se niega a dar su voto acusatorio.

Paulatinamente, se empiezan a enfrascar en una inflamada discusión en la cual el jurado rebelde brinda razonamientos consistentes y lógicos que hacen que los demás vayan cambiando su voto condenatorio, hasta que llegan a un consenso unánime: No culpable.

Bien lo decía la antropóloga Margaret Mead: Nunca dudes que un grupo pequeño de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar al mundo. Indudablemente, el poder de una minoría puede influir decisivamente sobre la conducta de la mayoría, entonces sucede una misteriosa alquimia: la mayoría se convierte en una masa, en una sociedad de cuerpos que voluntariamente se despoja de la razón.

¿En contra de todo?

Se dice que la sociedad del Siglo 21, es más libre que nunca, se cuenta que en los jóvenes no existe vestigio de obediencia alguna, que en estos tiempos acatar reglas éticas está fuera de moda, que quien lo hace es un ingenuo, o algo peor.

Ante estas creencias, bien pudiéramos hacer una reflexión más profunda: en la actualidad, tal vez, no se obedece al corazón, sede del amor y centro de la persona, a esa fuerza que hace reconocer el bien del mal, a la mismísima ética, pero claro que se obedece a otras tantas cosas que inclusive van en contra del sentido del corazón, que llegan a ocasionar quelas personas nos perdamos, nos vaciemos, nos destruyamos por cuenta propia. Posiblemente, sin saberlo, somos excesivamente sumisos a tantas extravagancias y frivolidades que, paulatinamente, llegamos atraicionara la naturaleza de nuestros corazones.

Si pensáramos un poco descubriríamos que, en innumerables ocasiones, lo que nos detiene para ser auténticamente originales y libres, lo que nos frena a seguir el sentido, la naturaleza del corazón, es ir justamente CON la corriente, o dicho de otro modo, es el hecho de considerar las opiniones de los demás, ¿el qué dirán? Es ir justamente con la corriente.

Tal vez nacemos un tanto encadenados a nuestra genética, pero esencialmente es el mundo, el grupo social en el que nacemos, nuestro medio ambiente cercano, lo que nos condiciona de tal manera que podemos llegar a ser manipulables. Y hoy, la globalización y el sinsentido pareciera que tiene la intención de domesticar para lo inconveniente.

Misteriosa alquimia

Y díganme si no, está de moda someterse a las modas, a ideas ajenas, a las costumbres impuestas por minorías, que luego, gracias a la misteriosa alquimia de las redes sociales, el internet, el cine, los artistas en boga, la televisión o a la publicidad, las transforma en conductas y creencias aceptables para una gran masa de seres humanos. Es una alquimia autónoma.

Existen, como nunca antes, infinidad de influencias que en un principio se manifiestan desafiantes, pero luego terminan educándonos, conformándonos hasta convertirnos en esclavos de las mayorías seguidoras.

Cedemos y nos sometemos a los moldes sociales por temor, por la facilidad de crear cárceles para el corazón y la razón, en lugar de optar por el riesgo que implica amar, ser amados y pensar por cuenta propia.

Conformismo narcotizador

Razón de sobra tiene Martin Descalzo: hay mucha gente que cree que no obedece a nadie, por la simple razón de que obedece a sus propios gustos. Han dejado de obedecer a quienes les aman y han pasado a obedecer a quienes les tiranizan.

Esta ciega obediencia, esta conformidad esculpida por el miedo, no solamente provoca que las personas renunciemos a lo auténtico, sino a la ineludible libertad para serlo que realmente estamos convocados a ser, para expresar la originalidad que podría iluminar el camino de la vida, para manifestar ideas propias, para tomar decisiones razonadas, para vivir valores y sentimientos sin temor al juicio social.

El polaco Solomon E. Asch pionero en la psicología social describe a la perfección el concepto que refiero de la conformidad: La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría.

El experimento

A principios de los años cincuenta Asch, haciéndose pasar por oculista, realizó una interesante investigación que consistió en juntar a 7 jóvenes de una escuela para que fueran sus cómplices en un experimento basado en comprobar la visión de los participantes, pero cuyo propósito verdadero era analizar el poder de la mayoría sobre las decisiones individuales.

Al grupo de estos alumnos incluyó un octavo muchacho para que participara con los demás en la prueba de visión, la cual consistía en que cada participante debería de responder preguntas sencillas: ¿Qué línea de una cierta figura era más larga? O ¿cuál de todas las líneas presentadas concordaba con una línea de referencia?

Acto seguido el investigador pedía a la audiencia que dijesen en voz alta su respuesta, cuidando que el octavo participante – que ignoraba el propósito del experimento – contestara al final, precisamente después de haber escuchado la opinión de sus compañeros. La respuesta era totalmente obvia, sin posibilidad de error, pero los siete estudiantes, cómplices de Asch, daban la misma respuesta incorrecta.

El resultado fue sorprendente: solamente el 25% de los participantes mantuvo un criterio propio; el 75% restante se dejó influir por las respuestas de los demás.

Una vez finalizado el experimento, todos los que dieron la respuesta incorrecta reconocieron que dieron esa respuesta sabiendo a ciencia cierta que era errónea y que lo hicieron por miedo al ridículo. La conclusión es contundente: estamos mucho más condicionados de lo que creemos, estamos equivocados si pensamos que somos auténticamente libres.

Síndrome perverso

¿Que nos queda? Ser uno mismo para evitar caer en denominado síndrome de Solomon que se manifiesta cuando una persona tiene miedo a destacar, a brillar y sobresalir por encima de un grupo y todo por temor, por el peligro de exclusión que ser ella misma lleva implícito.

Nos queda superar el miedo profundo que provoca que una persona se boicotee a sí misma, renunciando a sus propios razonamientos y valores, quedando en permanente vulnerabilidad. Nos queda aumentar la autoestima y confianza en uno mismo para evitar la frivolidad de la mayoría.

Nos queda pensar por cuenta propia, distinguir lo conveniente de lo inconveniente, vacunarnos contra la envidia. Nos queda aprender a madurar, a vivir acorde a convicciones propias, evitando compararnos con los demás, nos queda renunciar al qué dirán. Nos resta ser capaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. Nos queda brillar con luz propia, nos resta liberanos y liberar.

Nos queda superar el miedo que refiere Marianne Williamson, temor vencido por el jurado número ocho de los doce hombres en pugna: Nuestro miedo más profundo no es el de ser inapropiados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta.

Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, maravilloso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres para no serlo? Eres un hijo de Dios. Hacerte pequeño no le sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerse para que otros cerca de ti no se sientan inseguros.

Todos estamos destinados a brillar, como lo hacen los niños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que está dentro de nosotros. Esta grandeza de espíritu no se encuentra solo en algunos de nosotros; está en todos. Y al permitir que brille nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los otros.

Ciertamente, en ocasiones, nuestro miedo más profundo nos esclaviza, nos pone a merced de la mayoría. Sin saberlo, nos doméstica.

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey Campus Saltillo

cgutierrez@itesm.mx

La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría,

Solomon E. Asch pionero en la psicología social.

Nuestro miedo más profundo no es el de ser inapropiados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta

Marianne Williamson, número ocho de los doce hombres en pugna.


Escritor y cinéfilo de tiempo completo. Actualmente trabajo como colaborador en el periódico Vanguardia de Saltillo, Coahuila, con quienes laboré en diversas áreas durante cerca de seis años, desde mis prácticas en la universidad hasta luego de mi graduación. También realizo reportajes y entrevistas para la revista Newsweek en Español, desde mi llegada a la Ciudad de México en febrero de 2017.

Me apasiona la crítica de cine, labor a la que dedico buena parte de mi tiempo para mantenerme al día con los estrenos más recientes, así como tener un amplio panorama de los clásicos en este mismo ámbito. Escribo y leo por placer. Publico textos en mi blog personal (blogenllamas.wordpress.com), en su mayoría relatos cortos. Tengo dos libros de cuentos publicados por el Municipio de Saltillo: “Demasiado Tarde” (Acequia Mayor, 2016) y “Los Ausentes” (Acequia Mayor, 2017).

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