El cine: el arte

Opinión
/ 16 mayo 2015

Cuatro de las películas que he visto últimamente tienen al arte como una de sus claves principales: La mejor oferta (2013), de Giuseppe Tornatore; Georgia O´Keeffe (2009, hecha para la televisión estadounidense), de Bob Balaban; El Gran Hotel Budapest (2014), de Wes Anderson y Mortdecai (2015), de David Koepp.

En la primera y la última, Geoffry Rush y Johnny Deep representan, respectivamente, a dos comerciantes de arte y coleccionistas obsesivos, como suelen ser estos personajes que pueden darse el lujo de coleccionar piezas artísticas. La segunda película es la biografía a medias de una de las pintoras más interesantes de los Estados Unidos de América; Joan Allen y Jeremy Irons representan un drama que quiere parecer de factura europea. En El Gran Hotel Budapest un óleo –un retrato- de dimensiones más bien pequeñas se convierte en un motivo de intriga para una hermosa película.

De las cuatro, O´Keeffe es la más directamente relacionada con la pintura. En ésta es interesante ver la manera en que una de las artes se ocupa de otra: el cine –arte dinámico- retrata la pintura –arte estático- y una parte de la vida de esta autora de enormes flores impúdicas y de alegóricos cráneos de animales, metáforas eróticas lo mismo que tanáticas. No es demasiado convincente el tratamiento del guión ni la actuación de Joan Allen, pero en general, es una película legible y fotográficamente agradable. Por lo demás, el colofón nos instruye: Al momento de su muerte, en 1986, Georgia O´Keeffe se había convertido en la mejor artista plástica de la historia [the most significant female painter in history]. ¿La más importante de la historia? Evidentemente, la película es estadounidense.

El retrato que aparece en Gran Hotel Budapest es enigmático: se menciona el nombre de su autor –un tal Johannes van Hoytl, el Joven, obviamente apócrifo- pero lo cierto es que Wes Anderson solicitó este trabajo al artista británico Michael Taylor, quien pintó el retrato de un Muchacho con manzana a la manera de un Bronzino o un Durero. Taylor, como otros pintores actuales, regresa a una técnica pictórica obediente de la academia aunque con un estilo absolutamente contemporáneo: un poeta que vuelve al metro y a la rima y cuyos temas serían la soledad en medio de la era de la comunicación digital, entre otros de nuestro torturado hoy –y de siempre.

En Mordecai vemos a una supuesta Duquesa de Wellington, obra de Goya, según se dice en la película, entretenida pero nada más. Es otro retrato en formato horizontal, pero esta vez, de mujer y de cuerpo entero: se extiende sobre un canapé, como la Maja, pero no es la Maja, ni la desnuda ni la vestida. ¿Quién es, entonces? El único retrato de mujer en la obra de Goya que guarda parecido con el que vemos en el filme es La Marquesa de Santa Cruz (1805), que representa a esta dama, que nos mira desde el lecho rojo sobre el que está recostada mientras sostiene con su brazo izquierdo una lira que apoya en su cadera izquierda; su cuerpo curvilíneo está vestido con un suntuoso camisón blanco y unas zapatillas de raso dorado.

La mejor oferta, por su parte, es la historia de un art dealer y coleccionista, obsedido por la manía de acumular retratos de mujer. Con música de Ennio Morricone, el espléndido filme de Tornatore parece un thriller sin serlo. En cambio es la historia muy bien contada de una traición en la que el experto en arte resulta estafado por una chica heredera de una valiosa colección de piezas artísticas. De nuevo el aire aristocrático del arte a través de esta obra de arte que es la película misma. Hay que ver esa habitación herméticamente cerrada que contiene la colección privada de Virgil Oldman (Goeffrey Rush): innumerables retratos de todas las épocas y estilos, retratos de mujeres.

En todas estas películas es el retrato el género por excelencia, salvo en Georgia O´Keeffe, acaso porque ésta no es sino el retrato de una parte de la vida de la artista (EEUU, 1887-1986). Pero ¿por qué el retrato? ¿Por qué un/os retrato/s? Un Muchacho con manzana, una Duquesa de Wellington, un cúmulo de retratos de mujer que cubre cuatro paredes de una enorme caja de caudales Y ese gusto del cine por sus hermanas, las otras artes visuales, para no hablar de la cercanía entre el mismo cine y el teatro, más acentuado en otros momentos, pero igualmente visible ahora.

No sólo a través de un guión, sino también de la fotografía y de los planos del director, el cine rinde tributo a la vetustez del arte. Y hasta en películas de acción o populares y saturadas de efectos especiales, la convencional concepción del arte está presente. No sólo en Código da Vinci o en otras películas en que el arte es casi un protagonista, sino en filmes que son, en sí mismos, obras de arte, desde el Nosferatu de Murnau hasta digamos Melancholia de Von Trier.

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