A Cuba ya no le queda tiempo

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Opinión
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La incertidumbre ha hecho que distintos actores depositen sus esperanzas en una serie de futuros posibles: la caída del régimen comunista de Cuba, una transición a la democracia o una acción militar que conduzca a una especie de protectorado estadounidense

Por Catherina Gioino, The New York Times.

De manera involuntaria, los cubanos son expertos veteranos en el arte de esperar: la ración de pan del día, los autobuses abarrotados, las visas para irse del país. Desde que la pandemia sumió a la isla en una profunda crisis y en especial desde que el gobierno de Donald Trump instituyó en enero un bloqueo petrolero de facto contra Cuba, ese ejercicio diario se ha convertido en una asfixia lenta.

Ahora los cubanos esperan por todo. Esperan alimentos importados y medicamentos de venta libre que les envían sus familiares en el extranjero. Esperan la electricidad, que regresa apenas una o dos horas al día, o una brisa tenue en medio del opresivo calor del verano que les permita a sus hijos dormir un par de horas.

Más que nada, los cubanos esperan señales de que Washington o su propio gobierno encontrarán una salida a su miseria actual; de que por fin podrían vivir en un país normal, sin seguir atrapados por décadas de políticas autoritarias, mala gestión económica, sanciones estadounidenses y una Guerra Fría prolongada. Independientemente de si la isla se dirige hacia un verdadero punto de quiebre político, ningún nivel de suministros eléctricos improvisados o de lo que el presidente Miguel Díaz-Canel define como “resistencia creativa” puede ocultar que el pueblo cubano está siendo empujado a los límites de lo que puede soportar.

La incertidumbre ha hecho que distintos actores depositen sus esperanzas en una serie de futuros posibles: la caída del régimen comunista de Cuba, una transición a la democracia negociada y respaldada por Estados Unidos o una acción militar que conduzca a una especie de protectorado estadounidense, siguiendo el modelo más reciente de Venezuela. Pero el escenario más probable es que la espera continúe: un estancamiento prolongado en el que los cubanos comunes pagan el precio.

Algunos, en particular dentro de la diáspora cubana, esperan que se repita en Cuba el equivalente de lo que ocurrió en Europa del Este en 1989, cuando los regímenes comunistas cayeron en toda la región. Rosa María Payá, la hija exiliada del activista prodemocracia Oswaldo Payá, muerto en 2012, ha descrito al gobierno cubano como el “Muro de Berlín de nuestro tiempo”. En consecuencia, aunque con una coordinación insignificante con los cubanos en la isla, líderes de la comunidad cubanoestadounidense han desempolvado, actualizado o redactado nuevos planes para una transición democrática.

Sin embargo, durante gran parte de esta primavera, no estaba claro que 1989 fuera el paralelo histórico que el gobierno de Trump tenía en mente. En comunicaciones directas con el nieto de Raúl Castro y con miembros de la cúpula de seguridad de Cuba, el secretario de Estado Marco Rubio y el director de la CIA, John Ratcliffe, señalaron su disposición a permitir que algunas de las autoridades comunistas de la isla se mantuvieran en el poder, siempre y cuando La Habana relajara el control estatal sobre la economía, liberara a los presos políticos y eliminara sus vínculos de seguridad con adversarios de Estados Unidos.

No obstante, desde mayo, la posibilidad de tal acuerdo se ha desvanecido. A medida que Cuba se ha negado a aceptar las exigencias de Washington de un cambio significativo en el liderazgo, el gobierno estadounidense ha implementado sanciones secundarias que han obligado a muchas empresas extranjeras a retirarse de la isla. Ni un paquete de liberalización económica anunciado en junio ni la liberación en julio del preso político de más alto perfil del país, el artista Luis Manuel Otero Alcántara, han logrado que el gobierno estadounidense ceda.

Este estancamiento ha reforzado las sospechas de que, desde el principio, la intención del gobierno de Trump era infligir dificultades económicas, no para provocar concesiones, sino para crear las condiciones propicias para un malestar social generalizado.

A menudo, el verano ha sido la temporada de agitación política en Cuba, desde el Maleconazo de 1994, en medio de la depresión económica postsoviética, hasta las marchas nacionales del 11 de julio de 2021, en lo peor de la pandemia. Los recientes colapsos de la red eléctrica han traído nuevas señales de ira pública. Los cacerolazos vecinales —ruidosas sesiones en las que se golpean cacerolas— y los bloqueos de calles hechos con basura en llamas ocurren casi todas las noches. Una diapositiva mostrada por error durante una comparecencia televisada del gobierno reveló que los funcionarios están preocupados por un “estallido social”.

Sin embargo, una inestabilidad creciente no basta para que se repita 1989. El colapso del régimen comunista en la mayor parte de Europa del Este no solo dependió del descontento popular, sino también de divisiones dentro de la élite gobernante y de oposiciones con bases populares significativas. Hasta ahora, el aparato coercitivo de Cuba permanece intacto, la amenaza de represión ha debilitado el alcance de cualquier oposición y la emigración masiva sigue sustituyendo a la movilización masiva, con hasta dos millones de cubanos que han abandonado la isla desde 2020. El cierre efectivo de la frontera estadounidense a la entrada de cubanos desde 2025 simplemente ha redirigido a cientos de miles de migrantes hacia otros destinos.

Si las penurias internas no presagian automáticamente el colapso del régimen, podría ser tentador concluir que el cambio solo puede venir desde afuera. Durante semanas, el gobierno de Trump ha estado lanzando indirectas de una inminente acción militar al presentar a Cuba como una amenaza para la seguridad nacional, citando los lazos de inteligencia de La Habana con China y Rusia, su supuesta adquisición de drones de Irán y su presunto papel en lo que el Departamento de Estado llama la “subversión” hemisférica pasada y presente. La imputación de mayo contra Castro, que lo acusa de participar en el derribo en 1996 de dos aviones civiles cubanoestadounidenses, también proporciona un pretexto para algún tipo de extracción policial al estilo de lo que sucedió con Nicolás Maduro.

Sin embargo, cualquier intervención estadounidense traería a la mente un paralelismo histórico distinto: 1898, el inicio de una ocupación militar estadounidense de cuatro años que dio origen a una república cubana subordinada a los intereses económicos y políticos de Estados Unidos.

Pocos observadores esperan seriamente otra ocupación total de Cuba por parte de Estados Unidos. Pero la historia no necesita repetirse tan literalmente para rimar con los viejos estribillos imperiales. El presidente Trump ha planteado públicamente una “toma de control amistosa” de la isla. Al forzar la salida de los principales operadores hoteleros y otros socios estatales cubanos, las sanciones secundarias del gobierno han devaluado los activos cubanos y, potencialmente, han dejado el camino libre para que empresas estadounidenses los adquieran a precios de remate.

Mientras tanto, el nieto de Castro, que no ocupa ningún cargo de liderazgo formal en Cuba, en la práctica ha declarado que Cuba está abierta a los negocios y ha expresado su disposición a negociar directamente con Trump. Aceptar a un miembro de la familia Castro como el equivalente cubano de Delcy Rodríguez, la líder interina de Venezuela, podría resultar inaceptable para muchos en la Casa Blanca, empezando por Rubio. Pero el ejemplo de Venezuela ofrece un precedente aleccionador: una acción militar en Cuba tal vez no garantice la democracia, sino un nuevo orden en el que el secretario de Estado opere como una especie de virrey económico, trabajando con un círculo cercano para repartirse el botín.

Por ahora, todos estos escenarios parecen más imaginarios que inminentes. Incluso ante la ausencia de otros salvavidas extranjeros, los funcionarios cubanos han mostrado escasa disposición a cumplir las órdenes de Washington. Al gobierno en La Habana tampoco se le ha ofrecido una vía de escape consistente. Cumplir con las exigencias de Washington equivaldría a negociar la propia desaparición del régimen.

El margen de maniobra de Washington también está restringido. A pesar de los recientes informes sobre un nuevo grupo de trabajo sobre Cuba en la CIA, una escalada militar corre el riesgo de enredar a Estados Unidos en un proyecto de reconstrucción nacional aún mayor que en Venezuela en un momento en que el gobierno vuelve a estar enfocado en el conflicto con Irán. Los costos políticos internos de un nuevo enredo en Cuba también podrían pesar mucho de cara a las elecciones de medio mandato de este otoño.

Eso deja a ambas partes atrapadas en un patrón de tira y afloja, de empujes y tirones, en el que cada una busca que la otra haga primero una concesión verdaderamente significativa. Pero el tiempo no está del lado del pueblo cubano. No pueden posponer indefinidamente sus comidas, procedimientos médicos o decisiones más trascendentales sobre su futuro personal y político.

Los gobiernos pueden darse el lujo de seguir jugando a esperar. Los cubanos comunes, no. c. 2026 The New York Times Company.

Michael J. Bustamante es profesor de estudios cubanos y cubanoestadounidenses en la Universidad de Miami y autor de Cuban Memory Wars: retrospective Politics in Revolution and Exile.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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