Alicia Nunca Miente
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Lo hemos dicho antes, la ficción no es una mentira, la figura de Samuel Coleridge “la suspensión de la incredulidad” es la patente de corso para que existan las cosas más extraordinarias emanadas de la literatura. Así, Dulcinea existe en el momento que se abre el Quijote.
No obstante, las mentiras nos cercan. Es posible encontrar un retrato de ello en la elección de la palabra del año del Diccionario de Oxford, el cual es un reconocimiento a un término o expresión que refleja el ambiente y las preocupaciones de los últimos doce meses.
Hace una década, luego de un año caótico como el qué más y el mismo en el que Trump ganó por primera vez una elección presidencial en los Estados Unidos, el diccionario de marras otorgó el galardón a la palabra “posverdad”.
Su función sustantiva es describir situaciones en las cuales los hechos no tienen la contundencia suficiente para influir en la opinión pública, y en su lugar son las apelaciones sobre las emociones y las creencias personales quienes determinan lo que puede ser verdad, aunque no lo parezca o carezca de bases para ello.
Si bien Fernando Pessoa nos advirtió que la literatura, como el arte, existe porque la realidad no basta, fue Jorge F. Hernández quien escribió una novela sobre este que es uno de los grandes temas de la narrativa, pero como todo estudio sobre la mentira es, a la vez, un análisis sobre la verdad y sus malquerientes.
En ella está la historia de Adalberto, a quien un amor contrariado lo lleva por caminos insospechados. Es un hombre que odia las mentiras y se obsesiona con desenmascararlas, a pesar de que alguna vez haya echado mano de ellas.
En el sendero de la vida se encuentra con Alicia, una mujer cabal que trabaja con piedras y que, en homenaje a la etimología de su nombre (Alétheia en griego significa verdad) le enseña que hay verdades que es mejor no conocer.
Alicia nunca miente (Alfaguara, 2025) es la historia de una persona de nuestro tiempo, alguien que comienza a sospechar de las “mentiritas” diarias que asemejan ser minúsculas, pero constituyen la argamasa de la estructura que sostiene la cotidianidad.
Las noticias, la ley, la religión, las normativas gubernamentales, el deporte o la comida. Sólo así se entiende la diferencia entre el mentiroso y el mitómano, pue está se aloja, justamente, en los recovecos de la ficción. Sálvese quien pueda.