Nuestros lejanos ancestros
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Los hallazgos nos ayudan a los historiadores a reconsiderar lo que sabíamos, porque los análisis científicos llevan a precisar datos y a confirmar o refutar lo que teníamos por ‘pasado’
Investigaciones arqueológicas están echando abajo lo que conocemos del pasado o creíamos saber. Nuestra ignorancia era mayor que los conocimientos y ahora avanzamos en el rescate del pasado. ¿Ha habido cambios? No demasiados; sí en profundidad. Me explico.
Fui el primero en hacer un esfuerzo por reconsiderar la vida y hechos de los indígenas desde los datos y no a partir de consideraciones entusiastas o negativas. Me precedieron el Dr. J. de Jesús Dávila, en Coahuila, con un bello texto de denuncia del maltrato a los chichimecas, y don Eugenio del Hoyo, en Nuevo León. El primero nos regaló un libro; el segundo, cientos de manuscritos sobre los esclavistas regiomontanos. Como se trata de documentos escritos cuando sucedían los hechos y por quienes cohabitaban con las sociedades indias, son importantes, aunque mientan.
Cuando el alcalde Eleazar Galindo me hizo director del Archivo Municipal, inicié la búsqueda de documentos sobre los aborígenes de Coahuila, echando un ojo a los de Nuevo León. Entre don Ildefonso Dávila, jefe del Archivo Histórico, y yo encontramos mil 563 manuscritos que hablaban de los indios. Nos publicaron el catálogo en España y fuimos a presentarlo en Madrid y Sevilla. Don Ildefonso, que no había estudiado más que secundaria, impresionó a los doctos historiadores con quienes cenamos: sabía demasiado sobre cualquier tema del pasado norteño.
Luego seguí por mi cuenta y defendí una tesis doctoral en Perpiñán, Francia, sobre los nómadas. Antes había publicado en la CDMX el libro “La Gente del Mezquite”, pero la tesis requirió que, además de los manuscritos de varios archivos, leyera a los teóricos de la historia, en especial franceses y norteamericanos. “La Gente del Mezquite” tiene vida propia y, en Monterrey, una generosa cooperativa lo reeditó cinco veces. Ahora se prepara una edición en Texas.
Con lo anterior quise decir que creía saber todo acerca del tema y fue una agradable sorpresa conocer resultados de investigaciones de tres cuevas del sur de Nuevo León. La arqueóloga Araceli Rivera, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), descubrió una caverna intacta, no saqueada por coleccionistas y aficionados. Estaba muy bien disimulada con piedras, y Araceli encontró miles de objetos. Por objetos quiero decir restos de comida, semillas, huesos humanos y animales, olotes, un diente, sandalias de fibra de lechuguilla. Luego estudió otras dos cuevas.
Los hallazgos nos ayudan a los historiadores a reconsiderar lo que sabíamos, porque los análisis científicos llevan a precisar datos y a confirmar o refutar lo que teníamos por “pasado”. Los vestigios de origen natural (todos, menos las flechas) pudieron datarse. Fueron sometidos al estudio de los isótopos, que son átomos con el mismo número de protones, y a la prueba del carbono-13, un isótopo estable que analiza proteínas, datos de ecología y geociencia sin alterarse.
En Zaragoza hallaron fibras vegetales, frutos, legumbres, maíz, frijol, chile, agaves y cactáceas, así como proteína animal. En el municipio de China encontraron un entierro relacionado con diversas plantas y maíz, nopal, sotol, maguey, pescado y mariscos. En Aramberri, un diente humano que, por análisis de carbono-13, resultó de 6505 años antes de Cristo (¡hoy cumple 8 mil 531 años!), además de un coprolito de 1305 y una sandalia de agave lechuguilla de 2465 años a.C.
Estoy resumiendo. Hace años nos habíamos asombrado y emocionado con el descubrimiento cerca del río Bravo de un coprolito humano (excremento hecho piedra). Su estudio por paleobotánicos de Nueva Orleans encontró que la persona que lo cagó había comido sotol y tunas. Eso no fue lo importante: el coprolito tenía 10 mil años. Nos echó muy atrás lo que teníamos como certeza.
Historiadores, arqueólogos, químicos, biólogos, paleontólogos y físicos debemos vernos no como competidores, sino como colegas. Debemos cooperar. Los de las ciencias duras también deben considerarnos a los historiadores. Un especialista en ADN de la Universidad Autónoma de Coahuila, Torreón, descubrió en una momia tarahumara alelos y cromosomas africanos. Triste, me dijo que algo le falló. Le dije que no, porque negros que huían del maltrato español se refugiaban entre yaquis y tarahumaras: su estudio era correcto.