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Difícil papel es el del archivista. Se pasa todo el tiempo entre papeles y entre los invitados a quienes los papeles convocan: polillas, ratones, hongos, termitas... El archivista le teme a la humedad igual que al fuego. Apenas ve él la luz del sol. Bien se podría decir que el archivista está archivado.
Y no percibe un buen sueldo. Por sus manos pasan infolios con el registro de transacciones de mucho monto y monta: ventas de haciendas, testamentos riquísimos, cuantiosas dotes, contratos opulentos... Dineraladas están en esos papeles, y por guardarlos y ponerlos en orden el archivista percibe modesta pitanza, y casi nunca escucha una palabra alentadora:
-Qué bien archiva usted, don Fulanito.
Pero la vida está en esos papeles que los archivistas custodian con celo de amantes desconfiados. O, más bien, está la muerte. Porque en los archivos duermen el sueño de los justos -y de los injustos- los hombres que vivieron. Están ahí sus afanes, codicias y trabajos; las ansias con que buscaron cosas que eran sueños, sombras, quimeras, polvo, nada. Y todo viene a parar en tres o cuatro pliegos de papel mal cosido, amarillento, con huellas que las moscas dejan como irónico epígrafe en la vida. “Miseria y nada más’’, diría Acuña...
El maestro don Luis Recaséns Siches, de claros ojos y pensamiento más claro todavía, me enseñó a sentir respeto por esos papelorios. Decía él que en los papeles escritos se halla “la vida humana objetivada’’. O sea, la vida de los hombres hecha objetos. Tales papeles son entonces lo mismo que pirámides o catedrales, cuadros o estatuas, ciudades en donde mora el hombre. Entrar en un archivo es ingresar en una de esas máquinas del tiempo que concibió la imaginación de H.G. Wells. ¡Benditos aquéllos que pueden ser como benedictinos y pasarse las horas copiando -copeando en tragos deleitosos- esos documentos en donde está lo que fue, y por tanto lo que es y lo que después habrá de ser!
“... Sentados a una amplia mesa, tras de charlar algunos momentos de la actualidad más ruidosa y reciente, requeríamos las herramientas de trabajo: plumas, lápices, cuartillas y papel de calcar; abríamos sendos mamotretos de aquella brava mina de papel añejo, y en seguida, cual por ensalmo, nos quedábamos abstraídos, a mil leguas de la realidad presente y en comunicación directa e inmediata con las generaciones que fueron...”.
Esas palabras las escribió don Francisco Rodríguez Marín, gran glosador del Quijote, andaluz de mente castellana, cuando describió con morosa nostalgia sus primeros estudios juveniles en el Archivo de Protocolos de Sevilla.