Café Montaigne 387: 8M y feminismo
No es para mí un criterio moral, señor lector; ellas eligen, desgraciadamente, lo que quieren ser. Eso de estar etiquetadas y para siempre al fracaso, hace lustros se dejó de hacer y padecer
Pasado el fatídico domingo del 8M, fui a ver a la güera, la camarera Jazmín, a la ciudad de Monterrey. Fue un día cualquiera de la semana. Es decir, ella sólo me marca y me dice rápido: “Jesús, ven a verme mañana”. Así de sencillo. ¿Qué hace su servidor? Pues obedecer. No me queda de otra en esta relación entre el viejo y la becaria. El poeta y la musa.
Pasé por ella a la hora convenida y la de siempre: al final de su jornada de trabajo en el restaurante donde es camarera. Como acostumbra, me plantó un ruidoso ósculo en mi mejilla cubierta de pelos, los cuales –dice– le pican, pero le gustan. Me toma del brazo y jamás, jamás, me ha dejado que le ayude con su bolsa grande, donde carga con su uniforme y sus enseres personales.
Enderezamos nuestros pasos al restaurante del Hotel Ancira para pedir casi milimétricamente lo acostumbrado: una botella de vino tinto de media tabla, una tabla de quesos o aceitunas preparadas para los dos, y ya luego cada quien elige su plato fuerte. Yo, por lo general, pido mi pasta de diversos estilos y salsas y aderezos. Ella, su acostumbrada carne bien cocida. ¿Postres al final? Muy de vez en cuando. El tema fue el siguiente y su pregunta fue...
– Oye, Jesusito, fíjate que el domingo en el restaurante estuvo bien jodido. Ni las familias que siempre van a comer o a merendar fueron. Bien fregado aquello. Pero bueno, así es en días. Creo fue en este caso por lo de la marcha de las mujeres que gritan y pintarrajean la ciudad. A ver, dime tú que sí sabes de todo... bueno, a veces, no te creas mucho, eh. ¿Qué es eso, por qué gritan tanto, a qué se debe su marcha? Mira, con respeto a ellas, la mayoría son desviadas; las respeto, son lesbianas, y pues la verdad yo, como mujer, no las entiendo. Ya quisiera tener tiempo para mí, mi hijo, mi familia y para ti; no para andar gritando en la calle. A ver, maestro, cuéntame...
Le respondo a vuela pluma: “Mira, güera, se celebra el Día Internacional de la Mujer, así como se celebra el Día del Padre, el Día de la Madre, el Día del Libro, el Día del Perro, el Día del Cabrito... en fin, es un día que, en teoría, todo mundo debe celebrarlas a ustedes. A mí, la verdad, no me gusta eso. Por ejemplo, el Día de las Madres, ahí anda todo mundo llevando a su mamá a comer y no hallan dónde ponerla ese día, pero todo el año está arrumbada y todo mundo le da los problemas de siempre.
“Ese domingo, Jazmín, ni salí. Ese tipo de mujeres que se hacen llamar feministas (feminazis, les dicen popularmente) han tomado como moda, digo yo, una ‘identidad alternativa’ a su esencia femenina. Es decir, flaca, no es el ‘deber ser’, sino una especie de ‘deber hacer’. Y ellas y nadie más, pues han escogido, han hecho su sexo; por lo general, se creen hombres, no mujeres. En mi época de chavo, les decíamos que eran ‘tortillas’, ‘livais’, ‘marimachos’ y otras cosas. Hoy todo eso es mal visto. Ellas siguen siendo lesbianas o se asumen como de otras identidades, se les llama neo-entes, pero hoy se le tiene miedo al lenguaje y a las palabras, no a los asesinatos ni a las masacres ni a la violencia, como los robos, lo cual, usted me ha dicho, lo ha padecido en esta ciudad de puros extraños de otras latitudes...”.
ESQUINA-BAJAN
La güera me escuchó atentamente. Brindamos varias veces a la par de comer bocadillos de nuestros platos. Escuchaba y en ocasiones asentía en silencio. Le terminé diciendo que, en mi criterio, para mí eso no es ni bueno ni malo. No es para mí un criterio moral, señor lector; ellas eligen, desgraciadamente, lo que quieren ser. Eso de estar etiquetadas y para siempre al fracaso, hace lustros se dejó de hacer y padecer. Sería ocioso escribir aquí tanta cifra (lo voy a hacer en la siguiente ocasión, para ejemplificar casos y cosas), pero por lo pronto, eso de que su mérito es que son “muchas” y por eso deben ocupar puestos de alta gama es una mentira podrida. ¿No sería mejor que sólo fueran inteligentes, competitivas, brillantes, disciplinadas y así, con esas armas, les disputen cualquier puesto a los varones?
Le sigo diciendo: “Mira, Jaz, una de las mejores traducciones de la Biblia es ‘La Biblia Devocional de Estudio’, llega de la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, es clásica, pero esta traducción es muy buena. Mira, cuando Iahvé, Dios o Jehová, como usted le quiera llamar, le quita la costilla a Adán para que nacieran ustedes, las bellas mujeres, en uno de sus versos dice: “... esta será llamada varona, porque del varón fue tomada”.
– Ah, caray, mi Jesús, eso no lo sabía. Suena raro, pero es lógico. A mí, en lo personal, no me gusta que me digan hembra, ni que fuera perra. Bueno, sí lo soy cuando tú quieres y me gusta. Tampoco me gusta que me digan “mujer”, se me hace muy “X”, por eso en mi trabajo a todo mundo le digo mi nombre, no tengo por qué ocultarlo. Aparte, ustedes, los varones, son atentos y respetuosos. Pero, ¡ay!, si te dijera de varias viejas locas que se creen soñadas las malditas. La tratan a una como de su propiedad...
Ese día, le termino diciendo a la bella Jazmín: “El mundo ha cambiado mucho desde que era infante güera. En mi época nacías hombre o mujer. Ahora se nace así y se ‘escoge’ sexo o, de plano, ya ni hombre ni mujer ni lesbiana ni gay ni nada; a eso se le llama algo así como ‘neo-entes’, los cuales no están ‘a gusto’ con nada de eso. En mi opinión, es moda, nada más. Por eso Donald Trump, el cual a usted no le cae bien, dijo en su discurso como presidente de EU: “Habrá en Norteamérica sólo dos géneros: masculino y femenino...”.
LETRAS MINÚSCULAS
Esta historia de mi vejez al lado de la camarera Jazmín continuará el próximo jueves.