Café Montaigne 399: Kafka, uno de los hombres más atormentados
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Murió joven, muy joven, a los 40 años de edad, preso de una tuberculosis perniciosa y letal. ¿40 años son muchos o pocos? Para los genios como Kafka, son suficientes para dejar una obra portentosa y pasar a la historia
Los escritores somos unos atormentados. En todo: en materia económica, sexual, social, personal y familiar. Sencillo y rápido: la vida real no se nos da. Usted lo sabe si me ha leído: su servidor padece varias aflicciones, he estado atiriciado toda la vida, soy alcohólico (no es un orgullo serlo, queda claro), en muchas ocasiones he sido un tipo pendenciero porque me creo la última Coca-Cola del desierto, soy soberbio no pocas veces... En fin, estas no son enfermedades, según yo, sino aflicciones y huellas de vida.
A la güera regiomontana, la bella Jazmín, le di a leer varios libros de Franz Kafka, uno de los escritores más atormentados en la historia de la humanidad, y vaya, los ha habido por puños. Murió joven, muy joven, a los 40 años de edad, preso de una tuberculosis perniciosa y letal. ¿40 años son muchos o pocos? Para los genios como Kafka, son suficientes para dejar una obra portentosa y pasar a la historia.
De hecho, no obstante el poco tiempo de tratarnos y ser pareja, la camarera Jazmín y este escritor, la güera, perspicaz e inteligente como lo es, ya me ha agarrado en varias estaciones de mi vida. Es decir, intuye la güerita de mi amistad con otra mujer. Insisto, no le he sido infiel al día de hoy. Ya le tocó presenciar algún par de días de mi alejamiento casi total, no obstante estar con ella dos días seguidos. ¿Motivo? Mi melancolía me quiso morder dichos días y me defendí de la muy perra y maldita.
Lo logré, pero siempre en esa lucha entro en mí mismo y empiezo a platicarme cosas personales, recuerdo cosas estrictamente personales, leo a mis poetas favoritos y poco o nada me interesa el mundo real. Mi güerita se me quedaba viendo. Sólo me veía y me hacía preguntas de vez en cuando. Las de rigor. Yo le insistía en estar bien y le decía de mi cansancio crónico y mi feroz insomnio, el cual me estaba enamorando. Y no, no me iba a dejar ganar. Ella sonreía, tomaba mi mano, la acunaba entre las suyas y callaba. Es decir, me entendía. O trataba de hacerlo. Lo agradezco harto.
Y cosa curiosa, por decir lo menos, Franz Kafka (1883-1924) murió de enfermedad natural; voy de acuerdo, pero fue uno de los hombres más atormentados que han existido. Padeció insomnio, estaba deprimido, abominaba de los humanos, la religión fue un problema en su vida, su substancia sexual fue un galimatías y, sobre todo, su padre (la figura de poder tutelar por antonomasia) fue su gran y eterno escollo y montaña, la cual no pudo superar en vida, pero sí en la eternidad.
A los 40 años también murió –se suicidó– uno de mis poetas, uno de mis ángeles tutelares de toda la vida: José Antonio Ramos Sucre (1890-1930). J.A. Ramos Sucre, venezolano él. Padeció insomnio casi toda su vida. Los biógrafos y la leyenda dicen: los últimos 9 años de su vida estuvo despierto. Mejor se suicidó, no sin antes haber batallado harto para ello: para lograr su objetivo.
José Antonio Ramos Sucre y Franz Kafka, dos vidas al límite, las cuales forman parte de mis letras, mis ojos y mi existencia. Los dos poetas (etimológicamente, creadores), los dos atormentados, los dos suicidas a su modo. Le platico a la güera Jazmín de ambos y ella escucha atentamente. Me hace preguntas cortas y milimétricas. Está interesada en ambos. Me dice lo siguiente...
ESQUINA-BAJAN
–Jesusito. Tu amigo el europeo me gusta. Pero no entiendo muchas cosas. Sí voy a terminar el libro, “El Castillo”; me está costando trabajo y atención, pero sí lo voy a hacer. De hecho, en varios capítulos estoy sufriendo igual que las pobres muchachillas, las criadas y posaderas involucradas con ese tipo de una sola letra... el “agrimenso”. ¿Por qué no tiene nombre y apellido? Ahora bien, casi todas las mujeres de la novela son unas pendejas bonitas que se enamoran o buscan algo más. Y las posaderas, no recuerdo cuántas, son viejas, gordas, feas y mal vestidas. Pues allá ellas...
Jazmín se refiere al agrimensor, al señor K., quien no tiene nombre ni apellido, sólo K. Aunque en “El Proceso” aparece como Josef K. y, claro, es el mismo tipo perfilado por la fina pluma de Kafka. Sí, es Kafka mismo. Desdoblado. Las reflexiones y comentarios de la güera me han sorprendido. Una “no” lectora, por decirlo así, logra y tiene más ojo penetrante y crítico a cualquier estudiante o maestro de Comunicación o de Letras.
Es decir, ha puesto el dedo en la llaga: tiene razón, si pasamos por el rasero de lo hoy “políticamente correcto”, los personajes femeninos de Kafka son de dos tipos: las jovencitas son menores de edad, se acuestan por amor, dinero o para ascender (lo que eso signifique) en la existencia; mientras las mujeres maduras y rotundas (viejas) son eso: viejas regordetas, feas, fofas, mal vestidas, oliendo a estiércol. Literal.
Leí en su momento “El Castillo” y no la recordaba. Ha sido un deslumbramiento. Sólo recordaba la belicosidad y la ira siempre desatada del agrimensor, al cual nadie quiere en el castillo, el señor K., pero me ha llamado ahora, y harto, la veta gastronómica. Tema para la revista dominical “360” de esta casa editora. “Jesús, no me has contestado, ¿te quieres acostar así conmigo en mis días o no te gusta o te repugna? Yo nunca lo he hecho así. ¿Tú sí?...”.
LETRAS MINÚSCULAS
“Sí, güera, he hecho el amor así con un par de parejas: la verdad, se siente bien y resbala más. Te va a gustar...”. Continuará el próximo jueves. Puf.