Café Montaigne 408: Soy un viejo feliz
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Hay quienes, huraños, se quejan de todo y de todos: de sus parientes, de la basura en la calle, de sus amigos, del café deslavado... No en mi caso, afortunadamente
Gracias por todos sus comentarios. Vejez. Ser viejo. El tema ha gustado, también ha incomodado. Y eso es lo importante: que usted tome lo necesario de mis letras si lo considera digno de ello; y lo contrario, deseche los restos, los retazos si los juzga puro bagazo. Hablo de la vejez en general y de “mi vejez” en particular (señor editor, ponerlo en cursivas y hasta con comillas, ¡puf!). Y lo hago por varios motivos, uno de ellos simple y sencillo: caramba, soy viejo a mis 61 inviernos.
¿Soy o me considero viejo? Las dos cosas. Escribió la poeta Emily Dickinson, quien apenas salió de su casa y, en el extremo, apenas de su cuarto: “Los poetas encienden lámparas nada más/ ellos, por su parte –se extinguen–...” Por lo anterior, porque mi luz tarde o temprano se va a apagar, se va a extinguir, trato de dejar mis exploraciones e ideas por escrito y en letra redonda.
¿Es bueno o malo llamarse viejo a uno mismo? En lo personal, no es cuestión de un valor moral o de tasarlo en balanza alguna; sencillamente es lo que es: una realidad. “Es natural para un hombre de cierta edad mirar hacia atrás con sentido del humor”. El aforismo lapidario es de Thomas Mann. Pero en realidad, un 99 por ciento de los viejos (“tercera edad”, pues, para que nadie se enoje; hoy el lenguaje molesta, no los decapitados a puños en México) suele ver al pasado de plano refunfuñando, engarruñados y avinagrados. Estoy lejos de ello. A mí me place y me divierte ser viejo. Al parecer, eso que llaman “rabo verde”, por aquello de que sigo enamorando señoritas de escasa edad, pero de muchos atributos físicos.
Aún hoy me sigue doliendo mi esqueleto. Lo repito, no he querido ir al consultorio del médico, doctor y chamán, don Carlos Ramos del Bosque, por un motivo: son los achaques de mi edad. Nada más. Espero pronto restablecerme vía cosa de contagio: acariciando la piel de la mesera Jazmín, de 24 años. La ingrata me sigue enseñando sus largas y torneadas piernas, me coquetea, hace lo que quiere conmigo todo el tiempo. Se divierte, salimos al restaurante de siempre, levanta su falda, me enseña sus diminutas bragas negras de encaje, cruza y descruza sus piernas con una sexualidad palpitante y cada vez que regresa del tocador, me hace galanuras: me toca el hombro, el cabello; jala mis rulos... y ríe. Siempre ríe.
¿Soy un viejo? Sí. ¿Un anciano fuera de moda? Espero no. Por lo pronto, soy un viejo feliz. Hay quienes, huraños, se quejan de todo y de todos: de sus parientes, de la basura en la calle, de sus amigos, del café deslavado; protestan lo mismo de la primavera que del invierno. Es lo que el filósofo Edmund Husserl anotó como “las cenizas del gran cansancio”.
No en mi caso, afortunadamente. Hace mucho tiempo valoro estar en mi casa: aquí trabajo, leo, investigo y analizo. Tengo 61 años, he derramado tinta sobre mi libreta al menos tres veces y a esta edad se valora estar en el hogar... pero los viajes son lo mío. El viajero sólo lleva el ticket de ida, jamás el de regreso. Y me acaba de pasar de forma tremenda en la Ciudad de México. Ya lo platicaré. ¿Boleto redondo? Sería entonces un turista y nada más alejado de la profesión de escritor y periodista que ser un turista.
ESQUINA-BAJAN
Admiro y compadezco a los jóvenes atados a su celular “inteligente”. Llevan una vida rutinaria, la cual conduce al aburrimiento y a la abulia total: gimnasia en el gimnasio de 6:00 a 7:00 a.m.; desayuno saludable (agua y alpiste) de 7:30 a 8:30; oficina de 9:00 a 17:00 horas. Luego, atarse a las redes sociales de tiempo completo. Tal vez un café deslavado y algo de proteína. Compromisos personales y familiares, es decir, matan el tiempo con pasmosa precisión. No lo pierden (lo que eso signifique), sino que lo agotan lo más rápido posible. Paradójicamente hoy, cuando nadie dice “completar de tiempo” (lo que sea que eso signifique).
“No todo lo que está en reposo está inmóvil”, escribió el gran Aristóteles. Su servidor prefiere –y al parecer ya como final– la dulce compañía de la lentitud y no la velocidad. Me deleito perdiendo el tiempo en una cantina, restaurante o bar urbano. El tiempo es mío, desde hace bastante tiempo a la fecha. ¿Me espera en mi muerte el Infierno, el Purgatorio o el Paraíso? Los tres estratos dantescos hoy están aquí en la tierra. No es necesario morir para enfrentarse o deleitarse con cualquiera de ellos. Ni me importa.
Hoy hay hordas de “colegiales arrugados”. No conocen ni quieren conocer el mundo. Son viajeros de celular... pero no leen, sino que están atiriciados en su móvil. Cuando he estado ya bajo los sanos efectos de los vapores etílicos y quiero seguir la fiesta perpetua, estos colegiales arrugados se niegan, arguyendo pretextos que en mi vida de jovenzuelo eran impensables.
“Vivir no es atroz, sino superfluo”, escribió Lucio Anneo Séneca. Le creo. Y como es superfluo, pues hay que rasparse la vida de la única manera posible: viviendo. Le repito el aforismo invulnerable del abogado Gerardo Blanco Guerra: hay que irnos de la tierra con la vida muy gastada, las cuentas del banco vacías y ligeros de equipaje. (Este epitafio deseo se escriba en mi tumba). Cuando en 1919 Marcel Proust ganó el prestigioso Premio Goncourt en Francia, un diario tituló su nota: “¡Paso a los viejos!”. Proust tenía en ese entonces... 48 años. ¿Usted qué edad tiene, señor lector?
LETRAS MINÚSCULAS
Jesús –dice Jazmín, mientras retoza a mi lado–, no tengo ganas de bañarme. Pero sí quiero bañarme. ¿Me bañas? Oye, baboso, pero nada más una ocasión me voy a empinar por el jabón que siempre dejas caer, ¿estamos?...