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De lo bueno poco. (Y de lo poco, mucho)

Opinión
/ 17 octubre 2021

¿Por qué ningún cura hacía huesos viejos en la parroquia de aquel pequeño pueblo?

En la diócesis nadie lo sabía. Yo lo sé, y también el párroco que como todos, a petición de los vecinos, iba a salir de aquel lindo lugar para dejar su sitio a un nuevo cura.

Llegó éste, y preguntó al cesante la razón por la cual los comarcanos no permitían que ningún padre durara en la parroquia. Mientras hacía su equipaje, el cura saliente le explicó:

-Mire, padre: aquí todos los vecinos son buenos católicos, gente de mucho bien y poco mal. Tienen el natural pacífico; son amables, bondadosos, humildes, poco ilustrados, no necesitan más ciencia que la de cultivar la tierra y esperar la lluvia que nos envía Dios. Pero hay entre ellos un hombre revolvedor e inquieto. Tampoco él es de mala fe, pero se cree más sabio que los otros, y todos lo tienen en ese concepto. No sabe nada ese buen hombre, pero cree que todo lo sabe, y no admite que pueda haber alguien que sepa más que él. A mí me dijo que en mis sermones nunca paso de cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y que aun de esos cuatro libros sólo alcanzo a decir: “Capítulo 2, versículos del 6 al 15”, y así. No sé qué espera ese santo señor; el caso es que nomás empezaba yo a hablar él comenzaba a menear la cabeza en gesto de desaprobación. Luego se levantaba y se salía de la iglesia, y toda la gente lo seguía. Y ahí va otra vez la carta a Su Excelencia, con las firmas de todos los vecinos, pidiendo mi renuncia y el envío de otro cura.

Se quedó el recién llegado meditando todas esas cosas en su corazón y tratando de dar con el intríngulis del caso. Al día siguiente se presentó a decir su primer sermón. Subió al púlpito, y pronto descubrió, sentado en la primera fila y mirándolo con expectantes ojos críticos, al sabio del pueblo, según se lo había descrito su colega. Haciendo como que no lo veía se dirigió a toda la congregación:

-Lectura del Santo Evangelio según San Melquíades; capítulo 50 mil, versículos del 781 al 922.

Una expresión atónita se dibujó en el rostro del sapiente. Jamás había oído hablar del Evangelio de San Melquíades, ni sabía que tuviera 50 mil capítulos, todos con tal abundancia de versículos. La gente fijaba la mirada en él, esperando su señal acerca de la calidad del nuevo cura. Aquella expresión de asombro se convirtió en otra de admiración. Volvió la vista el sabio a la asamblea, e hizo movimientos afirmativos de cabeza, como hacían en las películas mexicanas los señores de edad cuando empezaba a cantar Pedrito Infante, para significar que lo hacía muy bien. En ese momento supo el nuevo cura que había triunfado del enemigo malo y que podría luego volver a la ortodoxia, pues tenía
asegurada su permanencia en aquella pingüe parroquia que tan buenos estipendios rendía a quien la servía bien.

De este cuentecillo, perteneciente a la más vieja tradición, derivo una enseñanza. Hay quienes creen que la sabiduría consiste en saber muchas cosas. Se equivocan. La verdadera sabiduría consiste en saber lo que se necesita saber, y en aplicar ese conocimiento en el momento justo. Lo demás es oropel; vanidad de las que el Eclesiastés condena.

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