Del huevo y su plural

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Opinión
/ 21 febrero 2026

Los especialistas en cosas de cocina afirman que el huevo se puede preparar en más de 100 formas diferentes

Hace tiempo se exhibió un film con nombre sugestivo, pues se llamaba “Una Película con Muchos Huevos”. Igual podría titularse este artículo, que tiene como tema principal el sabroso y nutritivo producto gallináceo.

Los especialistas en cosas de cocina afirman que el huevo se puede preparar en más de 100 formas diferentes. La manera más antigua que se conoce es en ceniza. Simplemente se pone el huevo bajo las cenizas calientes del fogón y se deja ahí entre 10 y 15 minutos. Con pimienta y sal es delicioso.

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Cierto día, Luis XIV cazaba en un bosque cuando súbitamente sintió hambre. Entró en la choza de un campesino y le ordenó que le sirviera pronto algo de comer. El hombre, aturrullado porque no estaba ahí su esposa y él no sabía cocinar, acertó sólo a quebrar unos huevos, batirlos en una sartén con aceite, poner en el revoltijo resultante pedazos de tocino y jamón, doblarlo y servirlo a Su Hambrienta Majestad.

– Homme leste! –exclamó complacido el rey–. Y una nueva palabra nació para el mundo, pues “homme leste”, que quiere decir hombre listo, ligero o rápido, es en su pronunciación francesa el omelette que nos comemos hoy.

Y ya que hablamos de franceses, el filólogo Pierre Ferran recoge en su libro “Les O” cinco expresiones mexicanas, y las explica. “Andar pisando huevos”: obrar con extremada precaución; “Me cuesta un huevo”: me es muy difícil o costoso; “Decir el huevo y quien lo puso”: cantarle a uno sus verdades; “Hacer algo a huevo”: hacerlo a fuerza; “¡A huevo!”: interjección popular empleada para denotar la obligatoriedad de realizar una acción.

Mil y un voquibles más tenemos los mexicanos en que aparece el huevo, ya en sentido recto, ya con su equívoca significación testicular. Un moralizador proverbio hay en francés, donde se rima oeuf con boeuf: “El que roba un huevo roba un buey”. Significa que el que obra mal en las cosas pequeñas también obrará mal en las grandes.

Fabergé, ahora un nombre célebre en artes de perfumería, se hizo famoso fabricando huevos de Pascua de prodigiosa belleza para el Zar de todas las Rusias. Los hacía de oro y plata con incrustaciones de piedras preciosas, y les ponía música o trucos ingeniosos que causaban sorpresa y regocijo. Joyas de colección; en la actualidad, un huevo de ésos cuesta otro.

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Las señoras de antes remendaban los calcetines usando un huevo de madera fina, muy pulido y fragante. A las gallinas se les ponía un huevo de yeso para incitarlas a poner uno de verdad. Los americanos, que se la pasan haciendo experimentos, acaban de publicar los asombrosos resultados de uno. Llenaron con huevos fértiles dos incubadoras puestas lejos una de la otra. En una pusieron una grabadora que tocaba permanentemente música clásica mientras los huevos se incubaban. En la otra no pusieron la grabadora. Cuando nacieron los pollitos, juntos ya todos y revueltos los de las dos incubadoras, se les tocó la misma música. Los pollitos de la incubadora que había tenido música fueron todos corriendo hacia la bocina; los otros no. Sacaron por conclusión los experimentadores algo que se sabía ya: aprendemos desde antes de nacer. A cierto pedagogo, una señora embarazada le preguntó a qué edad debería comenzar a educar a su hijo.

– ¿Cuánto tiempo tiene usted de embarazo? –le preguntó el educador.

– Seis meses –respondió la señora.

– Pues ya lleva usted perdido medio año –le dijo el sabio.

Significa eso que la educación de un niño o niña debe empezar ab ovo, es decir, desde el huevo, desde el principio.

A huevo.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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