Desaprender, vital en la búsqueda de nuevos caminos
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Alvin Toffler tuvo razón cuando sentenció: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer ni escribir, sino los que no puedan aprender, desaprender y reaprender”.
Indudablemente, nos encontramos inmersos en la época del aprendizaje continuo, pues nos hemos dado cuenta que lo que hicimos en el pasado, ya no es lo mejor, ni lo más apropiado para el presente, menos para el futuro. Por eso, nunca hay que conformarnos con las ideas viejas; siempre hay que buscar nuevos caminos, sendas inéditas.
El aprendizaje se asemeja a la siguiente historia: “En una ocasión un hombre que caminaba por el desierto de pronto escuchó una voz que le dijo: levanta unos guijarros, mételos en tu bolsillo y mañana te sentirás, al mismo tiempo, triste y feliz. El hombre, aunque extrañado, obedeció. Recogió un puñado de guijarros y los metió a su bolsillo, y así se retiró a descansar. Al día siguiente, vio que los guijarros se habían convertido en diamantes, rubíes y esmeraldas y el hombre se sintió feliz y triste a la vez, cumpliéndose así la profecía. Se sintió feliz por haber recogido los guijarros y triste por no haber recogido más”.
El llamado
Estudiar para aprender, en gran medida, implica atender el llamado de la misión que cada joven tiene en la vida y ciertamente es muy peligroso cuando el ser humano desatiende el llamado de su vocación y elude cumplir su misión en la tierra, porque esa es una forma de traicionar deliberadamente su destino.
Lo grave de lo anterior es que habrá una frustración que lo acompañará mientras viva, por eso hay que tener presente “que la dimensión de una persona no se mide por las riquezas terrenales que acumula en el curso de su vida, sino por sus frutos, por su testimonio, por el esfuerzo emprendido, por lo entregado”, por consumarse en su vocación de vida.
Sucede
Cada vez que inician las clases observo que muchos estudiantes viven lo mejor que tienen: su desbordante entusiasmo, en ocasiones fundamentado solamente en buenas intenciones.
Los jóvenes universitarios dicen cosas como estas: “¡ahora sí, desde el principio, le voy a meter ganas!”, “¡Este semestre sí que voy a estudiar diariamente!”, “ ¡Ahora sí no me a va pasar lo del semestre pasado!”, “¡Ahora sí: menos reventón y más estudio!”, “¡Ahora si no voy a tronar!”, “¡Ahora si que no me voy a pasar en faltas!” “Ahora sí...” Y no sé que tantas otras cosas se proponen con ese “ahora sí”, que lo dicen honestamente, pero sin las bases para emprender verdaderas transformaciones que, desde adentro, les permitan alcanzar las metas que se proponen.
Y luego, desgraciadamente, al concluir el semestre, surgen las historias de siempre: las reprobadas, las metas incumplidas; es decir, las decepciones. Y mucho de esto se debe a que se ignora que no son los grandes cambios sino los pequeños detalles que sumados permiten alcanzar grandes objetivos.
De esta manera los buenos deseos suelen quedarse en entusiasmos frustrados, como si fueran propósitos de año nuevo: promesas que luego no se cumplen.
Visión
Creo que esto sucede porque, entre otras razones, los jóvenes no planean adecuadamente sus actividades, porque no saben administrar su tiempo en relación al significado de sus vidas y, también, porque desconocen la manera de generar los cambios o las adecuaciones necesarias en sus actitudes para así desarrollar hábitos que no solo les ayuden a incrementar su productividad académica, sino también su bienestar personal.
Creo que muchos jóvenes fracasan en sus estudios porque no cuentan con una visión clara de lo que desean, y entonces trastocan las actividades importantes por las que son triviales, para luego -como si fueran volcanes enfurecidos- hacer tardíamente, con el fracaso correspondiente, las cosas que son importantísimas, pero que ya se tornaron también en urgentísimas.
Esto, consecuentemente, provoca terribles frustraciones y desengaños, así como sensaciones de fracaso y con el tiempo, al vivir tratando de “administrar” las crisis, surge en ellos un sentimiento de desdicha y minusvalía.
Reto
Para romper con este perverso ciclo, en primer término, hay que revisar las razones por las cuales hacen lo que hacen; es decir, clarificar los “porqués” y los “para qué” de sus propósitos personales, y entonces establecer objetivos y diseñar los procesos que les permitirán alcanzar sus metas: realizando cronologías, estableciendo responsabilidades y horarios tanto de estudio como también de esparcimiento.
Esto involucra emprender dos chambas: una de desaprendizaje y otra de aprendizaje. El reto es reaprender el oficio de ser estudiantes, dejando a un lado la exclusiva necesidad de ser “competitivos”, de intentar ser mejores que los demás y en lugar de eso, aprender a ser simplemente seres humanos, personas buenas y responsables. Entonces, romper con la rutina incorporando nuevas formas de pensar representa la tarea fundamental del estudiante que desea ser “humanamente exitoso”. Por eso, hay que quitarse de la cabeza la necesidad de “pasar” los exámenes y ocuparse en aprender, en formarse y saber vivir sin ambages.
En este sentido, es preciso atender y dirigir el esfuerzo que se emprende llenándolo de sentido con el significado de la propia existencia, más que desear poseer los resultados del proceso, dado que sólo somos responsables de aquello que hacemos y de lo que dejamos de hacer, y no del fruto del empeño emprendido.
De ahí que suene obvio lo que los maestros dicen: “si haces bien lo que hay que hacer -aprender- el resultado -pasar- se da por sí mismo” y agregaría: eso que se hace bien, hay que saber para qué y porqué se debe hacer a nivel de excelencia.
Redimensionar
Es conveniente que el estudiante redimensione su labor. Siendo su primera tarea insistir a su propia alma para que viva bien despierta y enteramente desplegada, para eso hay que trabajar las habilidades socioemocionales, y entonces estirar sin miedo el alma, hacerla crecer a lo más ancho y a lo más profundo; así podrá vivir plenamente la existencia interior que es, finalmente, la que dota de sentido y significado a todo aprendizaje trascendental.
Después, es conveniente comprender que toda formación es personal, y ésta requiere desarrollar, por lo menos, cuatro acciones básicas: aprender a aprender, aprender a trabajar, aprender a generar vínculos perdurables con otras personas y aprender a divertirse en el proceso, pues así se genera el gozo y la alegría de forjarse una persona comprometida consigo misma, un ser que luego pueda decir: “he aprendido, he vivido, he contribuido, mi vida importó, y en verdad valió la pena haberla vivido”.
Pertinente
El aprendizaje, no solo en el aula, sino también en el ámbito laboral conlleva “encontrarse” con uno mismo, comprendiendo que lo que en verdad vale no son las calificaciones o el trabajo en sí mismo; ni la carrera que estudia; ni dónde estudia; ni el éxito o fracaso que se va acumulando. Sino el ser fiel a uno mismo, a la individualísima vocación que cada persona tiene y a los principios que de ésta se derivan.
Aprender representa un llamado a la conciencia, implica un reclamo que enfatiza la responsabilidad de ser personas; es un recordatorio para hacer a un lado la rivalidad y la absurda competencia que caracteriza a la sociedad, siendo uno de sus principales objetivos que podamos vivir humanamente y convivir con tolerancia y respeto.
Por tanto, es pertinente recordar que debemos educar, estudiar y trabajar para hacer del mundo un espacio hospitalario, más habitable, más humano, más fraterno, menos trágico, menos inhumano. En este contexto, sería bueno revalorizarnos como seres humanos, hambrientos de nuestra propia humanidad, sería también conveniente que lucháramos para que en México la educación dejara ser un privilegio, una franquicia de la aristocracia “moderna”.
A todos corresponde la vital urgencia de aprender, pero sobre todo la de desaprender, para luego seguir aprendiendo y así sucesivamente.
cgutierrez@tec.mx
Programa Emprendedor
ITESM Campus Saltillo