Día de amor

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Opinión
/ 13 febrero 2026

Aún oímos los ecos navideños, de principios de año y día de Reyes; apenas acaba de pasar el 2 de la Candelaria, y hoy es la fecha de San Valentín, celebración del amor y la amistad.

Recordé ayer a O. Henry, el cuentista de Nueva York, mucho mejor que Woody Allen. Solía decir ese escritor que la vida está hecha por partes iguales de risas y moqueos. Tenía toda la razón. Un cierto amigo mío posee un solo traje, negro. Lo llama “Lágrimas y risas”, como aquella antigua revista, pues lo mismo le sirve para ir a los velorios que a las bodas. El mismo nombre, lágrimas y risas, podría llevar nuestra vida, pues de los dos materiales está hecha.

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En ambas circunstancias –la de tristeza y la de júbilo– deberíamos decir la frase que oí una vez en labios de doña Juanita Flores viuda de Teissier, maestra inolvidable. Cuando llegué a director del glorioso Ateneo Fuente y me sentía en la cima de la buenaventura, ella me llamó por teléfono para felicitarme, pero a la vez me hizo una advertencia:

–Recuerde, Armando, que esto pasará.

Y pasó, desde luego.

Después llegaron a mi vida días difíciles, y aquella sabia maestra me volvió a llamar:

–Armando: esto también pasará.

Y pasó, claro.

Volviendo a lo del amor y la amistad no deja de ser un poco raro que el santo patrono de los enamorados sea un sacerdote, muy seguramente hombre célibe. Eso es de lo poco que conocemos de San Valentín: su condición sacerdotal. Sufrió el martirio el año 269, bajo el reinado del emperador Claudio. Al parecer fue decapitado. (Quizá por eso muchos enamorados pierden la cabeza). Su fiesta se fijó el 14 de febrero. Un escritor inglés, Chaucer, observó casualmente que en ese preciso día los pajaritos y pajaritas de su jardín empezaban a hacer más pajaritos, como si de repente hubiesen recordado la manera de hacerlos. De ahí viene la extraña relación entre San Valentín y el amor.

Nada dejó de sí este santo, como no sea su leyenda. Ni una epístola, ni una oración, ni un himno. Y sin embargo está indisolublemente vinculado a ideas amorosas. Incluso su nombre sirve en Estados Unidos e Inglaterra para designar las tarjetas y regalos que este día se mandan los esposos, novios, similares y conexos, obsequios que se llaman valentines.

Arriesgo un pensamiento en esta fecha: el amor es como uno de esos bienes que los romanos llamaban “fungibles”, los cuales no sirven de nada si no se les usa. Entre esos bienes están el pan, la leña y el dinero. El pan es para comerlo; la leña para quemarla; el dinero para gastarlo. Pues bien: el amor es para darlo a los demás. Si uno se lo guarda no llega ni siquiera a ser amor: se ahoga y muere dentro de aquel que lo encierra en sí. Debemos repartir el amor, y darlo a todos, aun a quienes –pensamos– no lo merecen. ¿Merecemos nosotros acaso el amor de los demás? Y sin embargo lo esperamos.

Celebremos el día de San Valentín, entonces, perdiendo la cabeza, como él, en esa bella locura del amor. Amor a una criatura, lo cual es bueno, o amor a todas las criaturas, lo cual es todavía mejor. ¡Feliz Día del Amor y la Amistad!

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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