Don Isma: un modelo a seguir para que todo funcione
COMPARTIR
Detrás de cada evento académico, conferencia magistral o visita internacional, detrás de cada salón listo, cada traslado puntual y cada imprevisto resuelto con discreción, estaba él. Sin reflectores, pero siempre con dignidad y una sonrisa
En el mundo académico del derecho solemos dialogar y escribir sobre grandes conceptos: dignidad, igualdad, justicia, democracia y derechos humanos. Analizamos sentencias, discutimos teorías, organizamos congresos internacionales y producimos artículos y libros.
Además, en la Academia Interamericana de Derechos Humanos (AIDH) nos dedicamos a formar a nuevas generaciones de personas juristas con la firme convicción de que el derecho es una herramienta muy valiosa para transformar la realidad en la que vivimos.
TE PUEDE INTERESAR: Indefensión aprendida: el costo emocional de la desigualdad estructural
Sin embargo, a veces estamos tan ocupadas y ocupados en estas actividades que se nos olvida que las instituciones no se mantienen solamente por grandes ideas, sino que se sostienen, ante todo, por personas.
Hace unos días, en la AIDH, despedimos por jubilación a don Ismael Reyna Rivas –nuestro querido “Don Isma”– después de más de tres décadas de labor institucional en la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) y once años formando parte de la “familia morada”.
De manera sencilla, podríamos describir las funciones que desempeñó durante este tiempo como trabajador manual y chofer, desde sus inicios en la Facultad de Ciencias Químicas, pasando por la Facultad de Jurisprudencia y, finalmente, en la Academia. Podríamos hablar de su puntualidad, su eficiencia y su disposición permanente para atender al profesorado y al alumnado.
Todo eso sería muy cierto, pero insuficiente, porque hay personas que cumplen con su trabajo y hay personas que hacen que todo funcione. Don Isma pertenece, sin duda alguna, a las segundas.
Detrás de cada evento académico, conferencia magistral o visita internacional, detrás de cada salón listo, cada traslado puntual y cada imprevisto resuelto con discreción, estaba él. Sin reflectores, pero siempre con dignidad y una sonrisa. Su labor siempre ha sido fundamental para que todo funcionara como debía.
Pero lo verdaderamente extraordinario no fue sólo su eficiencia. Fue su humanidad. En tiempos donde el rendimiento se mide en indicadores cuantificables, donde corremos tras agendas saturadas y el estrés se ha convertido en un compañero de vida que siempre nos acompaña, don Isma nos deja enseñanzas muy importantes.
La primera es que la calidad humana no es un accesorio del trabajo, sino su núcleo ético. Lealtad, compromiso, responsabilidad y honradez son palabras que suelen abundar en discursos políticos e institucionales; sin embargo, en don Isma no fueron retórica, fueron su práctica cotidiana.
Él forma parte de ese grupo de personas que hacen más y mejor de lo esperado, no para buscar un premio, sino porque entienden el trabajo como una forma de dignidad y respeto hacía uno mismo y hacia los demás. Son quienes tratan con la misma consideración a una persona docente de prestigio internacional que a un estudiante que llega por primera vez a nuestra institución.
Y eso –aunque no aparezca en los planes de estudio– es también formación en derechos humanos. Y esta es la segunda gran enseñanza que nos deja don Isma: la dignidad no se enseña solamente en el aula, sino que se vive en el trato diario, en cómo nos dirigimos a las demás personas, en la disposición que mostramos cuando es necesario apoyar y en la empatía que mostramos frente a las dificultades ajenas.
TE PUEDE INTERESAR: 11F: La ciencia como espejo: si las niñas no se ven, no se proyectan
Quizás una gran parte del estudiantado no recordará todos los contenidos académicos de las materias, pero seguramente no olvidarán el trato recibido. El profesorado internacional quedará impactado por el nivel académico de nuestros eventos, pero también llevará consigo la calidez humana con la que fue recibido.
Eso también construye instituciones y fortalece las comunidades. La fortaleza real de una institución depende de un entramado muy complejo y muchas veces silencioso de personas que sostienen lo cotidiano.
Don Isma también nos enseñó cómo fortalecer el sentido de pertenencia en nuestra Casa Morada con su presencia constante, su buena actitud, su disposición permanente y su simpatía genuina con todas las personas que cruzaron su camino. Fue una lección silenciosa, pero diaria y constante y, por lo tanto, extraordinaria.
Gracias por tanto, querido don Isma.
La autora es directora General de la Academia Interamericana de Derechos Humanos
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH