Indefensión aprendida: el costo emocional de la desigualdad estructural
COMPARTIR
Todas las personas jugamos un papel fundamental cuando ocurre una injusticia social
Por Sofía Inés Delgado Sánchez
El pasado 20 de febrero se conmemoró el Día Mundial de la Justicia Social, el cual fue establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el objetivo de promover los esfuerzos internacionales para la erradicación de la pobreza, la desigualdad de género, la exclusión social y el desempleo, promoviendo la igualdad de oportunidades para eliminar las brechas sociales.
Pensar en la justicia social es pensar en la defensa de los derechos humanos y en un país en donde todos tengamos las mismas oportunidades de crecimiento educativo, económico, laboral, social y emocional, en una sociedad que en la realidad aún se vislumbra lejana e incluso utópica.
TE PUEDE INTERESAR: 11F: La ciencia como espejo: si las niñas no se ven, no se proyectan
Aunque los esfuerzos de muchas personas están enfocados en lograr dichos ideales, no debemos perder de vista las consecuencias que hasta ahora han originado las injusticias sociales; sobre todo en un país en donde persiste la desigualdad estructural, la corrupción, la violencia y la discriminación.
Estamos en un país cuyos indicadores de movilidad social son bajos, es decir, que el 73 por ciento de las personas que nacen en condiciones de pobreza muestran poco avance en la reducción de la brecha de oportunidades, encontrándose expuestas a desigualdades sociales a lo largo de su vida.
Esta problemática ha originado consecuencias en los ámbitos educativos, económicos, laborales y sociales; además, perpetúa los ciclos de exclusión y el estancamiento del desarrollo de un país. Aunado a esto, existe una huella a la que se le ha restado importancia hasta el punto de casi volverse invisible: el costo emocional de la desigualdad estructural.
La exposición repetida a situaciones injustas y la falta de mecanismos de reparación han generado un profundo dolor emocional colectivo, afectando la cohesión grupal, el sentido de pertenencia y la capacidad de participación social, creando un resentimiento hacia el sistema y un ambiente individualizado.
Desde la perspectiva psicológica, si una persona percibe constantemente que están siendo vulnerados sus derechos y es víctima de injusticias sociales, tendrá la sensación de que vive en un entorno hostil y con pocas posibilidades de cambiar su futuro, lo que activará mecanismos de alerta que generan secuelas emocionales.
Dichas secuelas se pueden presentar por medio de rabia, indignación, tristeza, desconfianza hacia el resto de las personas o instituciones; frustración, estrés o cansancio ante las adversidades; desesperanza por la percepción de impunidad e incluso la internalización del estigma, en donde se puede pensar que existe un desprecio social, afectando su sentido de valía y entrando en un estado de indefensión aprendida.
La indefensión aprendida es un estado psicológico que se activa cuando una persona se ha enfrentado repetidamente a situaciones negativas o estresantes sobre las que no tiene el control, por lo que desarrolla la creencia de que sus acciones no influyen en el resultado –incluso aunque existan oportunidades reales de cambiar los hechos, dejan de intentarlo, adoptando una actitud pasiva y de resignación–. Si este estado se repite en la mayoría de las personas que viven injusticias o desigualdades, tenemos como resultado una apatía social.
TE PUEDE INTERESAR: Acusan obstáculos y omisiones víctimas del Tren Interoceánico
Lo anteriormente explicado nos muestra un panorama poco alentador, sobre todo si pensamos que dichas secuelas emocionales son originadas únicamente por las desigualdades estructurales y, por lo tanto, sólo el sistema es el encargado de repararlas. Sin embargo, todas las personas jugamos un papel fundamental cuando ocurre una injusticia social: podemos comenzar por dejar de desestimar, minimizar o ignorar las situaciones de injusticia que ocurren en los diversos entornos en los que nos desenvolvemos.
Debemos mostrar más atención a las vivencias cotidianas y generar cambios desde cada una de nuestras trincheras, desde la forma en la que educamos a nuestros hijos sobre la valía de todas las personas, el trato que le damos a quienes trabajan con nosotros, las oportunidades de superación que brindamos a los demás y la participación activa en movimientos que promuevan la disminución de la brecha social.
No vivir las injusticias sociales no te exenta de hacer algo por combatirlas. Debemos aprender a escuchar a las personas, a tener empatía por las diferentes realidades que se viven en nuestro país, a validar las desigualdades y reconocer que tienen un impacto en las emociones, pensamientos, conductas y en el sentido de pertenencia a la comunidad.
La autora es psicóloga de la Academia Interamericana de Derechos Humanos
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH