Donald Trump y la conciencia histórica de una nación

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Opinión
/ 22 enero 2026

Donald Trump no es una anomalía política ni un accidente del sistema democrático estadounidense. Es, ante todo, la consecuencia histórica de una sociedad que nunca resolvió su relación con la violencia, la apropiación y el poder. Trump no es la causa del deterioro: es su síntoma más visible.

Desde sus orígenes, la sociedad estadounidense se edificó sobre una idea rectora: la acumulación. Los primeros colonizadores europeos no llegaron a Norteamérica para fundar una comunidad basada en la convivencia entre culturas, sino para apropiarse de tierras, recursos y riqueza. Para lograrlo, eliminaron sistemáticamente a los pueblos originarios. El exterminio indígena no fue un exceso ocasional, sino un método de expansión.

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La expansión territorial se convirtió en un valor moral. Avanzar significaba poseer; poseer, prosperar. Bajo esa lógica, el despojo se justificó como progreso y la violencia como destino manifiesto. La tierra dejó de ser hogar para convertirse en mercancía, y el otro dejó de ser persona para convertirse en obstáculo. Desde entonces, el beneficio se colocó por encima de cualquier consideración ética.

Ese mismo patrón se repitió al avanzar hacia el sur. Tras la guerra de 1846–1848 y la imposición del Tratado de Guadalupe Hidalgo, México fue obligado a ceder más de la mitad de su territorio: California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, amplias zonas de Colorado y una franja de Wyoming, además del reconocimiento forzado de Texas como parte de Estados Unidos. Años después, la Venta de La Mesilla completó el despojo. No fue un acuerdo entre iguales, sino una apropiación legitimada por la fuerza y el desequilibrio de poder.

Paralelamente, millones de africanos fueron esclavizados. La esclavitud no fue una contradicción del sistema, sino uno de sus pilares. Aunque fue abolida legalmente, la mentalidad que la sostuvo persistió en la discriminación, la segregación y la desigualdad estructural. La negación del otro no desapareció: se normalizó.

A lo largo del siglo XX, la violencia se expresó también hacia dentro. La Prohibición generó redes criminales, corrupción y una cultura urbana marcada por la ilegalidad. Más tarde, las guerras en el exterior devolvieron al país generaciones de soldados traumatizados. A muchos se les ofrecieron drogas como alivio o escape. Ese consumo, primero tolerado y luego criminalizado, terminó fuera de control. Hoy, la crisis de adicciones es uno de los problemas más graves del país, mientras los grandes intereses económicos permanecen intactos.

En ese contexto histórico aparece Donald Trump, no como una ruptura con la historia estadounidense, sino como su continuidad más descarnada. Trump recoge una tradición de fuerza, desprecio por el otro y exaltación del beneficio propio, y la expresa sin filtros. Su lenguaje agresivo, su desprecio por la ley y su obsesión con la frontera no son una novedad: son la actualización de una historia larga de imposición y violencia.

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Trump no inventó el odio ni la polarización; los verbalizó y los convirtió en bandera. No destruyó los valores públicos; evidenció su fragilidad. Su figura sólo fue posible en una sociedad acostumbrada a resolver conflictos por la fuerza, a desplazar responsabilidades y a justificar el atropello como un derecho.

Por eso, Trump no es un accidente ni una imposición externa. Es el resultado lógico de una historia construida sobre el despojo, la violencia y la negación del otro. No anuncia el colapso de esa sociedad: lo exhibe.

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Regidor por MORENA en la Ciudad de Saltillo. Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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