Drácula de Bram Stoker
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Un clásico, ícono cultural. Un personaje cuyo poder no reside en sus colmillos, sino en la forma en que perturba el sueño de sus víctimas
Se cumplen 129 años de la publicación del clásico de la literatura, obra del escritor irlandés Bram Stoker: “Drácula” (1897). Un libro que desde siempre ha suscitado una amplia variedad de interpretaciones críticas, desde el temor existencial a la muerte hasta llegar a la inmortalidad maldita.
Todo comenzó en Londres a finales del siglo 19, cuando Abraham “Bram” Stoker, un irlandés de clase media, escribió la novela que, más que ninguna otra, sentó las bases del vampirismo. Se dice que Stoker cambió el nombre de la obra y del personaje principal, originalmente concebido como Count Wampyr, semanas antes de su publicación, debido a que conoció el significado en rumano de la palabra “Dracul”: “el dragón” o también “el diablo”. Y hablando del diablo, fue precisamente esa la palabra que Sir Arthur Conan Doyle, el creador de “Sherlock Holmes”, usó en su carta de felicitación a Stoker: “Le escribo para decirle cuánto he disfrutado leyendo Drácula. Creo que es con mucho la mejor historia de diablería que he leído en muchos años”.
Drácula, el héroe nacional, el caballero que juró proteger la Cruz de Cristo y a la Iglesia, y quien había servido a su dios, mató por él. Como consecuencia, perdió a su amada, Elisabeta, que además –por un tecnicismo bíblico– quedó condenada en lugar de salvada por haberse suicidado al creerlo muerto. Sintiéndose traicionado, convirtió esa herida en protesta, la protesta en castigo, el castigo en rebelión y la rebelión en venganza, en busca de una redención final... a través del amor y de los famosos “océanos de tiempo”.
Es una de las novelas más analizadas, desde lo psiquiátrico, marxista, feminista, racista, sexista y religioso. Prácticamente cualquiera puede tener su propia visión de por qué le resulta una historia adictiva, sea porque le fascine o le repugne.
Un clásico, ícono cultural. Un personaje cuyo poder no reside en sus colmillos, sino en la forma en que perturba el sueño de sus víctimas. “Drácula” fue escrita en plena época victoriana con un atrevimiento insólito para abordar el deseo sexual; una pulsión que no sólo aparece en los merodeos nocturnos del conde, sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes del mundo de los vampiros dicta que estos sólo pueden entrar en una casa si alguien los invita a pasar, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker en la puerta de su castillo: “Entre libremente”.
“Drácula” nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca; siempre pertenece a otro: a aquel o aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan lo que el conde representa –la oscuridad, el daño, el dominio–; sin embargo, lo llaman, pues anhelan la sexualidad libre que la moral de su tiempo les prohíbe. Sólo Mina logra sustraerse a su influjo gracias a la fuerza del amor.
La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas, pero “Drácula” es también, entre muchas otras cosas, un libro que el lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura. Todos los que se acercan a Drácula comparten la necesidad de escribir lo que les sucede cuando entran en su círculo. Y así, tras el diario de la visita al castillo de Jonathan Harker, nos encontraremos con el de Mina y con las cartas que ella intercambia con su amiga Lucy.
Drácula, el conde, habla de lo que somos; en él se esconde nuestra verdad. Sus victorias, como un demonio que retó a Cristo, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. Habla, en suma, de todo lo que ellas son y se niegan a reconocer: el deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de tregua o renuncia. Mina, por su parte, es el mundo paciente del amor humano, una mujer que durante un momento trata de liberarse de la tiranía de los convencionalismos sociales. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: el amor entre la vida y la muerte.