El asedio de Troya
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Dirán que suena apocalíptico, pero luego de la crisis sanitaria que estalló en 2020 con la COVID-19, los virus con posibilidades de armar hecatombe tienen mejor prensa que otros hechos de igual o mayor relevancia para este orbe desconchiflado en el que todos pisamos y dormimos la mona.
Al ser humano le gusta pensar, y más anunciar, que tiene la posibilidad de ser parte de la historia en algún sentido, aunque eso implique ser el último testigo de la vida en la tierra. Ejemplo de ello fue el falso “apocalipsis maya” en 2012.
No obstante, las amenazas reales siguen ahí, quizá la última a estas horas en el rubro patológico, el hantavirus.
En aquellos aciagos días de pandemia, las autoridades de todos los niveles hablaban de medidas para salir de las crisis que nos asolaban, la mayoría de las cuales se concentraba en temas de primer orden como la salud y la economía, más faltaría.
El problema de estas políticas es que soslayaban aspectos de la cotidianidad a los cuales difícilmente alguien escapa, como ocurre con la cultura, pues sin las manifestaciones de sus diversas acepciones hubiese resultado imposible soportar días de encierro, enfermedad y carencias. Películas, música, libros, presentaciones a distancia, lecturas y otras variaciones.
Theodor Kallifatides (1938) sabe un resto de las dificultades de resistir, no sólo en el tema de palear una peste, sino de la guerra misma. Con ese bagaje, quizás, escribió “El asedio de Troya” (2020, Galaxia Gutenberg). Un relato finamente puesto a manera de espejo entre La Ilíada y la ocupación nazifacista en Grecia a mediados del siglo XX.
Ahí, entre sus páginas, es 1945 y el mundo se encuentra hecho trizas, tal vez un poco más que de costumbre. Su país sufre de lo mismo que el resto del continente europeo, la guerra y sus males.
Los nazis están a poco de irse derrotados, afortunadamente, pero hasta entonces siguen con una bota sobre la población, con la cual, cuenta el autor, mantienen una relación confusa, incluso para ellos, pues lo mismo siembran el terror que juegan al futbol o comparten la comida.
Es decir, los sátrapas que los reprimen son los mismos que les salvan la vida de los bombardeos ingleses que buscan liberarlos. Así de paradójico el asunto.
Todo ocurre cuando los niños de una aldea en la periferia griega se refugian de un bombardeo en una olvidada caverna, su maestra comienza a relatar una historia que suspenda la angustia del momento y permita olvidarse que están cercados por la muerte.
Hay que entender lo apremiante de esa situación, un grupo de pequeños, alejados de sus padres, que intentan salvarse de la única manera que pueden, ocultándose en un accidente geográfico. Luego viene un fortuito lugar común, una historia que se cuenta en el interior de una cueva. Un canon.
La elección de la profesora es inmejorable, un clásico de aquel terruño y de todos los demás, la Ilíada. El relato en voz de la rapsoda apenas toma velocidad cuando es momento de volver a casa, los estruendos han cesado y hay una nueva oportunidad de volver con la familia.
Con esta rutina, transcurrirán los días entre dos guerras, una en la narrativa y otra en a pie de banqueta. Así, la resistencia de aqueos y troyanos, es la del grupo y su maestra. La historia de un asedio a mitad de otro, y la reivindicación de las historias perenes en la literatura.