El debate de siempre: la libertad de expresión
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Hace más de una década escribí sobre las diferentes concepciones de la libertad de expresión en el contexto de las campañas políticas (Tópicos contemporáneos de derechos políticos fundamentales, Dykinson, Madrid: 2010). Me interesaba describir la forma en que el TEPJF iba construyendo su doctrina judicial para determinar cuando una propaganda era lícita o no.
Era una época de la transición democrática en que la llamada propaganda negativa era mal vista en la prensa. La elección presidencial del 2006 generó una prohibición constitucional de la calumnia electoral. Se acusaba de fraude electoral por campañas negras. Se decía que las campañas deberían de ser de propuestas, no de descalificaciones. La propaganda de ideas, afirmaban, deberían ser el objeto de las campañas políticas para que el electorado decidiera su voto, a partir de información objetiva, plural y veraz.
Lo cierto, sin embargo, es que todas las campañas políticas no son neutrales. Los partidos y sus candidatos hacen propaganda según sus intereses políticos. Una campaña electoral no es un debate científico. Es un debate de interés mediático en donde la parcialidad, el oportunismo, el escándalo y, en gran medida, las calumnias o difamaciones sirven de mucho para convencer a la voluntad popular.
Hace tiempo, también, en una edición del Observatorio que dirigía en el TEPJF, discutíamos con expertos sobre la calumnia electoral como límite a las campañas. La doctora Irene Spigno decía que en un debate electoral no es posible censurar la mentira. ¡Nos íbamos a quedar sin campañas políticas! Tenía razón.
En mi trabajo sistematice tres tesis que pueden explicar el derecho a expresar libremente las ideas en el debate político: liberalismo, republicanismo o tribalismo. En cada concepción, las personas pueden asumir que su discurso es legítimo para expresar sus ideas, sin límites.
Los liberales, por ejemplo, creen que entre más libertad de circulación de ideas es mayor la garantía de la libertad informativa. No se deben censurar las palabras, salvo la responsabilidad ulterior por daños a terceros en su honor, imagen o reputación. La comunidad es la que acepta o rechaza las ideas en un juego libre de expresiones. La idea liberal, por tanto, pretende que todas las personas se expresen con la mayor libertad, al margen de sus fines o propósitos. Si lo que dicen no nos gusta, tenemos el derecho a confrontarlo, pero no a censurarlo. En las ideas no hay imparcialidad ni neutralidad. Cada quien es libre de defender lo que piensa, sin que nadie le pueda imponer al otro sus ideas.
En segundo lugar, los republicanos plantean un matiz al liberalismo. El debate de ideas en un contexto político es para construir una deliberación racional que permita que la comunidad tenga la mejor información para decidir su voluntad general. La libertad de expresión debe asegurar que la ciudadanía tenga información cierta, objetiva y veraz, ya que es fundamental formar una ciudadanía con virtud cívica: personas racionales y libres comprometidas con la verdad.
Finalmente, la teoría del escándalo político nos dice que la libertad de expresión no solo debe asegurar la mayor libertad sino que las personas tienen derecho a mentir, a trivializar y a escandalizar en el debate político. No nos debe asustar. La libertad de expresión siempre tiene un tono fuerte, beligerante y vigoroso. Es hacer ruido mediático para que las personas podamos expresarnos de la mejor manera, con nuestras emociones y no necesariamente con razones.
Las tres tesis, por lo tanto, tienen sus argumentos a favor y en contra. Cada una de ellas justifican la libertad de expresión según la forma de entender la libertad en una comunidad liberal, republicana o escandalosa. En cierta medida sirven de guía para orientar nuestro criterio para decidir cuando alguien se expresa en forma válida o no.
LUCHA DE GOLPES
El debate público escenifica una lucha de palabras que golpean a las personas. Puede haber golpes bajos. Puede haber golpes que duelen, noquean o te apagan la luz. Pero te puedes levantar. Puedes seguir en la contienda.
La libertad de expresión es el mejor instrumento en la democracia para enfrentar estas contiendas que nos incumben a todos. Son golpes, si, pero es la mejor forma civilizada para decidir la representación política: que cada quien exponga sus ideas, las defienda y todos, en una deliberación pública, decidamos a quien creerle o no.
En esta lucha, por tanto, lo que se vale es centrarnos en discutir las ideas. No solo se trata de distraer con puras descalificaciones a las personas. Se vale hacer escándalo para discutir ideas, pero al final las personas no pueden dañar los derechos de terceros con sus palabras porque son responsables de sus mentiras.
La próxima semana te explicaré un caso interesante: el escrutinio de las personas públicas. Voy a ejemplificar mi caso. Daré información veraz, verificable, de cómo algunas personas se han expresado de mi: con mentiras, calumnias y difamaciones.
Como desde que escribí el libro desde el 2010 asumí la convicción de la tesis de que las personas tienen derecho hasta mentir. He sido tolerante de las difamaciones. Solo he contestado con mi libertad de expresión para desmentirlas.
En un estado de derecho, sin embargo, lo que vale la pena es que los mentirosos que, en su gran mayoría son instrumentos de otros, pidan disculpas o que asuman las consecuencias legales de sus palabras calumniosas. Eso es lo que en una sociedad democrática debe prevalecer: la mayor libertad, con la mayor responsabilidad con la verdad.
Si tenemos un conflicto con lo que se diga de nosotros, lo mejor es replicarlo e ir con un juez para que resuelva quién tiene razón o no. Si los calumniadores o los calumniados.