El Día del Juicio

Opinión
/ 16 enero 2026

Hay un dicho que me hace estremecer. Dice así: “Los amores de los perros siempre se ven. Los amores de los gatos siempre se oyen. Los amores de los hombres siempre se saben”. La última parte es la que me causa el estremecimiento.

En efecto: lo que se hace de noche de día aparece. No es necesario esperar el día del Juicio Final para que tus culpas sean conocidas. Y de ese conocimiento pueden venir efectos muy variados, algunos de ellos merecedores del calificativo “trágicos”. De ahí el siguiente cuento.

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Sucede que un cierto señor se fue a trabajar a Estados Unidos. Dejó en su ciudad de origen a su esposa y su pequeño hijo. Quería ganar dinero para darles una vida mejor. Pronto encontró trabajo allá -era un experto colocador de alfombras-, y rápidamente se hizo de la confianza y aprecio de su jefe, pues era hombre trabajador, honesto y responsable.

Empezó a enviar dinero a su señora; primero pequeñas cantidades -lo necesario para su subsistencia-, y luego más y más. Llegó a mandar 2 mil dólares por mes. Con el dinero le remitía a su señora instrucciones sobre el uso que debía dar a aquellas sumas: ampliar la casa; comprarse un coche; adquirir un seguro de educación para su hijo...

Pasaron tres o cuatro años. El hombre no había regresado a su ciudad por el temor a no poder entrar de nuevo a Estados Unidos y perder aquel trabajo tan bueno que tenía. Pero un día no pudo resistir más la nostalgia, y regresó. Lo hizo sin avisarle a su esposa: quería que aquello fuera una sorpresa.

Y fue sorpresa, pero para él. La señora estaba viviendo en su casa con otro hombre mucho más joven que ella al que mantenía con el dinero que su marido le mandaba. No había ampliado la casa, ni había comprado automóvil, ni seguro para la educación del hijo. Todo lo empleaba en mantener a aquel querindongo al que todos los vecinos conocían ya.

No voy a hacer más larga una historia que por su naturaleza es corta. Cuando el marido apareció el amante desapareció. La mujer, incapaz de disfrazar los hechos, se burló del recién llegado. Éste la tomó a mamporros con ella. Fue a la cárcel acusado de violencia de género, de maltrato doméstico, de lesiones, etcétera, etcétera, etcétera.

No sé qué pensar acerca de esto. De hecho no sé qué pensar acerca de muchas cosas de la vida. Sobre las cosas de la escuela sí sé qué pensar, verbi gratia acerca de la raíz cuadrada o del interés compuesto (del descompuesto jamás oí hablar). Pero las cosas de la vida son bastante más complicadas que las de la escuela. Ahí tienen ustedes el suceso que acabo de contar. La mujer, ciertamente, hizo muy mal en faltar a la fe que le debía a su marido, pero la ausencia es cabrona, si me permiten ustedes esa expresión vulgar. Hay que ver el punto de vista de la señora, no por infiel menos merecedora de que su caso sea visto con imparcialidad. Pienso también en el indocumentado, y en su desilusión al ver que el dinero que con tantas fatigas se allegaba iba a parar a los bolsillos de un zángano que se cogía a su esposa, si me permiten ustedes esta otra expresión considerablemente más vulgar.

¿Cuál es la moraleja de esta narración? Ninguna. La vida no tiene moralejas. Es un caos, un desorden. A los que actúan bien les va a veces muy mal, y con bastante frecuencia los malos se salen con la suya. Quizás habrá que esperar el día del Juicio Final para saber la moraleja. Y para colmo yo tendré que esperar bastante, pues supongo que el juicio se hará por orden alfabético -igual que los exámenes orales en la Escuela de Leyes-, y a mí, por empezar mi apellido con F, me tocará ya de noche, igual que en la Escuela de Leyes. Qué friega.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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