El dólar de hojalata y el culto al octogenario
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El capitalismo norteamericano ha parido su propio Stalin de hojalata, su Mao de níquel, su Fidel de souvenir
La escena es grotesca: Donald Trump, presidente en su octava década, celebra el 250 aniversario de la independencia con una moneda.
Oficialmente vale un dólar, pero que en el mercado de la fe y la especulación roza los cien. No es economía, es liturgia. No es numismática, es idolatría. El Washington Post lo reporta como un fenómeno de coleccionistas, The Wall Street Journal lo analiza como burbuja, The Times lo describe como espectáculo, LA Times lo lamenta como síntoma, El Economista lo disecciona como distorsión, y Forbes lo celebra como negocio. La moneda se agotó, no por su valor metálico, sino por su carga simbólica. Tótem de cobre bañado en culto a la personalidad.
En el fondo suena Living Colour, con su himno Cult of Personality, como si la melodía hubiera sido escrita para este carnaval monetario. I exploit you, still you love me, retumba mientras los compradores se pelean por un pedazo de metal. Lleva el rostro de un presidente vivo, convertido en reliquia antes de convertirse en estatua. La ironía es ña moneda, sostiene la economía global, se ve humillado por un souvenir que cuesta cien veces más su valor nominal. El capitalismo se arrodilla ante la fe, y la fe se arrodilla ante el marketing.
La ironía se multiplica. Instituciones destruidas, tribunales convertidos en escenarios de reality show, prensa reducida a antagonista de campaña, y ahora la moneda, símbolo supremo de la república, transformada en estampita de culto.
El octogenario sonríe, mientras el mercado especulativo lo canoniza en vida. Stalin tuvo bustos, Mao tuvo libros rojos, Fidel tuvo barbas eternas. Trump tiene monedas. Se agotan en minutos. El comunismo fabricaba ídolos de piedra, el capitalismo fabrica ídolos de níquel. La diferencia es mínima. Ambos sistemas convierten al líder en fetiche, ambos sistemas destruyen instituciones para erigir templos personales.
El humor negro se desliza como veneno. ¿qué mejor sátira que ver a un pueblo pagar cien dólares por un objeto con vale uno? Es la emancipación del absurdo, la autonomía del mercado convertido en misa. El Wall Street Journal advierte la burbuja puede estallar, pero ¿cómo estalla un culto? El Washington Post recuerda las monedas conmemorativas suelen perder valor, pero ¿cómo pierde valor un tótem? Forbes sonríe, porque mientras haya compradores, habrá ganancia. El Economista se encoge de hombros. La lógica murió, el mercado se volvió religión.
La ironía final es brutal. Elpresidente vivo, en su octava década, ha logrado a Stalin, Mao y Fidel soñaron. Destruir instituciones y reemplazarlas por su rostro grabado en metal. La moneda no es dinero, es dogma. No es curso legal, es curso espiritual. No es economía, es fe. En esa fe, el dólar de hojalata se convierte en símbolo de un país que celebra su aniversario no con libertad, sino con culto.
El capitalismo norteamericano ha parido su propio Stalin de hojalata, su Mao de níquel, su Fidel de souvenir. La diferencia es aquellos imponían culto con fusiles, este lo impone con marketing. El resultado es el mismo. Instituciones pulverizadas, ciudadanos convertidos en feligreses, y una moneda vale cien veces más por el rostro lleva, no por el metal contenido. La ironía es total. El dólar murió, el culto nació. En el altar del mercado, Trump sonríe, octogenario, mientras Living Colour sigue cantando: I’m the cult of personality.