El elogio de la calle

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Opinión
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“Nunca nos podremos explicar o justificar la ciudad (...).

Es nuestro espacio y no tenemos otro (...).

No hay nada de inhumano en una ciudad,

cómo no sea nuestra propia humanidad.

Georges Perec.

El fragmento del título de esta entrega proviene de una de las obras más entrañables de Vicente Quirarte (1954-2026), escritor, poeta y ensayista mexicano fallecido el pasado 11 de agosto. En Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (2001), Quirarte convierte la morfología urbana de la capital en una entidad viva, dotada de memoria, carácter y personalidad propia. El libro llegó a mis manos casi como una especie de serendipia, justamente cuando en nuestra ciudad surgía un breve pero intenso debate sobre la propuesta de modificar la nomenclatura de una de las principales vialidades del Centro Histórico. La discusión, en apariencia, giraba en torno a un nombre. Sin embargo, más allá de esto se esconden otros cuestionamientos: ¿qué define una calle?, ¿de quién es?, ¿para qué sirve?, ¿quién puede decidir sobre ella?

Desde el urbanismo, una calle suele definirse como una vía de circulación, peatonal o vehicular, sus dimensiones y características responden a su función dentro de la ciudad. Según su historia y los acontecimientos de los que ha sido escenario, puede convertirse en límite, borde, hito o punto de encuentro. Estas definiciones, aunque necesarias, resultan insuficientes para comprender, con toda amplitud, el significado de una calle.

Georges Perec, en Especies de espacios, la describe con la precisión de quien observa lo cotidiano amplificándolo como si fuera extraordinario: “el alineamiento paralelo de dos series de inmuebles (...) es un espacio bordeado generalmente en sus lados más largos, de casas. La calle es lo que separa unas casas de otras y también lo que permite ir de una casa a otra (...)”. La definición anterior, aparentemente sencilla cuenta con un elemento que es fundamental: la presencia humana. Una calle existe porque se recorre. Se camina para llegar a la escuela, al trabajo o al mercado; se espera el autobús, se conversa, se protesta, se celebra, se observa y, a veces, simplemente se deambula. Podría llenar este espacio con datos estadísticos, dimensiones materiales o características arquitectónicas de las calles. Sin embargo, quienes habitamos la ciudad sabemos que una calle nunca es solamente eso. Es también el testigo de la memoria. En ella se vive, se camina, se sufre, se protesta, se celebra y se transforma con el paso del tiempo. La calle es un integrante silencioso que dialoga todos los días con quienes la recorren. Está hecha de pavimento y banquetas, pero también de olores, de bullicios y de silencios; de esquinas olvidadas, de banquetas desgastadas, de la arquitectura monumental y de la arquitectura menor; de viviendas, panaderías, papelerías, bazares y tiendas de barrio; del ladrillo que tanto nos identifica y que todavía transmite calidez incluso cuando los muros muestran el desgaste y el paso del tiempo. Pero, sobre todo, la calle está conformada por todo aquello que ocurre entre todo lo anterior: la vida compartida.

La calle entonces no es solamente el espacio que me lleva de un punto a otro. Es un lugar que se nombra porque primero se habita; que adquiere identidad porque antes construye pertenencia. Los nombres importan, desde luego, pero adquieren sentido cuando reconocen una historia que ya existe y no cuando pretenden sustituirla. Perec afirma que, “al contrario de los inmuebles que, casi siempre, pertenecen a alguien, las calles no pertenecen a nadie, en principio”. Jurídicamente puede ser cierto. Pero en otro sentido, las calles pertenecen a quienes las han vivido, las han recorrido y las han incorporado a su memoria. Porque la pertenencia no siempre se escribe en un título de propiedad; también se construye con historia, afecto y vida cotidiana. Como diría el poeta: la sonrisa es de quien la trabaja. Así también la calle. Entonces, si una calle es memoria compartida, la pregunta es: ¿quién tiene el derecho de nombrar la memoria de una ciudad?

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Argelia Isabel Dávila del Bosque es doctora en Arquitectura y Urbanismo por la UAdeC, grado que obtuvo con Mención Honorífica en 2024 y con el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en 2025. Desde 2020 es profesora investigadora con perfil PRODEP en la Facultad de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera, donde fundó y coordinó el programa de posgrado acreditado ante el Sistema Nacional de Posgrados de SECIHTI.

Su trabajo enlaza investigación académica y creación artística. Fue becaria del PECDA Coahuila en 2012 en el área de patrimonio y, en 2021, en la categoría de creadora con trayectoria. Coordinó Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, libro que obtuvo el primer lugar nacional en publicación editorial en 2023. En 2025 publicó Hybris Vernacular, obra que también recibió el primer lugar nacional de diseño en la categoría de publicaciones. Como periodista cultural, ganó el Premio Armando Fuentes Aguirre “Catón” en su 23ª emisión, categoría Prensa. Además coordina la plataforma In Signia, dedicada al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad de Saltillo. Colaboradora en revistas de divulgación nacionales y regionales, es evaluadora de artículos científicos, proyectos artísticos y programas de posgrado. También se desempeña como analista, gestora y asesora en reglamentación urbana. Sus líneas de investigación se centran en el patrimonio, los imaginarios urbanos y los emblemas simbólicos, así como en la concepción, circulación y consumo de la imagen y su papel en la construcción de la cultura.

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