El Fandango de Márquez
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De todos los instrumentos de la orquesta, el violín, el “mandamás” de la familia de las cuerdas, es el más entrañable. En él descansa mucho del edificio sonoro, melódico y expresivo. Los demás instrumentos de su familia -violas, chelos y contrabajos- suman y aportan con sus características sonoras y a la textura inconfundible de esa sección orquestal.
Para el violín se ha escrito una inconmensurable cantidad de obras desde que el instrumento de cuerda frotada irrumpiera con fuerza a partir del barroco temprano. Varias escuelas violinísticas surgieron principalmente en la Europa continental, y en cada una de ellas se forjó la técnica del instrumento que transitó por varias centurias, desembocando en las grandes figuras del concertismo del siglo pasado.
Los primeros conciertos para violín como instrumento solista, y orquestal, se compusieron en Italia, en los siglos XVII y XVIII, por compositores y violinistas como Marini, Vivaldi, Corelli, Legrenzi, Geminiani, Locatelli, Manfredini, Tartini, etcétera. En rigor, los orígenes de la música para violín y los de la música orquestal se confunden.
La herencia imperecedera de la escuela violinística italiana legó a las generaciones posteriores una robusta literatura y una sólida técnica interpretativa. Ésta se ve reflejada en autores como Jean-Marie Leclair, Pierre Gavinies y Delphine Alard, en Francia; en Alemania, figuran como continuadores Karl Stamitz, Johann Georg Pisendel, Franz Benda, entre otros. Al margen de toda escuela, se destaca por su extraordinaria genialidad Niccoló Paganini, que mostró como nadie su singular virtuosismo violinístico, al que se le adhirieron historias, leyendas y mitos increíbles. En este señero personaje desembocó todo el bagaje didáctico, técnico, musical, estilístico, del violinismo concertístico, en pleno siglo XIX. Fue él, y no Liszt ni Chopin, la figura icónica del concertista romántico.
El siglo XIX representó para la literatura violinística un enorme salto en la inclusión de recursos más sofisticados, estilísticos y técnicos. La nómina de los grandes conciertos para violín de esta centuria se reparten entre Paganini, Beethoven, Brahms, Sibelius y Tchaikovski. A finales del siglo XIX nacieron y se consolidaron otras escuelas que por sus geniales precursores ocupan un lugar relevante en la historia del violinismo universal, tales como la Escuela Franco-Belga, representada por Eugéne Ysaÿe y Pierre Baillot; la otra, no menos importante, es la Escuela Rusa, en la que sobresalen Leopold Auer y Pyotr Stolyarsky.
La historia del cocertismo violinístico y de la creación de obras para este instrumento en México es relativamente reciente. Los conciertos para este instrumento lo debemos a figuras como Ponce, Chávez, Enríquez, Huízar y Halffter. Higinio Ruvalcaba, Manuel Enríquez, Silvestre Revueltas, son algunas eximias figuras en la ejecución en el siglo pasado, aunque no fundaron ninguna escuela violinística mexicana.
En esta nómina mencionada de conciertos para violín y orquesta se incrusta el Concierto para violín y orquesta “Fandango” (2020), del compositor mexicano Arturo Márquez (1950. Álamos, Sonora). Consolidado como el más representativo compositor actual nacional, su concierto para violín añade una fresca y original muestra del folclor mexicano con sus raíces afrocaribeñas y de la costa de Veracruz. Fandango fue un encargo que hizo la virtuosa violinista norteamericana Anne-Akiko Meyers (1970), y fue estrenado por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por Gustavo Dudamel (1981), en 2021. Fandango es una de las obras más virtuosísticas en el catálogo de obras de Márquez. Los tres movimientos del concierto (Folía tropical, Plegaria/Chaconne y Fandango/Fandanguito) rinden homenaje a estructuras antiguas: la Folía, La Chacona y el Fandango. Éstas mezclan sus ritmos con danzas mexicanas: el Cha-cha-chá, el Huapango y el Son jarocho. Esta obra, como otras más de Márquez, no solo ha redefinido el repertorio orquestal nacional y latinoamericano, sino que ofrece un modelo de creación que dialoga directamente con la memoria colectiva.
CODA
“El arte camina y a cada paso retrata el mundo en que vivimos”. Arturo Márquez.