El Héroe Discreto
Lo dijimos antes, los grandes libros llegan a destiempo. No es casualidad, algunos insinúan, pero no explican, pues demandan un lector inteligente que, en no pocas ocasiones, necesita “agarrar mundo” para descifrarlos y comprenderlos más allá de lo que sus páginas muestran
El primer autor que me cautivó fue Gabriel García Márquez hace ya muchas lunas, como diría Ángel Fernández. Me había encontrado con “El coronel no tiene quien le escriba” y, de inmediato, quedé atrapado por su prosa.
Luego vino “Crónica de una muerte anunciada” y los “Doce cuentos peregrinos”. Varios libros más tarde le hinqué el diente al célebre “Cien años de soledad”.
Conjeturo, ya empezamos con las jactancias, que recabar ese bagaje dentro del universo del Gabo facilitó digerir esa obra cumbre que, a pesar del virtuosismo, no es una lectura sencilla.
Entrarle a Gabriel a través de este libro que lo catapulto, incluso, al Premio Nobel, puede meter a un lector novísimo dentro de un mundo abigarrado.
A los años me ocurrió algo similar con Jorge Ibarguengoitia. Encontré el que hasta el día de hoy es mi libro favorito de entre su prole, Los Relámpagos de Agosto.
En su caso, no estoy seguro si hay un texto ideal para iniciarse, casi podría ser cualquiera, pues su prosa es capaz de encantar serpientes.
En “Autopsias rápidas” comenta que un colega le crítico severamente que escribiera como se habla, lo cual está más cerca de la virtud que del vicio, ya que significa dar una voz genuina a los personajes o a sí mismo. Así, tampoco es casualidad que su columna en el Excélsior llevara por nombre “En primera persona”.
Traer a este par de titanes al ‘Relicario’ de marras se debe a la recomendación de personas que no me malquieren. Les tomé la palabra, volví a Vargas Llosa y llegué a la conclusión perenne, hay libros que se nos presentan bastante temprano en la vida.
Hace años que transite por La Fiesta del Chivo y La Guerra del Fin del Mundo, ambas grandiosas y deslumbrantes por la capacidad de narrar con maestría, pero con el rigor periodístico de fuste.
No obstante, este redescubrimiento del Nobel peruano me abrió por otra puerta, quizá insospechada, El Héroe Discreto (Alfaguara, 2013).
Los dilemas de dos hombres y sus familias, Rigoberto y Felícito Yanaqué, ambos poseedores de problemas ajenos que terminan por entrelazarse.
Felícito es un empresario extorsionado por una ralea de mañosos que tiene en la misma cama. Rigoberto debe departir entre su jefe, un sibarita que lo deja enfangado en sus caprichos, y las preocupaciones por un hijo con un profundo sentido de la culpa.
Con las charlas más íntimas como eje conductor, las que son entre dos o tres y muchas veces sobre la cama, esta novela resalta la importancia de la coherencia y los ideales, pues suelto el cuerpo, suelta la lengua.
Los grandes temas se tratan en privado, los refranes populares los recogen como la ropa sucia que se lava en casa, pero esta lectura también se ocupa de las prendas que se dejan olvidadas en el cuarto de los tiliches para no tener la desvergüenza de quitarle la suciedad que la manchó para siempre.
Todas ellas conversaciones de esas que es preferible no tener, pero a las que nos arrastra el impulso del inconsciente como obsesiva necesidad de saber. Eso que Milan Kundera definió como asomarse al vértigo.
La relevancia, y la vanidad, de las convicciones profundas forman parte de la apariencia, mas no como un aparador para contemplar, sino como una confirmación de quien camina como pato y grazna como lo que es, es decir, la congruencia.
El cruce de caminos de estos hombres y sus respectivos mundos son una casualidad corrosiva debido a su talante de valentía discreta en un mundo que les exige doblar las manos ante el poder fáctico.