El imperialismo sin excusas de Trump

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Opinión
/ 22 enero 2026

El gobierno de Estados Unidos comercializa el petróleo venezolano, deposita los ingresos en cuentas que controla y utiliza el acceso a estos fondos para disciplinar a las autoridades locales

Por Ricardo Hausmann, Project Syndicate, 2026.

DAVOS- Los analistas, en general, han definido la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro como un intento orquestado por Estados Unidos de “cambio de régimen” o como un esfuerzo por preservar el orden político existente en el país, sin Maduro. Pero estas interpretaciones pasan por alto el acontecimiento más trascendental: el surgimiento de una nueva forma de imperialismo, más discreta.

En lugar de instalar a un gobernador colonial estadounidense en el Palacio de Miraflores, este sistema opera a través de medios más sutiles que, en cierto modo, son cínicamente más efectivos. Venezuela sigue teniendo ministerios, servicios de seguridad, tribunales y símbolos ceremoniales como la banda presidencial. Sin embargo, su sustento económico -la capacidad de vender petróleo y acceder a los ingresos- ha quedado bajo el control de Estados Unidos. Como el presidente Donald Trump les dijo a los periodistas: “Necesitamos un acceso total. Necesitamos acceso al petróleo y a otras cosas de su país que nos permitan reconstruirlo”.

A diferencia de las sanciones tradicionales, que buscan ejercer influencia a través de castigos externos, este acuerdo funciona como una sindicatura informal. El gobierno de Estados Unidos comercializa el petróleo venezolano, deposita los ingresos en cuentas que controla y utiliza el acceso a estos fondos para disciplinar a las autoridades locales.

El precedente histórico más cercano no es la reconstrucción de posguerra de Europa y Japón, sino el gobierno indirecto de la época colonial. En ese sistema, el gobierno local sigue en su lugar para administrar la vida cotidiana, mantener el orden y gestionar el disenso, mientras que el poder imperial conserva los atributos fundamentales de la soberanía, como el comercio, la política exterior y el control de las principales fuentes de ingresos del estado.

Contrariamente a las expectativas de muchos observadores externos, la gran mayoría de los venezolanos acogió con satisfacción el aparente fin de su soberanía, según una encuesta reciente de The Economist. Esta respuesta no es tanto un respaldo al imperialismo estadounidense como una crítica devastadora al chavismo. Durante años, muchos venezolanos creyeron que la soberanía ya se había perdido, externalizada en la práctica en manos de potencias como Rusia y Cuba a través de la dependencia de servicios de inteligencia extranjeros y de enredos financieros opacos.

La incursión del 3 de enero para capturar a Maduro y a su esposa no hizo más que reforzar esa percepción. Cuba informó posteriormente que 32 miembros de sus fuerzas armadas y servicios de inteligencia habían muerto durante la operación estadounidense, un indicador sorprendente de hasta dónde se había infiltrado personal cubano en el aparato de seguridad de Venezuela.

Los venezolanos deben enfrentarse así a una amarga ironía. Durante mucho tiempo considerado un estado cliente, su país hoy se está reconvirtiendo en un protectorado estadounidense mediante el control de sus exportaciones e ingresos petroleros, en lugar de mediante una anexión formal o una invasión terrestre.

Aquí es donde las narrativas, muchas veces descartadas como simple retórica, pasan a ser un imperativo estratégico. Los imperios siempre han recurrido a las historias no solo para legitimar la coacción ante las audiencias nacionales e internacionales, sino también para moldear las expectativas de manera que el poder resulte predecible y ejecutable.

Los imperios europeos del siglo XIX lo entendieron bien, y a menudo encubrieron la dominación imperial con narrativas edificantes sobre el deber moral y el progreso de la civilización. Francia hablaba de su “misión civilizadora” (mission civilisatrice), mientras que la ideología imperial británica encontró su expresión más notoria en la exhortación de Rudyard Kipling a “asumir la carga del hombre blanco”. En 1884, el estadista francés Jules Ferry articuló la lógica imperialista con una franqueza sorprendente, al escribir que “las razas superiores tienen el derecho porque tienen el deber” de “civilizar a las razas inferiores”.

Por el contrario, Estados Unidos, en la posguerra, propuso una narrativa diferente. El presidente Harry Truman hizo hincapié en el apoyo a los “pueblos libres” que se resistían al “intento de subyugación”, mientras que John F. Kennedy prometió “pagar cualquier precio” y “soportar cualquier carga” para “asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad”, vinculando explícitamente el poder de Estados Unidos a un propósito compartido en lugar de al saqueo imperial.

Esa imagen de sí mismo quedó posteriormente grabada en piedra en el Monumento a la Segunda Guerra Mundial en Washington, que declara que “los estadounidenses vinieron a liberar, no a conquistar, a restaurar la libertad y a poner fin a la tiranía”. En una declaración de despedida poco antes de su muerte, el senador John McCain se basó en la misma tradición y describió a Estados Unidos como “una nación de ideales, no de sangre y tierra”, que alcanzó su máxima fortaleza cuando ayudó a “liberar a más personas de la tiranía y la pobreza que nunca antes en la historia”.

Lejos de ser meras florituras retóricas, estas narrativas contribuyeron a configurar la política exterior estadounidense de posguerra, haciendo más creíbles los compromisos de Estados Unidos y fortaleciendo las alianzas basadas en valores compartidos. Fundamentalmente, también aumentaron el costo reputacional de la depredación.

La narrativa emergente de Trump rompe radicalmente con esa tradición. Mientras que las formas anteriores de imperialismo se basaban en justificaciones morales, él prescinde de esas excusas, reduciendo el ejercicio del poder a una entrada en un balance. El propio Trump dejó claro ese cambio en una reciente entrevista con el New York Times, descartando por completo el derecho internacional. Cuando se le preguntó qué limitaba sus acciones, si es que había algo, respondió: “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. También habló de reconstruir Venezuela “de una manera muy rentable”, y añadió: “Vamos a utilizar el petróleo y vamos a tomar el petróleo”.

Las implicancias para Venezuela y el orden internacional son profundas. Las narrativas basadas en reglas vinculan el poder a las instituciones, generando y manteniendo la confianza. Las narrativas personalistas, en cambio, vinculan el poder al temperamento, haciendo que resulte impredecible y, en última instancia, poco fiable.

Si Estados Unidos quiere que los venezolanos -y el mundo- consideren su intervención como temporal y legítima, debe imponer restricciones estructurales claras: una vía creíble y con plazos concretos para la celebración de elecciones; una gestión transparente y auditada de forma independiente de los ingresos petroleros; y un firme compromiso con los derechos humanos, incluida la liberación de los presos políticos. Sobre todo, Estados Unidos debe reconocer que su poder no se auto-justifica por sí solo.

Sin esas restricciones, Venezuela no pasará de la dictadura a la democracia. Por el contrario, simplemente cambiará una forma de tutelaje por otra. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de la Harvard Kennedy School y director del Harvard Growth Lab.

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