El largo camino hacia la guerra con Irán

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Opinión
/ 6 marzo 2026

Las sanciones no solo debilitaron la economía iraní, sino que también redefinieron la percepción de Estados Unidos sobre lo que se podía lograr

Por Carla Norrlöf, Project Syndicate.

TORONTO- A medida que el conflicto con Irán redefine las premisas de seguridad global y los mercados energéticos, el debate en Estados Unidos se ha centrado principalmente en por qué el presidente Donald Trump optó por la guerra en primer lugar. ¿Fue por motivos de política interna, por el deseo de proyectar fuerza, por un error de cálculo o por alguna otra razón?

Estas explicaciones pueden tener mérito, pero corren el riesgo de ocultar las causas fundamentales. La guerra no fue tanto una decisión repentina como la culminación de procesos geopolíticos que eliminaron progresivamente las alternativas a la confrontación. Para cuando comenzaron a caer las bombas, las decisiones decisivas ya se habían tomado durante años de deliberaciones estratégicas.

Una de esas decisiones fue la retirada en 2018 de la primera administración Trump del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), el acuerdo alcanzado con Irán en 2015 para limitar su programa nuclear. En aquel momento, Trump argumentó que era necesario abandonar el PAIC para lograr un acuerdo más sólido mediante la influencia económica. Estados Unidos intentó entonces obligar a Irán a volver a las negociaciones paralizando su economía.

Las sanciones, por supuesto, no eran una novedad. Incluso bajo el PAIC, Irán se enfrentó a importantes restricciones por sus vínculos con el terrorismo, los misiles balísticos y los abusos contra los derechos humanos. La presión constante mantenía la puerta abierta a nuevas negociaciones para aliviar la situación. Pero una vez que el PAIC quedó sin efecto, las sanciones se aplicaron sin diplomacia, limitando en lugar de ampliar las posibilidades de acuerdo. Las sanciones no solo debilitaron la economía iraní, sino que también redefinieron la percepción de Estados Unidos sobre lo que se podía lograr.

En tanto se intensificaba la presión económica sin producir una capitulación o un cambio de régimen, los responsables de las políticas se enfrentaban a un conjunto cada vez más reducido de opciones creíbles. Cada intento fallido de coacción reforzaba la percepción de que la presión por sí sola no podía resolver el problema, a la vez que alineaba más estrechamente la percepción estadounidense de la amenaza con la de Israel, que considera la mera latencia nuclear (poseer los medios para crear un arma) un riesgo inaceptable. El resultado no fue una marcha inmediata hacia la guerra, sino una redefinición gradual de lo que Trump llegó a considerar estratégicamente inevitable.

La política iraní también hizo menos probable la moderación. Aun cuando las negociaciones daban señales de vida y los mediadores reportaban avances, la lógica estratégica que impulsaba la confrontación continuó endureciéndose. Tras el colapso del PAIC, Irán siguió desarrollando su programa nuclear y redujo el acceso a los inspectores. Esto aumentó su poder de negociación sin cruzar abiertamente el umbral de la fabricación de un arma nuclear, pero el efecto estratégico fue contrario al que Irán pretendía. Independientemente de las intenciones de Irán, cada avance reforzó la percepción israelí de que se acercaba una fecha límite y fortaleció el argumento en los círculos estadounidenses de que la diplomacia estaba perdiendo credibilidad. Las medidas para preservar su capacidad de negociación aceleraron, en cambio, la convergencia estratégica que ya estaba en marcha.

El camino hacia la guerra también se refleja en la política israelí. Durante décadas, la doctrina de seguridad de Israel se ha basado en impedir que los estados hostiles alcancen el umbral de las armas nucleares. Desde la destrucción del reactor iraquí Osirak en 1981 hasta las operaciones encubiertas periódicas contra instalaciones iraníes, Israel ha priorizado sistemáticamente la acción temprana por sobre la disuasión a largo plazo.

Esta lógica está determinada por la geografía, la historia y la búsqueda del dominio militar regional. Incluso con un poder militar abrumador y el respaldo de Estados Unidos, la doctrina de seguridad israelí ha tendido a tratar los riesgos emergentes como intolerables en lugar de negociables. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha articulado este enfoque durante décadas, presentando siempre a un Irán con capacidad nuclear como una amenaza existencial en lugar de un problema manejable. A medida que Israel avanzaba para desmantelar las amenazas indirectas tras el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023, una confrontación con el estado que los respaldaba se hizo cada vez más difícil de evitar.

La expansión de la infraestructura nuclear iraní -cada vez más dispersa y fortificada bajo tierra- consolidó la doctrina de seguridad israelí al dificultar aún más la prevención, independientemente de las intenciones de Irán. Anteriormente, ganar tiempo mediante acciones militares o encubiertas suponía una ganancia en seguridad para Israel. Pero a medida que Irán avanzaba tecnológicamente y las negociaciones flaqueaban, la política estadounidense se alineó con la doctrina israelí. Lo que Estados Unidos consideraba antes un problema diplomático se convirtió en una fecha límite en materia de seguridad.

El camino hacia la guerra también atravesaba los países del Golfo. La rivalidad entre Irán y Arabia Saudita ha definido durante mucho tiempo la seguridad regional, pero los ataques de 2019 contra las instalaciones petroleras sauditas de Abqaiq y Khurais expusieron la vulnerabilidad de los países del Golfo. Los posteriores ataques con misiles y drones hutíes contra los aeropuertos sauditas de Abha y Yeda, las instalaciones de Saudi Aramco y, en 2022, los depósitos de combustible de la zona industrial de Musaffah, en Abu Dabi, reforzaron este punto. Los informes de las Naciones Unidas concluyeron que los hutíes habían utilizado componentes de armas compatibles con la fabricación o transferencia iraní, en violación de los embargos. Aunque Irán negó su participación, la seguridad de la infraestructura energética del Golfo ya había sido puesta en tela de juicio.

En respuesta, varios países del Golfo avanzaron hacia una alineación estratégica con Israel a través de los Acuerdos de Abraham de 2020, lo que reflejaba la preocupación compartida por la influencia regional de Irán. Por supuesto, una confrontación directa con Irán seguía siendo demasiado arriesgada para estas economías dependientes del comercio, cuya estabilidad depende del flujo ininterrumpido de energía y del comercio global. Sin embargo, una mayor alineación con Israel y la confianza en las garantías de seguridad de Estados Unidos les permitieron a los gobiernos del Golfo apoyar la contención, evitando al mismo tiempo los costos y riesgos directos de la confrontación. Cuando comenzaron las hostilidades, los líderes del Golfo se enfrentaron a la disyuntiva entre una confrontación condicionada por el poder de Estados Unidos y un equilibrio regional cada vez más definido por las capacidades iraníes.

Con el tiempo, la guerra comenzó a parecer menos una escalada que el camino de menor resistencia. La convergencia estratégica entre Estados Unidos e Israel, sumada a la gestión de riesgos en el Golfo, hizo cada vez más difícil mantener la moderación.

A medida que se han ampliado los ataques estadounidenses e israelíes, las represalias iraníes se han dirigido contra ciudades israelíes, centros energéticos del Golfo como Ras Tanura y Jebel Ali, bases estadounidenses y el transporte comercial a través del Estrecho de Ormuz. El conflicto se ha convertido rápidamente en una lucha a escala regional. Las consecuencias de la guerra nunca iban a quedarse en el ámbito local, porque la estrategia de disuasión iraní opera a través del Estrecho de Ormuz, que conecta el conflicto regional con la economía global.

Las repercusiones globales reflejan factores que nunca fueron puramente regionales. Por eso, las explicaciones centradas únicamente en la política interna de Estados Unidos resultan insuficientes. Los incentivos presidenciales pueden influir en la actuación de los líderes, pero rara vez crean condiciones geopolíticas por sí solos. La alineación estructural de intereses entre aliados y actores regionales ya había reducido el abanico de alternativas disponibles para los responsables de la toma de decisiones. La decisión final pareció repentina solo porque la trayectoria hacia la confrontación se había ido acumulando durante años. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Carla Norrlöf es profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.

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