El lenguaje de la memoria

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Opinión
/ 29 marzo 2026

“El lenguaje es el vestido de los pensamientos”

Samuel Johnson

Entre las múltiples características que nos distinguen como individuos —tanto en lo personal como en lo colectivo— existe una en particular que, desde el inicio, nos identifica y nos diferencia: el lenguaje o la lengua. Conviene, sin embargo, distinguir entre ambos conceptos. El lenguaje es el medio de comunicación propio del ser humano; en él se emplean signos orales y escritos, sonidos, gestos y modismos a los que se les ha atribuido un significado a lo largo del tiempo. La lengua, por su parte, es el sistema organizado de signos —orales y escritos— que permite la comunicación entre los miembros de una misma comunidad lingüística.

Así, el español o castellano es la lengua que hablamos más de 500 millones de personas en el mundo y constituye, además, una manifestación cultural vinculada a un espacio geográfico. Asimismo, el lenguaje es dinámico: cambia y se transforma según los usos, las costumbres, la época y los llamados signos de los tiempos. En este sentido, las palabras, expresiones o estructuras gramaticales que han caído en desuso o que se emplean de manera muy poco frecuente reciben el nombre de arcaísmos. Algunos de ellos persisten, con variantes, en zonas rurales o en regiones específicas; incluso hay términos que han desaparecido en ciertos lugares mientras sobreviven en otros. No obstante, estas palabras suelen conservarse para aportar un matiz histórico que evoca épocas y memorias pasadas.

El lenguaje no solo nos permite comunicar; también nos brinda herramientas para comprender y estudiar el imaginario de las ciudades, tanto en su contexto actual como en su dimensión histórica y cotidiana. En el devenir de la ciudad contemporánea y de sus sistemas económicos, donde casi todo tiende a convertirse en un producto con valor de cambio —un prototipo deseable para el consumo—, el lenguaje también se ve afectado por lo que hoy denominamos “gentrificación”. Aunque este término se utiliza principalmente para describir transformaciones en zonas urbanas, como centros históricos o barrios tradicionales, también puede aplicarse al ámbito lingüístico.

La gentrificación del lenguaje opera al generar curiosidad y al transformar actividades comunes y perfectamente reconocibles en conceptos comercializables que adquieren una nueva dimensión económica. Este fenómeno, que puede considerarse una forma de diglosia orientada al mercado, es decir, cuando dos variedades de la lengua conviven en una comunidad pero tienen funciones sociales distintas, se manifiesta en una terminología opaca cuyo propósito es incrementar el valor simbólico (pero comercializable) de lo que se ofrece. Ejemplos de ello son expresiones como “merch alternativo”, “hipster”, “glamping”, “avant-garde”, “luxury”, “sense spa”, “rooftop”, “brunch” o “spot”, que no son sino equivalentes de palabras como mercancía, acampar, vanguardia, lujo, terraza, almuerzo, etcétera, pero que, al emplearse en contextos publicitarios, pretenden un supuesto “valor” añadido.

El lenguaje es, en última instancia, una expresión de los procesos cognitivos de la sociedad que lo utiliza; refleja su identidad, su historia y el imaginario de quienes habitan un territorio. En este sentido, los procesos de gentrificación urbana también responden a narrativas impuestas a través de un modo de hablar ajeno que desplaza al originario. Reconocer y preservar la riqueza del lenguaje implica, por lo tanto, una forma de resistencia frente a la adopción acrítica de términos que normalizan y justifican procesos de desposesión, al resaltar únicamente su potencial económico e ignorar las realidades, tradiciones e historias de las comunidades. Protegerlo es, en consecuencia, salvaguardar el patrimonio, la identidad y la cultura.

Arquitecta por la Universidad de Monterrey. Cursó la maestría en Arquitectura con especialidad en diseño y tecnología ambiental en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde fue becaria del CONACYT y enfoca su investigación para la obtención del grado a los usos, aplicaciones y adaptaciones de la arquitectura vernácula a las nuevas demandas de la época actual. Es profesora investigadora con perfil PRODEP y coordinadora de posgrado en la Escuela de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera de la UA de C. Forma parte de la Academia de investigación, es miembro del comité de reforma curricular de ambas carreras, miembro del comité de la Maestría en Arte y Diseño, así como del Núcleo académico Básico del mismo programa, miembro del cuerpo académico “Expresión visual” de la licenciatura en Diseño Gráfico. Coordina la plataforma In Signia, sitio dedicado al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad en su ciudad natal. Becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) Coahuila en el año 2012 en el área de patrimonio y como creadora con trayectoria en 2021, coordinadora del libro Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, donde además colabora con un capítulo, ganadora del premio de periodismo cultural Armando Fuentes Aguirre “Catón” emisión número 23 en categoría Prensa.

Formó parte del equipo de diseño del prototipo de vivienda sustentable propuesto por el CINVESTAV. Autora del capítulo “Apropiarse el territorio” en “Dimensiones del Espacio” libro editado por la UAdeC. Colaboradora en diversas revistas de divulgación a nivel nacional y regional como la Gazeta del Archivo Municipal de Saltillo. Es analista, gestora y asesora en temas de reglamentación urbana. Estudiante de Doctorado en Arquitectura y Urbanismo en la Facultad de Arquitectura de la misma universidad en donde desarrolla proyectos de investigación relacionados con el patrimonio, los imaginarios y emblemas simbólicos.

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