El lenguaje de la memoria
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“El lenguaje es el vestido de los pensamientos”
Samuel Johnson
Entre las múltiples características que nos distinguen como individuos —tanto en lo personal como en lo colectivo— existe una en particular que, desde el inicio, nos identifica y nos diferencia: el lenguaje o la lengua. Conviene, sin embargo, distinguir entre ambos conceptos. El lenguaje es el medio de comunicación propio del ser humano; en él se emplean signos orales y escritos, sonidos, gestos y modismos a los que se les ha atribuido un significado a lo largo del tiempo. La lengua, por su parte, es el sistema organizado de signos —orales y escritos— que permite la comunicación entre los miembros de una misma comunidad lingüística.
Así, el español o castellano es la lengua que hablamos más de 500 millones de personas en el mundo y constituye, además, una manifestación cultural vinculada a un espacio geográfico. Asimismo, el lenguaje es dinámico: cambia y se transforma según los usos, las costumbres, la época y los llamados signos de los tiempos. En este sentido, las palabras, expresiones o estructuras gramaticales que han caído en desuso o que se emplean de manera muy poco frecuente reciben el nombre de arcaísmos. Algunos de ellos persisten, con variantes, en zonas rurales o en regiones específicas; incluso hay términos que han desaparecido en ciertos lugares mientras sobreviven en otros. No obstante, estas palabras suelen conservarse para aportar un matiz histórico que evoca épocas y memorias pasadas.
El lenguaje no solo nos permite comunicar; también nos brinda herramientas para comprender y estudiar el imaginario de las ciudades, tanto en su contexto actual como en su dimensión histórica y cotidiana. En el devenir de la ciudad contemporánea y de sus sistemas económicos, donde casi todo tiende a convertirse en un producto con valor de cambio —un prototipo deseable para el consumo—, el lenguaje también se ve afectado por lo que hoy denominamos “gentrificación”. Aunque este término se utiliza principalmente para describir transformaciones en zonas urbanas, como centros históricos o barrios tradicionales, también puede aplicarse al ámbito lingüístico.
La gentrificación del lenguaje opera al generar curiosidad y al transformar actividades comunes y perfectamente reconocibles en conceptos comercializables que adquieren una nueva dimensión económica. Este fenómeno, que puede considerarse una forma de diglosia orientada al mercado, es decir, cuando dos variedades de la lengua conviven en una comunidad pero tienen funciones sociales distintas, se manifiesta en una terminología opaca cuyo propósito es incrementar el valor simbólico (pero comercializable) de lo que se ofrece. Ejemplos de ello son expresiones como “merch alternativo”, “hipster”, “glamping”, “avant-garde”, “luxury”, “sense spa”, “rooftop”, “brunch” o “spot”, que no son sino equivalentes de palabras como mercancía, acampar, vanguardia, lujo, terraza, almuerzo, etcétera, pero que, al emplearse en contextos publicitarios, pretenden un supuesto “valor” añadido.
El lenguaje es, en última instancia, una expresión de los procesos cognitivos de la sociedad que lo utiliza; refleja su identidad, su historia y el imaginario de quienes habitan un territorio. En este sentido, los procesos de gentrificación urbana también responden a narrativas impuestas a través de un modo de hablar ajeno que desplaza al originario. Reconocer y preservar la riqueza del lenguaje implica, por lo tanto, una forma de resistencia frente a la adopción acrítica de términos que normalizan y justifican procesos de desposesión, al resaltar únicamente su potencial económico e ignorar las realidades, tradiciones e historias de las comunidades. Protegerlo es, en consecuencia, salvaguardar el patrimonio, la identidad y la cultura.