El mito del multimillonario por mérito propio

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Opinión
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Defender a los multimillonarios contra la “opresión” tributaria es un sinsentido con motivaciones políticas

Teresa Ghilarducci, Project Syndicate.

TEMPE. En 1981, el presidente estadounidense Ronald Reagan quiso recortar fondos a los programas de nutrición infantil, como parte de un plan de recortes más amplios con el objetivo de equilibrar el presupuesto y al mismo tiempo reducir impuestos (sobre todo a los ricos). De pronto, los administradores de escuelas iban a tener que achicar gastos en los almuerzos escolares subsidiados por el gobierno federal, de modo que el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) propuso que se les permitiera clasificar como verduras condimentos como el ketchup y la salsa de pepinillos.

Hubo un escándalo y se retiró la norma. Pero el episodio quedó grabado en la memoria política de los Estados Unidos como manifestación de una cruel realidad: las rebajas impositivas para los ricos las suelen pagar los pobres.

Sin embargo, los funcionarios estadounidenses nunca aprendieron la lección. La ley tributaria de Reagan en 1981 redujo el tipo marginal máximo del 70 % al 50 % y el impuesto a las plusvalías del 28 % al 20 %, a la par de un escaso alivio para los tramos de ingresos más bajos. Como había que compensar de algún modo la recaudación perdida, los servicios destinados a los pobres quedaron en la mira.

La reclasificación de los condimentos como verduras no prosperó, pero otros cambios en el programa nacional de almuerzos escolares (reducción de subsidios y requisitos de acceso más estrictos) persisten. También se recortaron otros programas de apoyo a los hogares menos pudientes (desde vales para alimentos hasta Medicaid).

La “ley grande y hermosa” promulgada por el presidente Donald Trump el 4 de julio de 2025 reproduce la misma dinámica, pero en mayor escala. La nueva ley prorroga y amplía exenciones fiscales (sobre todo para los hogares más ricos) y aplica los mayores recortes de la historia a programas destinados a hogares de bajos ingresos. La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) calcula que de aquí a 2034, la ley reducirá un 3.1 % los ingresos del 10 % de hogares menos pudientes y aumentará un 2.7 % los del 10 % más pudiente.

Los recortes incluyen 863 mil millones de dólares en financiación federal para Medicaid y 295 mil millones en financiación para el programa de asistencia nutricional suplementaria (SNAP) a lo largo de diez años. La CBO prevé que de aquí a 2034, 10,9 millones de estadounidenses perderán su seguro médico; y según el USDA, unos cuatro millones de personas ya padecen reducción o eliminación de prestaciones del SNAP. Los hogares afectados serán incluso más si en respuesta a la ley, que obliga a los estados a pagar una parte del costo del SNAP, estos reducen o suspenden su participación.

¿Y qué se consigue con tanta crueldad? Está claro que el objetivo no es la consolidación fiscal: la CBO prevé que la “ley grande y hermosa” genere un déficit federal adicional de 2.8 billones de dólares de aquí a 2034.

Pero se está gestando una reacción, y adopta cada vez más la forma de pedidos de impuestos a los ricos. La propuesta californiana de cobrar un impuesto del 5 % por única vez al patrimonio de los aproximadamente doscientos milmillonarios del estado tenía reunidos casi 1.6 millones de firmas en abril de 2026 (casi el doble de las necesarias para que se la plebiscite) y es una respuesta explícita a los recortes que la «ley grande y hermosa» aplicará a las ayudas alimentarias y el programa Medicaid de California (Medi-Cal).

Pero por decirlo suavemente, no todos están de acuerdo. Steven Roth, el multimillonario presidente y director ejecutivo de Vornado Realty Trust, aprovechó la presentación de resultados de su empresa del 5 de mayo para quejarse de que las críticas a las personas con altos ingresos que las presentan como “malvados” o “parásitos” son injustas, cuando los ricos “deberían recibir elogios y agradecimientos”. Incluso dijo que la frase “gravar a los ricos” se parecía a los “insultos racistas”.

El economista Michael R. Strain, del American Enterprise Institute (un think tank conservador) presenta un argumento más estudiado contra los impuestos a ultra ricos. Según Strain, los ricos no les quitan a otros, sino que “generan nueva riqueza” (quedándose con una “pequeña tajada para ellos mismos”). Por más patrimonio que tengan, han creado mucho más que eso en “valor para el resto de la sociedad”.

El argumento de Strain (lo mismo que las rebajas impositivas de Reagan y la “ley grande y hermosa”) es reflejo de una creencia arraigada: en el fondo, los ricos se lo merecen: son más inteligentes que la media, crean empleo y, a menudo, son generosos. Está demostrado que existe una tendencia a considerar que los ricos son gente esforzada, aunque como también demostraron Paul Johnson y Howard Reed hace tres décadas, el mejor predictor de riqueza es la situación económica de los padres. Incluso está comprobado que cuando los ricos eluden pagar impuestos, la gente tiende a culpar al gobierno por dejar vacíos legales.

A los ricos se les da el beneficio de la duda, mientras que a los pobres se los considera indisciplinados. Cuando reciben prestaciones sociales, enfrentan un intenso examen de su carácter y de sus decisiones. Los beneficiarios del SNAP y de Medicaid tienen que presentar documentos laborales y revalidar su elegibilidad dos veces al año, y enfrentan la perspectiva de derrumbe del programa en el nivel de los estados. Muchos estados prohíben el uso de las prestaciones del SNAP para la compra de alimentos poco saludables. Entonces ¿por qué las empresas no tienen que demostrar que las normas de amortización acelerada generan más inversión, cuando en realidad las usan para conseguir grandes ahorros de impuestos?

Pero es posible que Estados Unidos esté cerca de un punto de inflexión. Mientras el 55 % de los estadounidenses afirma que su situación financiera está empeorando (el porcentaje más alto en un cuarto de siglo), el patrimonio del 1 % más rico alcanza máximos históricos. En este contexto, defender a los multimillonarios contra la “opresión” tributaria es un sinsentido con motivaciones políticas, igual que decir que un condimento azucarado es un producto vegetal nutritivo.

Hay un punto en el que coincido con los detractores del impuesto al patrimonio: existe en teoría la posibilidad de que a partir de cierto tipo impositivo, el gravamen aliente a los ricos estadounidenses a irse a otro país. Pero nada indica que Estados Unidos esté ni cerca de alcanzar ese nivel. Al fin y al cabo, el cociente impuestos/PIB de los Estados Unidos es alrededor de 25 %, frente a una media de la OCDE cercana al 34 %.

Un estudio realizado durante la presidencia de Joe Biden halló que cuando se incluyen las ganancias no realizadas, las 400 familias más ricas pagaron entre 2010 y 2018 un tipo impositivo federal efectivo de apenas el 8.2 %, frente al 13 % del contribuyente medio estadounidense. Casi todos los países desarrollados cobran a sus ciudadanos impuestos más altos. Entonces, ¿adónde se irían los multimillonarios? Copyright: Project Syndicate, 2026.

Teresa Ghilarducci es profesora de Economía en The New School e investigadora visitante en la Universidad Estatal de Arizona.

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