El mundo en el que vivimos...
Resulta paradójico que un mundo como en el que hoy vivimos tenga contrastes devastadores. Estamos con un avance científico –tecnológico impresionante, pero... pero también asistiendo a escenarios de pobreza extrema y a una terrible degradación ambiental. Esta dualidad nos define dolorosamente. Los contrastes fundamentales son abrumadores.
Hay una brecha digital y económica que nos muestra y nos explica en sí misma la precariedad que abate a unos, en contraste con los avances tecnológicos y la inteligencia artificial, tan cuestionada, con un montón de asegunes, pero que aquí está. Estamos en la era del comercio electrónico pero también en una realidad de millones de personas que carecen a estas alturas de servicios básicos como el agua potable. Tenemos un mercado global integrado por verdaderas potencias económicas, élites financieras y corporativas, generando un nacionalismo enfermizo, crisis migratorias y una serie de conflictos geopolíticos. Ejemplo, Palestina e Israel, aunado al encono que por siglos se ha alimentado por ambas. Y la guerra entre Rusia y Ucrania, tan dolorosamente vivida por su población inocente. Muertos y más muertos entre los habitantes, que al final del día son los que pagan las consecuencias. Y qué me dice, estimado leyente, de un tema tan sensible como es el acceso a la salud. Lo que priva es la desigualdad en este derecho sustantivo. Los servicios públicos en este renglón dejan mucho que desear, y los afectados son los más pobres de entre los pobres.
También se vive un impactante desarrollo tecnológico versus crisis climática. Le estamos dando verdaderas golpizas a la madre tierra y la cuota que nos cobra es muy alta. Estamos haciendo del planeta Tierra un verdadero desastre. Mucha tecnología de punta, pero este modelo ha acelerado la contaminación, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación en los océanos. Cada día dañamos nuestra única casa. Y no hay otra, no podemos hacer la maleta y decidir que nos vamos a mudar a Marte o a Neptuno. Es aquí, sí o sí. ¿Qué mundo, qué sitio les vamos a dejar a nuestros descendientes, a las generaciones que estarán llegando en el futuro? ¿Habrá futuro? Tenemos que cambiar las reglas que normen las relaciones entre el Norte y el Sur. El siglo XXI ya está aquí, ya van 26 años corriendo, y sigue habiendo profundas injusticias, racismo y todo aquello que no abona a construir y fortalecer una sociedad de la que formamos parte, sino todo lo contrario..
Qué afán, qué empeño en no tender puentes de encuentro y diálogo. ¿Por qué no privilegiar lo que nos une y darle una patada a lo que nos separe? ¿Qué nos pasa? La pandemia del COVID-19 que acabamos de vivir fue un estrujamiento, un llamado a concientizarnos. Se tuvieron que diseñar soluciones de alcance verdaderamente global para abatirla. A todos nos atañía combatirla. La enfermedad que cobró tantas vidas al principio, fue amainando en la medida en que se fueron haciendo las investigaciones que culminaron con la creación de vacunas. Fue un movimiento global. ¿Se imagina como sería el mundo si ese comportamiento se instituyera para encontrar JUNTOS todo lo que se requiere para vivir en un mundo menos hostil, más casado con el bien común?
Me encontré con un artículo muy interesante, transcribo un párrafo del mismo: “Nuestro conocimiento de los retos que enfrentan las sociedades humanas en la actualidad es más detallado que nunca. Podemos modelar con precisión el devenir del clima mundial. Sabemos que actualmente, se están extinguiendo al menos cien veces más especies de las que cabría esperar de forma natural. Especialmente en los trópicos de América Latina y el Caribe, donde, según WWF, las poblaciones de peces, reptiles y anfibios, mamíferos y aves cayeron en promedio un 94 por ciento entre 1970 y 2016. Paradójicamente, en contraste con este nivel de conocimiento, nos resulta muy difícil desarrollar respuestas que sustenten la vida ante estos problemas”.
Nuestro país es un mosaico de contrastes y de desigualdades muy notorias. Tenemos gente no rica, riquísima, y en contraste gente que vive en condiciones terribles de miseria, que subsisten porque Dios es grande. Y a la vez, entre un grupo que tiene mucho y otro que no tiene casi nada, tenemos una clase media, media alta, media media y media baja. Esta clase media se las ve moradas para mantener su estándar de vida. La desigualdad sigue siendo una marca en nuestro país. Si esa clase media se despeña, a México se lo lleva Gestas. Y tristemente es la clase que menos voltean a ver los hombres en el poder. El clasemediero es empeñoso, lucha por salir adelante, por vivir en mejores condiciones, protegen a la familia, se OCUPAN de ella. Me apena que exista una clase baja, acostumbrada por generaciones a tender la mano, para que le den. Tristemente es de la que se valen los hombres en el poder para mantenerse en él.
A ver si somos capaces en este siglo XXI de abatir lo que nos hace tanto daño en nuestro país, la indiferencia, la marginación y la complicidad. Me niego a perder la esperanza.