La mentira es vieja como la sarna
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Así se refería mi madre a la mentira. Y vaya que tenía razón, estuvo presente y haciendo de las suyas, igual que hoy, desde 2500 años antes de Cristo, en la democracia griega. Jenofonte y Tucídides al hablar de Cleón y Alcibíades, dos demagogos de esa época, dieron cuenta de sus argucias y valiéndose de engaños, desacreditaban a sus rivales. Y no batallaban mucho, ya que entre los ciudadanos menos instruidos y pensadores como Tácito y Quintiliano, que afirmaban que los gobernantes del Estado tenían derecho a mentir en sus tratos con sus enemigos o sus propios representados, se volvió “moneda de curso corriente” semejante lacra.
Maquiavelo, ya por el siglo XVI retomó esta idea y la llevó a rango de norma general en todo lo relativo a la práctica política. Según Nicolás la misión principal del gobernante no era la de servir como ejemplo de ética a sus vasallos, sino el “conservarse en el poder”, y de esta suerte asegurar la prosperidad del Estado. La practicidad sobre la legalidad. Maquiavelo afirmaba que esos engaños era fáciles de cometer, toda vez que los “hombres son tan simples y están tan centrados en la necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre a quien se deje engañar”.
En el siglo XX, Hannah Arendt, la filósofa alemana, tras la publicación de los documentos que llevaron a Richard Nixon a renunciar a la presidencia de Estados Unidos, escribió que: “Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no puede distinguir entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira. Con gente así, puedes hacer lo que quieras”.
Hannah Arendt apunta que hay dos tipos de verdades, la que se refiere a los hechos y la que nos remite a ver con las ideas u opiniones, susceptibles de defensa argumental. Ella critica tanto el falseamiento de los hechos como la pretensión deleznable de presentar las propias ideas como verdades inmutables.
Dice Hannah que el desprecio por la verdad de los hechos y la creación de una realidad paralela intolerable a la crítica, es característica típica de los regímenes totalitarios, y esto es lo que conlleva al arrasamiento de la política, convirtiéndola en la antítesis de lo que se espera de ella, que es el arte de dialogar con respeto y buscar desde esa comunicación tender entendimientos y puentes que contribuyan alcanzar el bien público.
La política no debe ser manipulada, porque esto lo único que trae es disgusto, desapego, desprecio por una actividad tan digna. Construyamos desde nuestro frente ciudadano una fuerza capaz de lidiar con la mentira. Obliguemos a nuestros gobernantes a ser derechos, genuinos representantes de nuestros intereses, no de los suyos, ni de su insaciable hambre de poder. No más mentiras ni verdades a medias. Eduquemos, formemos a las nuevas generaciones con una mentalidad distinta. Nuestro país tiene mucho camino que recorrer, tenemos que entender que se edifica entre todos. Aprendamos a vivir con la verdad, no más deambular por el limbo de lo inescrutable por mandato. La confianza y la credibilidad se ganan con hechos.
Recibir información veraz, por parte del Estado, es un derecho que tenemos todos, esto abona de manera sustantiva al prestigio y confianza del que gobierna y también a los adversarios políticos que tienen todo el derecho a expresar y difundir en entera libertad sus opiniones, ideas y pensamientos. Si las instituciones del estado falsean la verdad están contribuyendo a su propia destrucción.
La clase gobernante de los diferentes colores debiera obligarse a ser de lo más integra posible. Necesitamos deshacernos de tanto lastre que se ha arrastrado por décadas a la función pública. México merece mejor destino.