El mundo que el 11-S no creó

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Opinión
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Afortunadamente, el 11-S no marcó el inicio de una era definida por el terrorismo

Por Richard Haass, Project Syndicate.

NUEVA YORK- Esta semana se cumple el 25.º aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos. Para muchos estadounidenses, el 11-S es un recuerdo lejano, o ni siquiera lo es: aproximadamente el 40 % de la población estadounidense nació después de los atentados o es demasiado joven para recordarlos.

Aquel día, 19 terroristas tomaron el control de cuatro aviones civiles, estrellaron dos contra las torres del World Trade Center de Nueva York, impactaron contra el Pentágono con un tercero y estrellaron el cuarto en un campo de Pensilvania después de que los pasajeros impidieran físicamente que los terroristas alcanzaran su objetivo, que a menudo se cree que era la Casa Blanca u otro edificio gubernamental en Washington.

Los 19 secuestradores procedían de Oriente Medio, 15 de ellos de Arabia Saudí. Todos habían recibido entrenamiento en Afganistán y cuatro de ellos en escuelas de vuelo estadounidenses, como parte de una operación planificada, organizada y llevada a cabo por Al Qaeda (“la base”), el grupo terrorista fundado por Osama bin Laden. Al final del día, cerca de 3 mil hombres, mujeres y niños habían perdido la vida, y más de 6 mil resultaron heridos. La mayoría eran estadounidenses, aunque también perdieron la vida ciudadanos de más de un centenar de países.

Para citar la descripción que hizo el presidente Franklin D. Roosevelt del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, el 11 de septiembre también fue «una fecha que vivirá en la infamia». Pero a medida que se desvanecen los recuerdos personales, parece acertado y necesario plantearse la siguiente pregunta: ¿supuso el 11-S un punto de inflexión? ¿O fue un día que, por muy trágico que fuera, no alteró el curso de la historia?

La verdad se acerca más a esta última opción. Afortunadamente, el 11-S no marcó el inicio de una era definida por el terrorismo. No se produjo una oleada de atentados de similar magnitud, en gran parte porque Estados Unidos y otros gobiernos adoptaron medidas que dificultaron la aparición y el éxito de los posibles terroristas.

Otra razón por la que el 11-S no alteró la historia es que los terroristas suelen ser mejores destruyendo que construyendo, matando en lugar de creando. Como resultado, no dejan ningún legado duradero.

Esto no quiere decir en absoluto que el 11-S no tuviera importancia. Condujo directamente a la intervención militar en Afganistán, donde las fuerzas lideradas por EE. UU., en coordinación con las tribus afganas, derrocaron al régimen talibán, que había dado refugio a Bin Laden y a los terroristas que llevaron a cabo los atentados.

Llámese como se llame: cambio de régimen. Pero lo que siguió, algo más parecido a la construcción de una nación, nos enseñó una lección desde el principio: derrocar a un régimen es una cosa; sustituirlo por un sistema mejor que perdure y gobierne con eficacia es otra muy distinta, y mucho más difícil. Veinticinco años después, tras el despliegue de más de 800 mil soldados estadounidenses, un gasto de más de 2 billones de dólares y la muerte en combate de más de 2,400 estadounidenses (junto con otros 1,100 soldados de países de la OTAN y de otras naciones), Afganistán vuelve a estar gobernado por los talibanes.

En marzo de 2003, apenas un año y medio después del 11-S, Estados Unidos inició una guerra de elección contra Irak. Es posible, aunque improbable, que esta guerra hubiera tenido lugar de no ser por el 11-S. A raíz de los atentados, el presidente George W. Bush y muchos de sus asesores más cercanos se propusieron demostrar que Estados Unidos era mucho más que una víctima. (Yo formé parte de la Administración Bush durante ese periodo, pero me opuse a la guerra de Irak y dimití poco después).

Algunos miembros de la administración Bush creían que Sadam Husein, el líder autoritario de Irak, estaba desarrollando o incluso poseía un arma nuclear y temían que los terroristas pudieran hacerse con una. A otros les atraía la idea de llevar la democracia a Irak y a la región, un resultado que habría reducido la probabilidad de que la región generara terroristas y apoyara el terrorismo. Casi todo esto resultó ser erróneo.

Pero la costosa guerra (más de 4 mil soldados estadounidenses perdieron la vida y se gastaron billones de dólares más) hizo que muchos estadounidenses se opusieran a la intervención en el extranjero y, finalmente, posicionó a Irán, que no tuvo nada que ver con el 11-S, aunque fuera un beneficiario estratégico de la guerra, como una gran potencia en Oriente Medio.

Irán desempeñó un papel más destacado en el terrorismo durante los atentados perpetrados por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, que se saldaron con la muerte de más de 800 civiles. Pero, una vez más, por muy terrible que fuera aquello, poco de lo que ha ocurrido desde entonces, ya sea en Gaza, el Líbano o Irán, estaba predestinado o puede atribuirse al terrorismo. Más bien, los acontecimientos posteriores reflejan en gran medida decisiones políticas adoptadas en primera instancia por Israel y Estados Unidos.

Al echar la vista atrás al último cuarto de siglo, resulta evidente que el 11-S no fue un acontecimiento transformador. Mucho más importantes fueron el auge de China, la agresión de Rusia contra Ucrania, la pandemia de COVID-19, el fracaso colectivo a la hora de tomar medidas significativas contra el cambio climático, la aparición de la inteligencia artificial y, quizás más que nada, el rechazo por parte de Estados Unidos del orden de posguerra en cuya construcción había tenido un papel fundamental.

Sin embargo, estas realidades no restan importancia a la lección que debemos extraer. Aunque el 11-S no marcó el inicio de una era de terrorismo, no estamos a salvo de él. Al contrario, hemos entrado en una era en la que la IA, junto con drones precisos, económicos y destructivos y los avances en bioingeniería, han brindado a los terroristas más oportunidades que nunca para causar daños a gran escala con un coste mínimo. El objetivo debe ser garantizar que no lo consigan y que el terrorismo siga siendo, como mucho, un problema limitado. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, es asesor sénior en Centerview Partners, profesor distinguido de la Universidad de Nueva York y autor del boletín semanal de Substack “Home & Away”.

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