El nudo gordiano de Medio Oriente: Mi experiencia en la Guerra de Yom Kipur (1ª parte)
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En octubre de 1973 yo vivía en Israel con mi esposa y dos hijos pequeños de dos y cuatro años cuando estalló la Guerra de Yom Kipur. Egipto y Siria, respaldados por Irak, Jordania, Arabia Saudita, Kuwait, Argelia, Libia, Marruecos, Sudán, Túnez y hasta pilotos enviados por Corea del Norte, lanzaron un ataque coordinado el día más sagrado del calendario judío, cuando Israel estaba en ayuno, en oración, con sus defensas en el estado más vulnerable. Detrás de los atacantes, la Unión Soviética. Detrás de Israel, Estados Unidos. El mundo bipolar de la Guerra Fría se asomó al precipicio nuclear antes de que la racionalidad lograra imponerse a tiempo.
Lo recuerdo con una claridad que más de cincuenta años no han borrado. Las sirenas antiaéreas sonando de repente en medio del día. Correr tomando a los niños de la mano. Bajar a los refugios subterráneos. El miedo más profundo no lo producían las explosiones, que en aquella guerra no llegaron a bombardear las ciudades como ocurre ahora en distintos puntos de la región. El miedo más persistente fue otro: ver cómo los anaqueles del supermercado se vaciaban día tras día. Menos arroz, menos azúcar, menos leche. Con dos niños pequeños en casa, esa imagen era más angustiante que cualquier sirena.
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Un día los anaqueles volvieron a llenarse. No por ayuda del gobierno ni porque terminara la guerra. Fue porque las mujeres mayores de cuarenta años, las que ya no eran llamadas al servicio militar, tomaron los camiones de transporte, fueron a los almacenes centrales y los distribuyeron por los barrios. Sin protocolo, sin órdenes, sin reconocimiento. Solo la solidaridad humana funcionando en medio del caos. Ese gesto me enseñó más sobre la resistencia de los pueblos que cualquier análisis político.
No fui solo testigo. Participé colateralmente en el conflicto. Me movilicé en mi Volkswagen para trasladar soldados que iban de una ciudad a otra en sus días de descanso. Trabajé limpiando minas desactivadas en un gran almacén. Tuve amigos que se fueron al frente de batalla, pero no todos regresaron. Algunos me trajeron del lugar donde estaban algún recuerdo: un casquillo de cañón, un pequeño avión hecho con casquillos de ametralladora. Objetos que todavía conservo y que pesan mucho más de lo que aparentan.
Pero hay otra imagen que ningún libro de historia recoge y que me parece la más importante de todas. En los refugios adonde corríamos cuando sonaban las alarmas, entraban juntos judíos, palestinos, musulmanes, cristianos, kurdos, árabes de distintas comunidades. Eran vecinos que compartían la misma calle, el mismo mercado, los mismos problemas cotidianos. Nadie preguntaba la religión ni el origen del que estaba al lado. Solo eran seres humanos asustados buscando sobrevivir juntos. Esa convivencia no era excepcional: era la vida diaria en Israel. Las comunidades que el discurso de odio presenta como irreconciliables compartían pan, trabajo y refugio. Y para que los niños no vieran el horror en los rostros de los adultos, las mujeres organizaban canciones y bailes. La sala subterránea se convertía en fiesta. Mis hijos bailaban sin saber lo que había afuera. Eso es lo más cercano a un milagro que he presenciado en mi vida.
Aquella guerra duró apenas 19 días, pero sus consecuencias fueron profundas: crisis petrolera mundial, reacomodo estratégico regional y, a largo plazo, los históricos Acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel. Anwar Sadat, el mismo presidente que ordenó el ataque, voló años después a Jerusalén para hablar de paz ante el Knesset. Le costó la vida: fue asesinado por extremistas en 1981. Pero demostró que los enemigos más encarnizados pueden construir la paz si hay líderes con valentía y visión suficientes para romper el ciclo de violencia.
La pregunta que más me inquieta hoy es si existe alguien así en el escenario actual. No se ve. En 1973, Kissinger negociaba en silencio entre capitales para contener la escalada. Washington y Moscú entendieron el peligro y retrocedieron. Había racionalidad. Hoy el mundo es multipolar y más caótico. Las potencias que podrían presionar hacia la paz tienen sus propios intereses en que el conflicto continúe debilitando a sus rivales.
La lección más incómoda de aquella guerra es esta: los conflictos pueden diseñarse como operaciones limitadas, pero una vez iniciados generan su propia dinámica irrefrenable. En 1973 hubo momentos en que una mala lectura de inteligencia pudo haberlo cambiado todo. A veces la historia no explota por márgenes de milímetros. Hoy, esos márgenes parecen más estrechos que nunca, y las armas disponibles son incomparablemente más destructivas.
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Mientras tanto, en algún refugio de Gaza, de Teherán, de Beirut o de Tel Aviv, hay madres que ahora mismo están inventando canciones para que sus hijos no vean el miedo en sus ojos. Igual que aquellas mujeres de 1973, judías, palestinas, musulmanas, cristianas, que bailaban juntas bajo tierra. Porque la humanidad más verdadera no está en los despachos donde se firman las declaraciones de guerra. Está en los refugios donde la gente común decide, en medio del horror, proteger la inocencia de sus hijos. Lo que comenzó el pasado 28 de febrero no tiene fecha de término a la vista. La próxima semana analizaremos por qué.