Gas natural: sólo estamos dejando ir las oportunidades

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Opinión
/ 3 marzo 2026

El alza de precios en el petróleo y el gas natural, provocado por el conflicto en Medio Oriente, obliga a reabrir la discusión sobre la decisión de no explotar los yacimientos locales

Los conflictos armados, por regla general, producen efectos más allá del espacio físico en el cual se desarrollan. Tal afirmación es particularmente real en contextos que involucran naciones –o regiones del mundo– vinculadas con la producción de energéticos.

No es de extrañar, por ello, que el ataque armado en contra de Irán, realizado por Estados Unidos e Israel, haya impactado en el mercado internacional del petróleo y el gas y que las consecuencias del alza de precios derivado de ello estén llegando hasta nuestro país.

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El economista Antonio Serrano Camarena, académico de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), ha señalado al respecto un elemento básico del mercado: la incertidumbre es uno de los principales factores que presionan los precios.

Se trata de un razonamiento simple que, sin embargo, es imprescindible no perder de vista: el que no exista claridad sobre el tiempo que puede prolongarse el conflicto en Medio Oriente, ni tampoco sobre el alcance de las afectaciones en la infraestructura energética internacional, hace que proveedores y empresas enfrenten decisiones complejas, como la acumulación de inventarios ante posibles interrupciones en el suministro.

Ante tal escenario aparece sobre la mesa, de manera natural, un tema que se ha mantenido en la conversación, de forma intermitente, a lo largo de los últimos años: la existencia de yacimientos de gas natural en el territorio coahuilense que no están siendo explotados.

La razón de ello se ha comentado en múltiples ocasiones: la renuencia a utilizar el método de fractura hidráulica –o fracking– para extraer el gas que se encuentra atrapado en las rocas del subsuelo. La oposición se debe, como se ha informado con profusión, al hecho de que el fracking se considera un método altamente contaminante y, por tanto, peligroso para el equilibrio ecológico.

Frente a tal argumento se ha expuesto un dato puntual: la Cuenca de Burgos, donde se ubica el gas, es una que compartimos con Estados Unidos, y del otro lado del Bravo sí se está explotando.

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El tema cobra relevancia debido a que nuestro país tiene una fuerte dependencia del gas natural que se importa desde Estados Unidos y ello nos vuelve vulnerables frente a las fluctuaciones en el precio de dicho combustible que generan, por un lado, las inclemencias del tiempo en invierno y, por el otro, eventos imprevisibles como un conflicto armado.

¿Se reduciría de forma importante nuestra dependencia del gas que importamos –y que de todas formas se extrae mediante el método del fracking– si decidiéramos explotar los yacimientos que se encuentran en territorio nacional?

La respuesta parece obvia y ello obliga a que discusiones como esta se reabran con la intención de resolverlas en definitiva.

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