El Orangután

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Opinión
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Él miraba hacia un punto imaginario en el horizonte

Donde la cumbia suena a funeral y el silbato del tránsito es la última canción de cuna. Monterrey · San Pedro Garza García · La Periferia

Lo vieron salir de la caseta como un animal despertando. Camisa blanca mal fajada, pantalón de vestir arrugado en las rodillas, silbato oficial de tránsito colgándole del cuello. Fingía atribuciones. Se paraba en medio de la avenida con los brazos extendidos, deteniendo camionetas, señalando con el índice gordo a conductores asustados. Nadie le había dado permiso, lo había nombrado. Pero ahí estaba, en la zona de San Pedro Garza García, próxima a la Arboleda, donde un día antes asesinaron a un hombre a plena luz del día. Frente al verdadero agente de tránsito. Frente a todos. Sin consecuencia alguna. Radio frecuencia. Finge claves.

Tengo cinco mil trabajadores. Big surpise. Dueño de si, dueño de nada.

La cumbia revienta desde una bocina portátil amarrada con alambre a un poste de luz. Celso Piña habría llorado. No de orgullo. De vergüenza ajena.

«Yo vengo del barrio donde el río no lleva agua, lleva memoria de los olvidados.» — Cumbia sobre el río

La cabeza del orangután irregular, un bloque de concreto mal vaciado. Las orejas de coliflor delataban golpes recibidos sin gloria, peleas de cantina, revolcones en terrenos baldíos. La nariz, ancha, enrojecida, parece un chile relleno abandonado al sol. Robusto tirando a obeso, con la panza desbordando el cinturón de cuero sintético. Sin duda un individuo con residencia en la periferia. Donde los poderosos jamás pisan. Pero sí envían a sus esclavos.

Si su domicilio estuviera en San Pedro Garza García —posibilidad remota, casi cómica—en el 400. Esa colonia enclavada en el municipio más rico de Latinoamérica como muela podrida en dentadura de porcelana. Venta libre de narcóticos en cada esquina. Casas de material con techo de lámina. Perros famélicos, niños descalzos, la misma historia contada con diferente acento. Porque el orangután no es de aquí. Hijo de inmigrantes potosinos, tal vez veracruzanos. Llegados en camión de segunda, con maletas de cartón y sueños prestados. Pantone oscuro, curtido por un sol diferente, más cruel. Frente amplia pero vacía. IQ apenas rozando los setenta. Idiota funcional. Imbécil con pretensiones. Engreído sin motivo.

«Soy el chúntaro de tu colonia, el horror de tu mamá, la pesadilla de tu papá con dinero...» — Chúntaro Style

Los Vallenatos de la Cumbia lo habrían puesto a bailar. Con esos pies planos arrastrando chanclas sobre el pavimento caliente. Moviendo las caderas sin ritmo, sin gracia, con esa arrogancia torpe de los recién llegados al espejismo. Él, guía espiritual del porqué les llaman de manera infame. Él, evidencia ambulante. Prueba irrefutable.

Carente de educación. Clasista contra los suyos. Primaria inconclusa, si acaso. Secundaria abandonada entre embarazos ajenos y jornadas dobles en fábricas maquiladoras. Condenado a repetir la dinámica social de los perdedores. Generación tras generación. El mismo destino empacado en diferente caja.

Apenas primera o segunda generación y ya se asume regiomontano. Ya dice «fierro» y «con ganas». Ya presume la carne asada del domingo como si fuera patrimonio genético y no costumbre adoptada supera al zacahuil ancestral. El acento lo delata. La «s» aspirada lo traiciona. Los modismos del altiplano se le cuelan entre los dientes chuecos. No es de aquí. Nunca lo será. Menosprecia al próximo migrante, al más reciente, al más oscuro, al más pobre. Reprodice la cadena. Siendo eslabón y verdugo al mismo tiempo.

«Aunque no sea conmigo, se feliz, se feliz, en esta ciudad de acero y cemento donde nadie recuerda tu nombre.»

La poesía urbana de Monterrey no se escribe en libros. Se escribe en paredes manchadas de humedad, en bardas pintadas con aerosol barato, en las letras de canciones de cumbia rebajada, en los gritos de los vendedores ambulantes a las tres de la tarde, cuando el calor derrite la voluntad y las promesas. Se escribe en los cuerpos de los desposeídos. En sus manos callosas. En sus espaldas rotas. En sus hijos vestidos con uniformes prestados.

El orangután sigue pitando. El silbato oficial —robado, comprado en el mercado de pulgas, encontrado en un cajón de la basura— chillaba contra el tráfico de la tarde. Los automovilistas en sus camionetas blindadas lo miraban con asco, miedo, la indiferencia perfeccionada del privilegio. Él no los veía. Él miraba hacia un punto imaginario en el horizonte. Convencido de autoridad inventada. Seguro de uniforme improvisado. Creyendo, con toda la fe de inteligencia limitada, estar sirviendo.

¿A quién? A los mismos de siempre. A los poderosos. A los dueños de las casas detrás de los muros de cantera. A los invisibles propietarios del país dentro del país. Él, su perro guardián voluntario. Su bufón, herramienta desechable.

«Bailando en la orilla del río seco, sin agua, sin esperanza, pero con ritmo, siempre con ritmo.»—

En la colonia pobre suena la cumbia a todo volumen. Los niños corren entre charcos de aguas negras. Las señoras tienden ropa en cables de luz robada. El orangután camina entre ellos como un monarca destronado regresando a su castillo de lámina y cartón. Se quita la camisa blanca, ya gris de sudor y mugre. Cuelga el silbato en clavo oxidado. Se sienta en silla de plástico rota. Destapa cerveza tibia.

Con el crepúsculo regio pintando el cielo de naranja industrial, con Celso Piña sonando desde algún radio viejo, con el Cerro de la Silla como testigo mudo de todas las desgracias, el orangután sonríe. Satisfecho. Convencido de haber hecho algo importante. Sin comprender —jamás comprenderá— la ironía feroz, la broma cósmica, la tragedia circular de su existencia.

Así será siempre en tu colonia pobre. En Monterrey. La bestia. El orangután y su silbato. Tocando cumbia mientras todo se derrumba. Bailando sobre las ruinas de una dignidad prestada.

«Y seguiremos aquí, en esta esquina de polvo y promesas rotas, cantando, porque cantar es lo único gratis.»

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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