El pasado
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Nunca fui alguien especialmente interesado en la obra de Manuel Acuña, pero eso cambió hace algunos días. Su nombre siempre había estado ahí, toda la vida se me ha aparecido por un lado u otro. Como las canciones, las comidas, los afectos y todas las cosas que brotan de cada en cuando, cual si estuviésemos destinados, no sólo a coincidir, sino también a recordarlo.
Me tocó ir a una escuela que aún su lleva su nombre y tiene un mural que no ha sido retocado, ni decir mejorado, desde entonces. Vivo en la prolongación de una calle que le hace homenaje. Pasé un tiempo de mi vida en una ciudad nombrada en distinción a él, cuya entrada es custodiada por un colosal busto que, vigilante, observa quien entra y sale de su congregación, antes Las Vacas.
Estatuas y monumentos por aquí o allá, incluso, ir por unos tacos de pastor era pisar la plazoleta en su memoria. El listado podría seguir, pero de momento no deseo continuar escarbado en el inconsciente, ese tipo de encomiendas pueden ser como correr por una cornisa.
Hace pocos días, alguien que no me mal quiere me recomendó echarle un ojo a la obra de Víctor Palomo. Es autor de tu mismo terruño y tiene una novela sobre Acuña que seguro te va a interesar, me dijo. Al escuchar el nombre del autor recordé conservar en la biblioteca de casa un libro de poesía de su autoría, llegó gracias a un concurso de la radio, pues aún los fines de semana suelen ser de XEKS. Qué le va a hacer uno si las costumbres son las costumbres y se chopean en nostalgia.
Volví al libro como siempre que se regresa a la poesía, ergo, cuando es necesario un lenguaje limpio, directo, y sensato. Los vates y su capacidad para condensar en pocas palabras un momento, una vivencia o una imagen. “Una Pesadilla Americana”, su título.
Lo abrí al azar, me detuve más de una vez en algunos, releí, subrayé e hice anotaciones. Vinieron los recuerdos y otros sustantivos. La nostalgia perene. Volví a pasar la lista por Miss Eleanor Rigby, Muchacha en la Niebla, Edith en el Sueño, Gatos y Elegía Nocturna.
El siguiente paso era ineluctable y fui a por él. “El Pasado” recientemente publicada por Editorial Grijalvo, pero que ya traía de atrás tiempo la distinción del Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano. Ahí, Víctor nos mantiene en un vaivén entre los años de Manuel en la Ciudad de México y los infortunios de un cadáver. Sus viajes a Saltillo, familia, amigos y la palomilla literaria.
El seis de diciembre de 1873, el poeta se suicidó en la habitación que moraba del segundo patio de la Escuela de Medicina en la Ciudad de México. La noticia corrió como la pólvora, su impacto conmovió a la sociedad que acudió al sepelio y, posteriormente, a su inhumación en el entonces panteón del Campo Florido.
Luego vinieron los aplausos, rumores, leyendas y acusaciones; el ego de los que se quedan, la bonanza de quienes heredan algo, la miseria de los que no se quedan nada, dos exhumaciones y una pugna entre los que viven. Con bastante puntería lo dijo el pintor Marcel Duchamp, siempre son los demás los que se mueren.
Víctor no esconde que es un poeta, no habría por qué; pero cierto es que, aunque el novelista en la novela está, la prosa lo delata como a un pura sangre. Para muestra, las descripciones de un lugar o los afectos que hay entre algunos.
El autor acorrala a los testigos de cargo, hayan sido de papel o de carne y hueso. Nadie mejor que ellos conoce el frenesí de aquellos días donde la culpa, la búsqueda de reconocimiento y el ansia por escudriñar en la mente del vate cargaban el aire. En las postrimerías del segundo imperio mexicano y la republica restaurada, con el mito de la muerte de Acuña de por medio, viene a colación otro poeta, John Donne, quien advirtió nunca mandar preguntar por quién doblan las campanas.