¿Elogio de la calle? (III)
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¿qué es un puente?
Una persona atravesando un puente
Julio Cortázar
Cuando una calle se vuelve caminable, se le devuelve al peatón un poco de lo que ya le pertenecía: su ciudad y sus espacios públicos para transitar y desplazarse libremente. Caminar una ciudad implica también administrar el tiempo y los trayectos cotidianos, sobre todo aquellos que conectan la casa con el trabajo, la escuela o los servicios. Modificar un recorrido supone, por lo tanto, modificar también el tiempo de quien lo realiza.
Los espacios públicos se denominan así porque son de uso colectivo, accesibles y susceptibles de ser utilizados de múltiples maneras. En ellos se producen encuentros, intercambios y formas de proximidad que favorecen la identidad social y el sentido de comunidad. La urbanista Jane Jacobs explica cómo esos contactos aparentemente menores de la vida cotidiana: saludarse, reconocerse, coincidir una y otra vez con los mismos desconocidos, construyen con el tiempo, redes de confianza y lo denomina: capital social. Ese capital no aparece de manera inmediata, más bien se acumula lentamente, casi como una cuenta de inversión social y afectiva de una comunidad; requiere permanencia, repetición y tiempo. Como ya hemos discutido en este espacio, la ciudad no es únicamente el contenedor donde ocurre la vida social, su configuración puede propiciar esa vida, intensificarla, dificultarla o incluso impedirla.
El contacto entre personas en el espacio público puede parecer trivial o fortuito; sin embargo, esa proximidad cotidiana produce reconocimiento, confianza, respeto y, eventualmente, asistencia entre quienes comparten un mismo territorio. En este sentido, Jordi Borja y Zaida Muxí señalan que el espacio público tiende hacia la mezcla social y que su uso constituye un derecho ciudadano de primer orden. Por ello, debe permitir su apropiación en condiciones de igualdad, por diferentes colectivos sociales y culturales, de género y de edad.
El espacio público, entonces, tiene la posibilidad de promover la interacción social, pero también puede desalentarla: ¿qué sucede cuando una plaza se cierra, se restringe temporalmente o su acceso queda condicionado? En primera instancia, aquel caminante del que hablábamos al principio debe modificar su recorrido y, con él, sus tiempos. Pero también se interrumpen temporalmente relaciones, trayectos y formas de apropiación cotidiana. Aquello que era lugar de paso, encuentro y convivencia deja de estar disponible para todos en las mismas condiciones.
Estos días lo hemos visto en el Centro Histórico de Saltillo con motivo de un evento deportivo internacional, nuestra Plaza de Armas fue transformada mediante estructuras, graderías, dispositivos de seguridad y controles de acceso para un espectáculo con boleto de entrada donde estas afectaciones no solamente fueron simbólicas, sino reales porque también se modificaron recorridos vehiculares, se llevó a cabo desvío temporal de las rutas de transporte obligando al usuario a cambiar sus trayectos y prever tiempos adicionales de traslado, extendiendo las consecuencias a quienes ni siquiera asistirán al evento. Entonces la transformación del espacio público no solamente es visual y simbólica, sino que se traduce concretamente en más metros, más tiempo y más recorrido.
El evento tendrá, sin duda, beneficios para la ciudad; la discusión no está en su pertinencia, sino en lo que ocurre cuando, para hacerlo posible, uno de los espacios simbólicos más importantes de Saltillo deja de funcionar como espacio abierto y aparece cercado, controlado y vigilado mediante límites que determinan quién puede entrar, cuándo y bajo qué condiciones. El cuestionamiento es cómo se ejerce ese control, quién lo decide, durante cuánto tiempo y con qué propósito, porque una decisión sobre el espacio público nunca permanece dentro del lugar en donde se toma, se propaga en el tiempo y sobre el territorio, entonces la pregunta es: ¿quién tiene derecho a decidir sobre la ciudad?